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Es la hora de los trenes y los aviones.

cepillo1  Todas las tardes Mateo abre su maleta y mete su ropa, el cepillo de dientes  y un tarro de compota de manzana.

Mateo por las mañanas planifica cuidadosamente su viaje, escoge el mejor itinerario, se documenta sobre los monumentos importantes, la  comida  típica y los lugares de interés, y siempre busca el mejor hotel. Por la tarde, después de comer y tras una siesta reparadora, emprende su viaje.

No es sencillo, a veces se hospeda en remotos parajes, en Siberia o en algún extraño desierto, incluso una vez llegó a cruzar la Laponia. Siempre tiene todo en orden: el pasaporte y la cantimplora. Ahora, que ya es más experto y está más curtido, se ha comprado una brújula pequeña y unas gafas de sol con cristales especiales para evitar los rayos ultravioletas.

  Mateo ha vivido muchas aventuras porque en los viajes ocurren hechos extraordinarios y se encuentra a gente fabulosa: como las mujeres jirafas de Tailandia o los jíbaros de América. Además, desde que es un viajero experimentado, anota todas sus impresiones en un cuaderno de bitácora, así cuando sea un anciano y no pueda viajar al menos podrá revivir una y otra vez cada aventura leyéndola en sus propios relatos.

Mateo viaja casi todas las tardes porque sabe que la única manera de vivir grandes emociones es la constancia. Es muy disciplinado y tenaz, como nunca sabe qué día ni en qué momento vivirá una gran aventura, esa que te cambia la vida por completo, tiene que estar preparado.

Mateo es muy puntual, cualidad imprescindible para cualquier viajero y siempre sale a la hora prevista, tampoco se retrasa a la vuelta, retorna invariablemente antes del anochecer. Es un viajero experimentado.

A sus treinta y cinco años puede considerarse, con todas las de la ley, un profesional. Sabe orientarse como nadie en la oscuridad siguiendo las indicaciones que los astros le muestran desde el firmamento, está capacitado para seguir los rastros dejados en la arena por el viento o, simplemente, intuir por dónde corre un arroyo cercano. Además, claro está, de saber cuál es la puerta de acceso más rápida en cualquier museo del mundo o desde dónde obtener la foto más impactante de cualquier torre famosa.

Mateo siempre viaja solo, no comprende a la gente que elige viajes de grupo programados, tampoco entiende a los que van con amigos o parejas. Si llevas compañía entonces ya no eres un  verdadero aventurero.

Hoy, por primera vez en toda su dilatada trayectoria de viajero, ha roto ligeramente su rutina, no ha comprado el billete con antelación y se ha permitido el descuido de no buscar hotel.

En cualquier caso, él, viajero titulado, considera esta hazaña, la de un viaje en metro,  como un desplazamiento menor, casi un traslado ocasional pero, desde luego, absolutamente necesario.

– Moverse por la profundidad de los túneles del suburbano permite conocer el alma de la ciudad en la que se vive, piensa filosófico Mateo.

Nada más subir al vagón Mateo nota el cosquilleo intenso de los nervios, siente tanta ansiedad que casi se ve obligado a abrir su maleta, sacar el tarro de compota de manzana, untar su dedo y luego darle un buen lametón.

– No hay nada como la compota de manzana para templar los nervios y para saciar el hambre, ya me lo decía mi madre, se dice para sus adentros.

Él, hombre viajado donde los haya, se sienta y se deja mecer por el tren, experimenta un intenso placer al adormilarse con el traqueteo del metro. Cuando, de pronto, desconcertado al saberse en un lugar extraño abre los ojos, se ve sobresaltado por una mirada que lo sondea escrutadora desde el asiento de enfrente del vagón, penetra en él el iris de unos ojos marinos del mismo color del agua de las cataratas de Iguazú, enmarcados en una cara risueña, que guiña involuntaria y coquetamente un ojo solapado tras un mechón de pelo rojo intenso, casi tan intenso como el de la luz del sol al ponerse en la bahía de Santorini, en un rostro ovalado de piel blanca y nacarada como el reflejo de la luna en el espejo de su cuarto de baño.

Mateo, ante la viajera pelirroja de enfrente, nota algo raro en el estómago, casi el mismo vértigo que cuando se asoma desde el balcón de su casa, algo así como lo que se siente cuando uno sube en globo. Nervioso y descolocado consulta su reloj y constata angustiado que es ya la hora límite para volver a casa.

A Mateo le encantan los viajes pero debe estar de regreso antes de la hora de la cena. Y, aunque normalmente selecciona buenos hoteles, confortables, limpios y con buena ubicación, a la hora de dormir, lo tiene claro y es que como la cama de uno, desde luego, no hay nada.

Sin embargo, contra todo pronóstico, y por primera vez en su vida, Mateo se salta todos sus principios y planes y decide así, por puro instinto, seguir a su compañera de trayecto que presurosa abandona el tren.

En el exterior iluminado por un sol de justicia Mateo descubre un parque repleto de vegetación y floresta, evidentemente mucho más modesto que las selvas que él ha visitado,  pero con un lago grandioso en su centro.

– Sube a la barca, vamos sube – le invita risueña la desconocida del vagón.

  Mateo siente una atracción irrevocable ante el verde intenso de  los ojos de la pasajera pelirroja y se deja seducir sin resistencia por el verde del agua musgosa del lago. Aunque consciente de que no tiene flotador, y de que tampoco lleva salvavidas, sabe que embarcarse en esas condiciones sería una auténtica temeridad.

– No, no, -contesta- Es que…es que yo soy más de aviones y de trenes.

Presuroso da media vuelta y abandona decidido el lugar. Cuando finalmente llega a su casa verifica satisfecho que, pese a todo, trae consigo su pequeña maleta con su ropa y su cepillo de dientes.

–     Si es que no hay nada como viajar sin salir de casa, se dice tranquilo cuando finalmente se acuesta en su cama.

El tarro de compota desde la mesilla proyecta destellos de alga que hipnotizan a Mateo y tiñen de verde manzana toda la habitación.

Antes de dormirse, Mateo toma la precaución de dejar cerca la bolsita de cartón por si se siente indispuesto, y es que él sabe que el mareo es una experiencia certera que, tarde o temprano, sobreviene a todo gran aventurero.

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Relato Breve escrito por Mary Carmen Caballero

 

 

 

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