_

Islas

Cuando avistamos la isla de Arxé desde la baranda de popa, con el viento en la cara, caía ya el sol. A pesar de que habíamos zarpado al alba, el trayecto se me había hecho relativamente corto y, puesto que viajábamos hacia Oriente, no me extrañó lo prematuro del atardecer. Parecía una joya, con sus riscos de caliza rosada, cobrizos hacia poniente, un bosque de cipreses a media ladera, y la playa blanca flotando sobre la ingravidez del Egeo. Acodada a mi lado, Elena, cuya sensibilidad habitualmente intuía mi estado de ánimo, hizo un comentario que me rompió la contemplación y hasta me molestó un poco – ¡Que lugar tan árido! No hay más que rocas y matojos ¡No sé qué vamos hacer ahí durante tres días! – ¡No digas eso! Mira que gama tan increíble de colores: los rojos de Siena y los blancos de Creta parecen brotar del el agua. – Claro, tú sacarás tus trastos de pintura y ¡Hala! Problema resuelto ¡Y a mí que me parta un rayo! Te hartarás de hacer bosquejos y acuarelas, pero yo… ¡Qué voy a hacer yo en esa roca pelada! – ¡No hablarás en serio! ¿A caso no me has dicho que habías comenzado un diario del viaje? y… ¿Qué hay de ese poemario que quieres llamar “Islas”? ¡Todavía no me has leído ni un verso! Elena y yo nos habíamos conocido en una exposición de fotos sobre el Egeo a comienzo de curso. Ella estaba en cuarto de Letras y yo en tercero de Arte. Fue un flechazo. Los sentimientos y gustos comunes eran tantos que, desde el primer momento la conversación fluyó incesante entre nosotros. Todos se dieron cuenta ¡Estaba cantado! En menos de una semana, no había amigo o conocido que no supiera lo nuestro. Sí, ya sé que por entonces yo no era más que un haragán que solía hacer pellas, pero estaba todos los días como un clavo a la puerta de su facultad, esperando que terminara la última clase para comer juntos. Luego, por la tarde, ella llegó a esperarme más de tres cuartos de hora en la cafetería de la escuela. Es que los de Arte somos gente así de desordenada. Y más de una vez se arriesgó a no ir a su colegio mayor, donde la controlaban por deseo de sus padres, para quedarse a dormir conmigo, en la descuidada habitación de un piso de estudiantes. Mientras tanto y sin que nos diéramos cuenta, las cañitas de la tarde, las terrazas de Recoletos, el bulevar y los portalones oscuros, se iban empapando de una primavera húmeda y esponjosa que te abrazaba y te besaba continuamente en la nuca. Comenzamos a planear el viaje en abril. Durante los últimos tres meses nos habíamos dedicado a organizar hasta el último detalle con tanto cariño como minuciosidad. – Bueno… No sé – cambió ella- ¡Ya veremos! A ver si tenemos un poco suerte y el lugar donde nos alojemos es digno, o… por lo menos ¡Si funciona la ducha! – De todas formas, es lo que hay. Hasta dentro de tres días no regresará el bote a recogernos. Ya nos lo dijeron en la agencia: o alquilan un fuera-borda, o la frecuencia del transporte regular entre islas pequeñas es, como mínimo, de tres días. Pero, mira esas peñas, están diciendo “píntame”. – ¡Cómo eres! ¡Y por qué poco te emocionas! Peñas de verdad increíbles, las de La Liébana, al pie mismo de los Picos de Europa. Esas sí que son impresionantes… Mira, en cuanto volvamos te presentaré a mi hermano Arturo, dueño una “Casona con Encanto” preciosa junto a Potes. Como tiene una empresa de “Trekking and Mountain”, le pediré que te trace una ruta de alta montaña. Para que alucines y te quedes con la boca abierta. La isla de Megae me pareció aún más asombrosa. Se trataba de los restos de un antiguo cráter volcánico que había reventado por la presión del magma. Dos tercios de la isla habían salido disparados por el aire y lo que quedaba no era más que una pared de roca abrupta que se erguía en el agua como un hito. Ni bosques, ni olivos, sólo piedra. En la cima, el pueblo blanco y las cúpulas añiles de los oratorios ortodoxos. No pude resistirme; allí mismo, sobre la cubierta del vapor, saqué mi caja de acuarela y tracé el primer boceto. Me sorprendió verlo acabado. Sólo había tenido que usar variantes del cobalto y del magenta. – ¡Dios mío! Si no es más que un acantilado ¡Un puro risco! ¿Y tú crees que ahí encontraremos algún sitio habitable? – ¡Pues claro, Elena! Mira allá arriba, que bonito el pueblo colgado del precipicio. Parece un nido de albatros. – ¿Pueblo? ¿A esas cuatro paredes en ruinas le llamas pueblo? Madre mía a donde hemos venido a parar. Veremos cómo es el albergue de turno. Si al menos funcionara la ducha… – ¡Vamos, mujer! Es normal que el agua no suba bien hasta esas alturas. Pero, ahí tienes todo el Egeo para bañarte. – Pues sí, estupendo, como para bajar toda esa cuesta a asearte al mar y después volver a subir a tomar el desayuno… Además, te diré que eso no es más que otro secarral como el que acabamos de dejar ¡No soporto más este calor! Acantilados de verdad espectaculares, los de Pedreña, coronados por un bosque de laurisilva y donde el césped del golf llega al mismísimo borde. La entrada es absolutamente exclusiva, pero como papá es socio fundador, te presentará para que puedas pasar a pintarlos. – No sé… Ya sabes lo que pienso del verde. El verde es un color que estropea lo que toca ¿Qué obra maestra conoces que esté entonada en verdes? Ninguna, claro, porque no existe. Elena no dijo nada, pero me miró como si de pronto un pordiosero, al pasar, le hubiera depositado un par de monedas en la palma de la mano. En su cara había una cómica mezcla de perplejidad y despecho. Telos era menos espectacular que las otras islas. A penas tenía relieve y no se apreciaba más que una meseta calcárea cubierta de rastrojo pajizo. El calor era aún más sofocante y el día brillaba con una intensidad desconocida. La paleta sólo requeriría blancos rotos, sienas y amarillos. A lo lejos, sobre la lomada, se veían varias columnas quebradas, restos de un templo antiguo. No me sorprendió en absoluto leer en la guía que allí había nacido Helios, el dios del sol. – ¡Que! ¿Ese pedregal también te parece maravilloso? A mí se me ponen los pelos de punta sólo de verlo. Y seguro que esta vez, en la hospedería, tenemos de todo, absolutamente de todo ¡Hasta chinches, si te descuidas! – No hay para tanto porque la ducha no funcionara en el otro albergue. Mira, aquí el pueblo está pegado al mar y es todo playa. Podremos bañarnos cuando nos apetezca. – ¡Pues sabes qué! No soporto más que se me pegue la arena. Ni tampoco el salitre, que me pica e irrita la piel. Este mar está tan concentrado que parece salmuera; además no tiene mareas… ni siquiera se mueve ¡Es una bañera! – Pero el Egeo es, desde la Antigüedad… – ¡Bah! ¡La Antigüedad, la Antigüedad! Para mar de verdad, el Cantábrico –cortó bruscamente ella- ese sí que es un auténtico mar. Bravo, inquieto, cambiante… y VERDE – dijo, recalcando la palabra- Sobre todo, sin tanta sal. En cuanto volvamos, vendrás a la casa del Sardinero y te presentaré a mi familia. Sabrán apreciarte, no creas. Mamá es muy aficionada a la pintura y compra arte. Posee una espléndida colección. Le pediré que te la deje ver… incluso tiene lienzos de pintores famosos, como Zobel o Barceló. A lo mejor, hasta da una fiesta para que te conozcan sus amistades. Tú, en señal de agradecimiento, podrías hacerle un retrato… Todo, absolutamente todo era cierto. El calor aquí era aún más sofocante, la aldea más mísera y el albergue más cutre. Pero el débil oleaje tocaba la roca sobre la que se alzaba la pared de nuestra ventana y, justo al lado, en la terraza con mesas y sillas de plástico para la cena, una enorme adelfa roja pretendía cubrir los espacios del mundo. Sin embargo, ella hizo sus averiguaciones y planeó nuestra partida. El bote que nos había llevado no zarparía hasta el amanecer. No, no nos quedaríamos mucho en aquel sitio; madrugaríamos y regresaríamos a Atenas. Luego, al fin, unas pocas horas y el vuelo a España, donde se encontraba el sólo, el único lugar memorable y digno de todo el planeta, es decir su verde Cantabria natal. Esa noche asfixiante, dormimos desnudos, tirados sobre la cama. No quiso mi abrazo y, con la excusa del calor, ni siquiera dejó que la tocara. Me despertó, ya vestida, antes de que acabara de amanecer. Cargué con toda la impedimenta y bajé como un sonámbulo hasta el embarcadero. Sorprendentemente, a esas horas, el bote estaba ya atiborrado de pasajeros y mercancías. Ella cruzó la pasarela de dos zancadas, sin ni siquiera mirar atrás. El capitán dijo que, como había acordado, había sitio para nosotros dos, pero no para el maletón con el caballete, los bocetos y demás trastos de pintura. – ¡Me quedo¡ – Le grité a Elena, mientras se afanaba en buscar sitio, abriéndose camino a empujones entre los pasajeros- No pienso abandonar todo mi trabajo. – ¡Allá tú! – me respondió en el mismo tono, sin siquiera mirarme, ocupada como andaba en arrebatarle a alguien un asiento. Luego añadió – ¡Cuando vuelvas, telefonea! Lo último que pude ver fue su mano que me decía adiós por el cristal trasero del bote, entre una multitud congestionada de caras y de gente. A pesar de tener que volver a subir al albergue con el maletón a cuestas, me sentía muy ligero. Decidí desayunar en la terraza para observar como terminaba de amanecer sobre el barquito menguante. Un café negro dulzón, unas olivas amargas y un pequeño vaso de licor de huzzo era todo lo que había. Mientras apuraba la taza, sobre mi cabeza, la adelfa se iba incendiando con todos los matices posibles del bermellón, del carmín, del púrpura, del amaranto, del carmesí y del escarlata.

_

Relato Breve Escrito por :Alejandro Nanclares

Anuncios