Relato Breve Escrito por : Mary Carmen

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Los días de sol Sonia se metía debajo de la cama. No era que tuviese fotofobia, simplemente le gustaba esconderse.

Sus padres no dieron importancia a este hecho y consideraron normal que de niña jugase a vivir en un reino escondido formado por los alambres del somier.

Incluso a sus amigos en la adolescencia les hacía gracia, hasta que llegó a la residencia universitaria y su amiga del alma, con quien compartía habitación, empezó a no poder soportar aquella excentricidad de la joven. Y ahora, a sus cuarenta y cuatro años, divorciada e histérica, seguía manteniendo la misma afición.

Bajo la techumbre de metal Sonia reinventaba el mundo, ponía en orden sus ideas y priorizaba. Fue así como determinó, con apenas siete años, que era mucho más interesante descubrir el itinerario de las lagartijas por el campo que asistir a las clases de piano, o que, desde luego, a los quince, era más fructífero besarse con Rubén en los pasillos del instituto que resolver ecuaciones matemáticas que no aportaban nada nuevo a su vida. También en su retiro metálico preparó las oposiciones y ahí debajo lloró desconsoladamente el divorcio de un marido estúpido.

–         Pero, señora, a su edad no puede continuar metiéndose debajo de la cama como una chiquilla – le decía Berta, la sirvienta que prácticamente la había visto nacer.

–         Es que tú no comprendes nunca nada, te pareces a mi madre  –contestaba irritada Sonia.

–         ¿Me quiere decir que es normal lo que usted hace?

–         Normal. Normal, tú tampoco eres muy normal que se diga, y yo no te recrimino nada.

Sonia empezaba a sentirse harta de dar explicaciones sobre su conducta, llevaba más de media vida intentando justificar una actividad absolutamente saludable pero a todas luces desconcertante para todos los demás.

Un día, de pronto, se sintió en su refugio más abatida de lo habitual y decidió encontrar una solución.

Tras mucho meditar convocó una tarde una pequeña reunión e invitó a unos pocos familiares y a los dos o tres amigos íntimos de siempre. Primero les sedujo con una copa de vino, un reserva que guardaba para las ocasiones muy importantes, y esta lo era sin lugar a dudas. Después los condujo directamente al dormitorio y les invitó a pasar unas horas debajo de la cama. Entre las risas iniciales y las quejas de rigor, todos ellos, sin darse mucha cuenta, se dejaron absorber por el submundo del cuarto. Debajo de la cama, protegidos sólo por el cielo de alambre,  la perspectiva de sus vidas, y casi de todo, cambiaba considerablemente.

– No soporto la luz intensa, ni la del sol ni la eléctrica porque demasiada claridad atonta el espíritu y entumece el alma –confesó trascendental Sonia.

Y así, entre sorbo y sorbo, tragando quizás involuntariamente alguna que otra mota de polvo que revoloteaba espontánea alrededor, empezaron las confidencias. Desde luego, la postura no era la más cómoda, pero había cierta complicidad en aquel reducto de alambrada que animaba a desvelar secretillos que apesadumbraban el alma. Roberto, su hermano mayor, admitió sin tapujos que casi nunca declaraba todos sus ingresos a Hacienda y hasta su amiga Marta, en un alarde de sinceridad sin precedentes, reconoció que se había hecho algún que otro retoque. Todos se fueron sincerando sin saber muy bien a cuento de qué.

Cuando la sesión bajo el lecho concluyó y tras penosas y poco dignas contorsiones abandonaron el universo de calcetines viudos, zapatillas agujereadas y objetos variopintos olvidados, todos se sintieron más ligeros y livianos como si al no estar bajo el peso de la cama sus espíritus se liberaran y como si todos sus temores hubiesen quedado enredados en la maraña de alambres del viejo somier.

Y así fue, de forma totalmente aleatoria y casual, igual que los grandes descubrimientos de la historia, como quedó patentada la consulta de Sonia quien además decidió anunciarse en Internet , siguiendo los pragmáticos consejos de Roberto, y ahora gana dinero sin tregua. Es, de todas todas, un negocio de primera.

la consulta de Sonia

Los pacientes llegan y se introducen, no sin grandes dificultades, bajo la cama y allí bajo la cúpula metálica confiesan sus intimidades y sus miedos. Sonia cada vez interviene menos, al principio de sus sesiones de terapia les contaba a todos, a modo de garantía, como ella logró superar su divorcio y olvidar a su marido tras intensas jornadas reflexivas bajo el colchón. Pero, últimamente, apenas interviene, sólo escucha con atención e interés los lamentos y desasosiegos de sus clientes. Cuando finaliza la cura y abandona su escondite, Sonia se estiraza con energía y se sacude con brío alguna que otra pelusa que siempre queda adherida a su ropa ante el desconcierto sistemático de la pobre Berta, quien considera que este mundo irremediablemente cada día tiene menos solución. Y ambas comprueban, no sin cierto asombro, que la consulta cada día está más llena.

Y los asistentes no sólo entregan la tarifa establecida sin protestar sino que cada vez son más los que agradecidos, y reconociendo profundamente las prestaciones recibidas, dejan una buena propina o agasajan a la gurú y a la sirvienta con algún estupendo regalito, cada vez de forma más frecuente.

–         Y,  -pregunta insistentemente Berta- digo yo señora, ¿todo esto no funcionaría del mismo modo si se abrieran las ventanas y se pasara alguna vez la aspiradora?

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