A Ricardo lo que le gustaban eran las palabras, los caramelos de menta y los embudos.

 
Aunque tenía, también, otras aficiones más o menos secretas derivadas a su vez de estas. Pero, sin dudarlo, su auténtica pasión eran las palabras.


Cuando apenas tenía trece años cayó en sus manos una versión desgastada e incompleta del Diccionario de la Real Academia. Y, nunca mejor dicho “cayó”, porque el pobre Don Matías después de haber conseguido finalmente encaramarse, no sin grandes dificultades, al último peldaño de la vieja escalera de madera para alcanzar un libro de Retórica latina, que para mal de todos, y especialmente de Ricardo, se encontraba en una de las últimas estanterías de la biblioteca del colegio, se lo incrustó literalmente en la cabeza al chico. Y es que el viejo profesor no logró coger la Retórica con la fuerza que debiera y el libro se escurrió de su mano y al caer arrastró consigo La República de Platón, las Rimas y Leyendas de Bécquer y el Diccionario de la Real Academia que compartía estante, no se sabe a ciencia cierta muy bien porqué, con otros títulos de apabullante sonoridad que empezaban por la letra R.

Los días siguientes se le vio taciturno y con el pesado libro de un lado para otro, sin apenas hablar con nadie. Repetía incesantemente la palabra “acuífero”, no dejaba de decirla e interiorizarla.Así con todas sus letras y sentía un cosquilleo intenso que le subía desde el estómago y luego le llegaba a la garganta en una explosión de sonidos que se le subían a la cabeza cada vez más rápido.

Sus compañeros le huían completamente seguros de que se había vuelto majara o, quizás, algo peor, culto. Así comenzó su afición y sus caries.

Antes de iniciar su metódico estudio, compraba un paquetito con diez caramelos de menta que masticaba ansiosamente uno tras otro, o incluso, varios a la vez sin darse tregua ni descanso, ni siquiera el placer de paladear su sabor dulce y refrescante. Tomados a la vez el picor fuerte de la menta le hacía llorar inconscientemente y con las lágrimas escurriéndose por sus mejillas y emborronando su visión, se sentaba solo, en un banco en el parque cercano al colegio e iniciaba su concienzuda investigación. Abría el viejo libro y las palabras surgían de una extraña neblina, incluso a veces mojaba las páginas y tachaba alguna que otra con su espontáneo llanto. A Ricardo le interesaban, sobre todo, las palabras que en sí mismas contenían todas las vocales. Esas eran sus preferidas, las que le causaban verdaderos quebraderos de cabeza y con las que se pasaba las horas muertas, sólo ellas le permitían realizar ejercicios bucales hasta entonces desconocidos para él, desde la postura de labios juntos y amariconados para pronunciar “u” hasta el gran bostezo de la “a” que le permitía ver su campanilla en un espejo.

La adolescencia fue un sinvivir en la búsqueda incansable de palabras perfectas: “acuífero”, “murciélago”  y “auténtico” eran las que más le gustaban. Ricardo intentó varias veces la infructuosa tarea de leer de arriba abajo el diccionario, por supuesto sólo las palabras, sus significados le traían completamente al pairo. Comenzó con la A y aunque hubo palabras que le sedujeron como”abusionero” o “abultamiento” otras le decepcionaron tremendamente como “ababol” . Lo intentó, de nuevo, comenzando por la Z y ocurrió igual, lo hizo en sentido inverso desde “zuzón”, última acepción del diccionario, hasta “zurrapiento” y embelesado con esta palabra de ahí no pasó durante varias semanas y eso a pesar de engullir más de un cuarto de kilo de caramelos de menta antes de cada sesión. Inició también una búsqueda trepidante de forma aleatoria e hizo pequeñas incursiones por distintas letras que le dejaron postrado durante días en un estado total de alelamiento y embriaguez.

Llegó un momento en que la situación se hizo totalmente insostenible tanto para él como para su entorno más cercano.

Afortunadamente la solución también le llegó de golpe, como los grandes acontecimientos de su vida.

Ya bien entrado en la veintena y sin un porvenir claro, un día su padre le lanzó un maletín a las manos y le habló claro:
–    Mira hijo, ya es hora de ponerse a trabajar. Me acompañarás en las visitas como representante de ventas de artículos varios, necesarios y baratos.
–    Pero, padre, yo no tengo madera para eso.

Ricardo desolado y aburrido abrió aquel enorme estuche marrón que su padre le había tirado y descubrió más de veinte embudos de todos los tamaños. Cogió uno y realizó una prueba empírica que lo dejó sin habla. Pronunciadas sus palabras mágicas a través de aquel invento surgía el prodigio. Las palabras eran devueltas por el otro extremo completamente deformadas, arriesgó un poco más en su experimentación, comió un caramelo de menta y las pronunció todas seguidas con la boca caramelizada. Ricardo experimentó un escalofrío que le recorrió todo su cuerpo, todas las vocales sonaban exactamente igual. El embudo engullía con la misma facilidad “silla” que “ornitorrinco” y devolvía un sonido cavernoso o diáfano, eso sí absolutamente indescifrable, dependiendo del lado angosto o amplio por el que se hablara.

Y fue así, como el que no quiere la cosa, que Ricardo descubrió el poder ilimitado de aquellos prodigios. 

Desde ese momento su vida se llenó de sentido, Ricardo se dedicó incansable a ir de puerta en puerta contando a todo aquel que quisiera oírle las maravillas de aquellos trastos. Se entregó por completo a esta actividad que le hacía sentirse plenamente útil. Se deleitaba en explicaciones pormenorizadas del poder incalculable de aquellos objetos de plástico duro y se demoraba todo el tiempo necesario hasta inculcar en el posible comprandor la necesidad imperiosa de poseer semejante invento.

Y es que, Ricardo, había aprendido a combinar como nadie los tres grandes prodigios de la creación: la menta, las palabras y, por supuesto, los embudos.