Relato Corto Escrito por : Mary Carmen

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Se despertó como se despiertan los héroes, primero abrió un ojo y después otro y, sin pereza ni adormilamiento acudió presuroso a la ducha matinal y a su encuentro diario con el espejo.

Se observó detenidamente: buenos pectorales, la piel todavía bronceada del pasado verano, quizás algo de tripita, pero del todo subsanable con unos buenos abdominales, y una cara sin  arrugas apenas.

El examen diario de su físico  le permitía constatar cuántas posibilidades de triunfo amoroso aún le quedaban por delante a sus cuarenta años de edad. Con el mejor de los ánimos se sonrió a sí mismo, y percibió todo el poder seductor que la sonrisa procedente del espejo le devolvía.

–    Pero… ¿qué demonios es eso? – se oyó decir a sí mismo al tiempo que se aproximaba precipitadamente hasta darse de narices con su propio reflejo.

Se llevó instintivamente la mano hasta la ceja izquierda y notó la superficie pelosa, vio como su imagen realizaba la misma acción, con una única salvedad: no había el menor rastro de la ceja en el espejo.

–     ¡La madre que me parió!

Se aproximó de nuevo y volvió a golpearse, a riesgo de hacerse un chichón, con la superficie pulida. Desde luego, no había duda, la ceja no estaba.

Se alejó del cuarto de baño con la prisa del que huye de un cataclismo. Ya en el salón, repanchingado en el sofá, totalmente desconcertado, con mano temblorosa volvió a tocarse instintivamente las cejas, primero la izquierda con cierto temblor y luego la derecha, el tacto áspero de los pelos le hizo recobrar el aliento y la compostura.

Decidido se encaminó al baño pero, a mitad de camino, el espejo veneciano colgado en el pasillo detuvo en seco sus pasos. Con la resolución propia de los valientes se enfrentó de nuevo a su imagen. Efectivamente aquel era él, con su pelo encrespado y negro, sus profundos ojos verdes y sus labios…

–     Pero… ¿qué me está pasando? -exclamó absolutamente sorprendido.

El rostro que, con ojos asombrados, le miraba era el suyo, el suyo pero… ¡incompleto! No sólo no se reflejaba la ceja izquierda, habían desaparecido los labios y empezaba a diluirse la ceja derecha.

Con la precipitación propia de aquel al que apenas le queda tiempo se acercó al móvil:

–     ¿Lucas? Lucas, soy yo, oye ven,  ven en seguida, me encuentro fatal, no sé, no sé… cómo explicarlo –le dijo casi sin aliento.

–     Pero ¿tú sabes lo temprano que es? -le respondió su interlocutor.

–     Lucas me encuentro fatal,  fatal de verdad, no sé, no sé , yo… verás, creo… creo que… ¡me estoy borrando!

La incontenible carcajada de Lucas le hizo volver de golpe a tomar conciencia  de la realidad.

Soltó el teléfono y volvió al cuarto de baño. Allí estaba de nuevo, se inspeccionó sin miedo, pero estuvo a punto de  marearse cuando se contempló por completo. Ahora no sólo se habían desvanecido las cejas y los labios sino que, además, tampoco quedaba rastro de su nariz. El espejo le devolvía un esbozo de él mismo que, poco a poco, a medida que intensificaba su mirada se iba reduciendo a simples trazos.

Desorientado salió atropelladamente del piso, cerró la puerta de un portazo y bajó corriendo las escaleras, no estaba dispuesto a entrar en un ascensor lleno de superficies reflectantes.

En el portal se encontró de sopetón con Lucas que entraba en ese preciso momento.

–          Pero ¿qué es lo que te pasa? ¿qué tomaste anoche? y ¿a dónde vas con esa cara que asusta al miedo? –le dijo Lucas nada más verlo.

–          Menos mal que has venido, no sé, no sé lo que me está pasando…

Subieron juntos andando hasta el cuarto piso ante su rotunda negativa de poner un pie en el ascensor. Una vez en casa, después de beberse un café bien cargado que Lucas le preparó, volvió a recuperar la calma.

–         Quizás anoche bebiste más de la cuenta o no has dormido bien, o ya no aguantas la presión a la que te somete el torturador de tu jefe –le dijo Lucas de lo más animoso- y algo de todo eso te ha llevado a estar confundido y a esa especie de paranoia. Además, qué quieres que te diga, yo… yo te veo de lo más completo, la verdad.

Reconfortado con la compañía del amigo y más despierto con el café se adentró solo y sin miedos de nuevo en el cuarto de baño.

–          ¡¡Lucas!!  –gritó.

Allí estaba él reflejándose con toda su prestancia en el enorme espejo que tenía frente a él pero sin atisbo de ninguno de los rasgos que le identificaban, ni facciones, ni partes del cuerpo, simplemente un contorno.

–         Vamos hombre, esto tiene que tener una explicación lógica, será un efecto óptico de la luz o del espejo, seguro – le tranquilizó una vez más el amigo.

Pero él no quiso escuchar más, salió precipitadamente y se observó en el espejo del pasillo, simplemente ocurría lo mismo, estaba reducido a unas simples líneas que determinaban su figura.

Llamó al ascensor y dentro de él se contempló de nuevo, sólo se reflejaba el perfil de lo que debía ser una persona.

Deambuló por las calles, se miró en los escaparates y en los retrovisores de los coches, incluso pidió prestado un espejito a una señora que, coquetamente, se retocaba mientras esperaba a su acompañante, pero nada, lo único que quedaba de su reflejo era una silueta mal dibujada.

Abatido decidió volver a casa.

–          Venga, no te lo tomes así. Todos tenemos algún día raro. Además no es tan, tan grave, los demás, los demás te vemos bien –le animó Lucas con una palmadita en la espalda.

Después de reflexionar un largo rato en silencio absoluto, ligeramente reconfortado con las palabras de Lucas, aceptó sin más que nadie es perfecto y decidió de manera taxativa que lo mejor, sin duda, sería olvidar el incidente y seguir con su rutina habitual. Lo primero despedir al amigo y salir pitando para el trabajo. No era cuestión de perder también su empleo bastante tenía ya con perder su reflejo.

– Claro que… cómo sabré si hoy me he afeitado bien –preguntó en voz alta al traje con corbata, de buen porte, que se reflejaba nítidamente en el espejo del ascensor.

Eso sí, el espejo le devolvió la imagen de un traje, sin rostro ni manos, que no se inmutó lo más mínimo por la pregunta ni que tampoco se tomó la molestia de desvanecerse cuando se quedó completamente a solas dentro del ascensor.

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