Relato Breve escrito por: Mary Carmen

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Es transparente y fina, pulida y reflectante.

Es así, la miro y me convenzo cada vez más, es de ley, auténtica. Desde luego está dentro de los cánones estipulados. Su final estrellado en cinco puntas le hace perder algo de encantamiento oriental, pero es lo que hay.

Funciona a la perfección. Cuando la pongo delante del cristal de la ventana de la cocina, que es donde hay más luz por las mañanas, y la muevo despacito, los rayos de sol reflejan sobre la pared destellos de millones de puntos de luz. Un crisol de colores que tiñe los baldosines de estridencias cromáticas con cierto aire neoyorquino, de vanguardia incipiente.

 Lo sé, la magia no está de moda. Lo sé, la gente no anda por el metro o por el autobús con una varita mágica en la mano, yo sí.

Ser un hada en los tiempos que corren es cursi y ñoño, y más a mi edad. Sin embargo, es así y no me voy a andar con remilgos a estas alturas.

Soy analista de riesgos porque en pleno siglo XXI y en plena crisis, viste mucho aunque se cobre poco. Todo riesgo y todo análisis.

Ya desde la mañana cuando enciendo todos mis I (Iphone, Ibook, IMac…) me asaltan listados de datos, gráficas y cifras. Todas en sentido descendente, todas irremediablemente a la baja, ninguna presenta forma estrellada, sólo líneas descendentes.

No me gusta el sentido descendente, me gusta la verticalidad.

Aunque, claro, yo soy analista de riesgos y debería saber con antelación lo del riesgo y, más aún, si dedico todo mi tiempo libre a esto de ser hada en un ir venir de un lado para otro con mi varita en la mano.

Desde luego ya me gustaría a mí poder intervenir en esto de las acciones, de los valores y de los mercados, pero no me permiten meter mano. He de admitirlo, en el fondo tampoco yo me imagino presentándome en plena junta y sacando de mi bolso la varita. Es que en la oficina todos esperan verme llegar con el maletín, el portátil y el móvil,eso de incluir la varita en el pack, he de reconocérmelo a mí misma, no lo veo, la verdad.

Pero es que a mí no me gustan las estadísticas, ni los riesgos. A mí me gusta mi varita mágica de hada. Emite destellos de posibilidad cada vez que la muevo.

No es fácil ser un hada y, desde luego, no es fácil ser analista de riesgos y hada.

Todo el mundo tiene una afición, que si el golf, que si la moda, que si el fútbol, claro, la gente habla sin cortapisas de sus hobbies, yo no.

Ni siquiera puedo vestirme como a mí me gustaría.

Claro que esto de ser hada requiere también de cierta imagen.

Lo ideal sería ir con un vestido largo, blanco, de gasas y tules, con reflejos de luna. Pero no, no me puedo vestir así a diario, tengo que ir a la oficina embutida en mis vaqueros de cualquier marca cara, que es lo que se espera de una ejecutiva y, además, analista de riesgos. No obstante, me consiento, caprichosa, algún pequeño desliz y suelo llevar una camisa blanca, el único blanco que me puedo permitir. Una camisa ajustada para que todos estén de acuerdo en que soy tremendamente atractiva.

Lo soy, por supuesto, y también soy inteligente, para ser analista de riesgos tengo que serlo.

Pero, lo que yo soy y me gusta ser, en el fondo y en la superficie, es un hada. Me he documentado bien y he leído todos los tratados que cualquiera que se considere cercano al gremio de la magia y de los encantamientos debe leer. Soy un hada con diploma oficial, nada de una simple advenediza ejerciendo sin más el intrusismo profesional.

De todas maneras lo que pasa de verdad es que esto de ser hada ya está desfasado, no ocurre lo mismo con ser analista de riesgos o bruja.

De estas últimas hay muchas, las tituladas, las de verdad y las que ejercen de ello. Ser bruja queda bien, te da postín. Hacer hechizos de consecuencias gafes te da renombre y alcanzas la fama de inmediato. Y si, además, eres capaz de elaborar algún encantamiento con mal de ojo ya no tienes competencia. Probablemente, ahora que lo pienso, alguna de estas ha debido toquetear algo en los mercados y en los valores, de otra manera la situación financiera actual no se explica.

Ser bruja no está mal visto, ser hada sí.

Pero a mí me encanta hacer girar mi varita. Me paso las horas muertas contemplando su luminosidad y sus destellos.

Es cierto que esto no aporta mucho, me refiero a lo de ser hada. Ya se sabe, no se tiene la vida resuelta así como así. Yo no lo he tenido nada fácil.

Soy analista de riesgos pero nunca sé a ciencia cierta a qué atenerme en este baja y baja de acciones y valores. La varita no es útil para eso.

Además la gente es muy injusta y no puedes ir por ahí pregonando a los cuatro vientos que eres un hada porque entonces lo primero que te piden es una subida, en los tipos de interés, en el sueldo, en los días de vacaciones; sólo admitirían una bajada en los kilos. Pues no, para todo esto no sirven ni las hadas, ni las varitas.

Y, aunque muchos piensan que sí, lo cierto es que la varita no te ayuda en el día a día. No sirve a la hora de elegir un buen marido, tampoco para contratar abogados eficientes. Tengo la varita pero, desde el divorcio, vivo de alquiler.

A mí me gusta mi varita con su estrella final y sus puntitos brillantes de color plata.

Pero, claro, ya se sabe… las varitas, aunque mágicas, también tienen sus limitaciones.

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