Relato Breve Escrito por : Merche Postigo

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Katia la gallina

Katia, la joven gallina con cresta de gelatina de fresa, resuelta y avispada, miraba absorta, todas las noches, el juego de luces que aparecía tan pronto como se ponía el sol. Fantaseaba con la idea de que aquello fuera un módulo espacial que la transportaría fuera del descampado, donde iniciaría una nueva vida más emocionante. Siempre, antes de dormir, apoyada en su palo, pensaba en esa posibilidad y se le ponían las plumas de punta. ¡Pero ella no quería volar sola! Sería más emocionante tener un compañero con quien compartir aventuras –pensaba.

Aquel día, mientras sus compañeros jugaban en el patio, ella sentada en un rincón, meditaba sobre cómo organizar su excursión a la nave. Intentaba descubrir quién sería el afortunado que la acompañaría. Un grito le hizo levantar la vista. ¡Allí estaba Goliat!, el gallo con cresta de pimiento rojo seco. “Es él – dijo Katia – Goliat será el perfecto compañero de aventuras”. Katia se arregló las plumas y caminado con resuelta gracia se acercó a

Goliat el gallo fanfarrón

Goliat que, ausente a su futuro, jugaba con los otros gallos escarbando la tierra. A Goliat se le erizaron las plumas de la pechera y los párpados de los ojuelos se le levantaron con excitación cuando escuchó la propuesta de Katia. No dudó más de un segundo en aceptarla. Katia se sentía feliz, por fin podría abandonar la ciénaga y visitar otros mundos, aunque tuviera que hacerlo con el gallo más fanfarrón y brabucón del corral. La noche del domingo, Katia y Goliat se encontraron en la gatera del gallinero. Se miraron en silencio y sin cacarear se adentraron en territorio desprotegido. Tenían miedo de ser descubiertos, pero nadie en el corral se percató de su ausencia.

La nave, era imponente, tan alta como 100 gallinas y al menos 50 pollos de contorno.  De color gris cemento, de textura rugosa y con esquinas muy afiladas. Katia vio que las luces provenían del lado contrario a donde se encontraban ella y Goliat. Con mucho sigilo, bordearon la nave,  no sin antes comprobar que la siguiente pared estaba libre de amenazas. Al girar la segunda esquina, se dieron de picos con una enorme pared azul, con un ventanuco pequeño y redondo en la parte de arriba. Katia y Goliat intentaron alzar el vuelo para ver a través de la ventana, el interior de la nave. Saltaron y saltaron, pero sus pequeñas alas atrofiadas no se abrían lo suficiente para volar.

En ese instante, la pared se abrió y comenzó a desplazarse hacia la derecha, desprendiendo una brillante luz blanca. El  descampado se iluminó como un patio de juegos. Asustados, se escondieron detrás de la pared. Katia, muy atrevida, se asomó para ver mejor, mientras que a Goliat le comenzaron a temblar las patas.

  • –        Katia es mejor que volvamos, ¡esto es peligroso!

  • –        Pero, qué dices, ¡gallina!

  • –        Vámonos a casa ó los dos seremos pollos.

  • –        Pero gallo de dios, ahora que esto se pone emocionante, ¡no vamos a recular!

  • –        Es que no sabemos qué es esa luz y ¡tengo miedo!

  • –        Deja de cacarear y piensa un poco.

Al cabo de un tiempo, vieron como la pared se cerraba de nuevo. Observaron este fenómeno durante largo tiempo y pudieron comprobar que cuando la pared se abría, salía la luz blanca y cuando se cerraba se escondía la luz.

Katia sonrió:

  • –        Eureka! Ya sé que es esto!  – le dijo a Goliat

  • –        Vale, pues dímelo y vámonos.

  • –        ¡Es un ascensor!

  • –        ¿Y eso, qué es lo que es?

  • –        Un aparato que sube y baja.

  • –        ¿Un avión?

  • –        No, gallo tonto, solo sube y baja. ¡No vuela!

  • –        Este quizás suba, pero dudo que pueda bajar! –le contestó Goliat con cierto sarcasmo.

Katia se quedó seria pensando, no sabía qué hacer, por una vez Goliat tenía razón. Para qué servía un ascensor en medio de un descampado si no podía bajar ni subir.  Goliat comenzó a cacarear como un gallo loco al tiempo que saltaba alrededor de Katia. “¡No es una nave, no es una nave!” le gritaba Goliat a Katia a ritmo de “Kikiriki” mañanero.

Katia lo miró altiva, levantó la pata derecha y con garbo, inició la marcha de vuelta al gallinero, sin prestar atención a las burlas de Goliat. Cuando Goliat, terminó de cacarear, se asustó. Estaba solo, frente al ascensor y la puerta se abría de nuevo. Corrió y cuando alcanzó a Katia, se colocó a su lado, la tomó por la pluma del ala y con cierta torpeza y mucho cariño, le pidió perdón.

Aún ahora, algunas noches, Katia y Goliat se asoman a la ventana del gallinero y mientras contemplan el juego de luces del ascensor, sueñan.

Cae la noche

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