Relato Breve escrito por : Alejandro Nanclares

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“Décimo Junio Bruto sometió la Gallaecia hasta el océano (138 a. C.) mas no queriendo (sus soldados) pasar el Lethes[1] o río del Olvido, él mismo pasó el estandarte arrebatado al signífero llamándolos por su nombre, y así los convenció para que pasasen”.

TITO LIVIO (ss. I a. C. – I d. C.): AB URBE CONDITA, per. Liber LV

De sobra conocía la película, pero cuando dijo que había conseguido dos entradas para el ciclo de Renoir y que eran para el último pase de “El río”, acepté encantado, pues nunca había visto el filme como debe ser, es decir, en una verdadera sala de proyección y de forma ininterrumpida. Cierto que me extrañó que Gina, una cinéfila convencida, con ese convencimiento un tanto intransigente del intelectual italiano, me invitara a la menos representativa y más criticada obra de un director que, por otra parte, nunca había sido santo de su devoción. No, no era ese el tipo de cine que Gina solía preferir; sin embargo… a mí me parecía una elección genial, y así se lo dije. Cómo podía sospechar siquiera que yo la había visto, o mejor dicho, entrevisto al menos dos veces. Eso sí, en pases de TV o de DVD atravesados por todo tipo de comentarios, interrupciones, lloros de críos, preparativos de cena y “papá pipí” ¡Buf, la cantidad de películas que habré visto así antes de que se fueran! Antes de que Amalia, mi ex, cogiera a los críos y se largara a Verín, a casa de sus padres.

El caso es que no importa que sea martes, que mañana haya que madrugar, o que haga una tarde de perros en este febrero inclemente. Todo lo contrario; precisamente es el tiempo ideal para refugiarse en el limbo hospitalario del cine. Nos envolvemos bien en ropa de abrigo, bufanda y guantes incluidos, y salimos a la calle contentos por nuestro inesperado festejo de diario. Más abrazados que del brazo – Gina siempre se queja de que el viento de Madrid le corta los labios – llegamos al hall bien calefactado de la Filmoteca, donde nos despojamos de diversas capas para acomodarnos en una privilegiada séptima fila. Todavía algún saludo sin consecuencias antes de que se encienda el proyector y se apaguen las luces.

La música de la presentación y los irreales paisajes del tecnicolor me fascinan y poco a poco me van arrastrando a su mundo ilusorio, pero casi, casi real. La voz en off me hipnotiza y la acción comienza a transcurrir en una India pausada y arcaizante, como arrancada de la Antigüedad, pero también cotidiana y plena de simpleza… No, no voy a dejarme vencer por el sopor que comienza a llegar, ni por el cansancio del día. Ni va a conseguir que cierre los ojos la grata sensación de tener la mano de Gina entre las mías, ni tampoco la agradable penumbra, ni la potente calefacción…

De pronto me espabilo con un leve sobresalto: la protagonista, la niña que habla del Ganges, prestando continuidad al hilo de la narración, me dice:

–          Mi río es prodigioso…

En ese preciso instante abro los ojos y puedo percibir la superficie espléndida del río llenando el horizonte al tiempo que una fortísima impresión de deja vu, atravesada por el resplandor inquieto de las aguas surcadas de cadáveres que descienden envueltos en ellas.

Casi al tiempo llega de lejos el resonar de las trompas y el pifiar de las caballerías. El tumulto metálico de la batalla y las armas chocando contra las corazas. Entre el manto púrpura de los legionarios ondea el estandarte escarlata de las centurias. Al fondo, el rojo aún más oscuro de la sangre mezclado con el fango, virando hacia el carmín en el lecho del río, que por momentos se vuelve de un granate sucio por los cuajarones. Oigo también el grito aterrado de los atacantes frente al gemido incrédulo de los moribundos, y percibo, desde mi montura, el hedor de las heridas de la infantería, hundida en el cieno hasta las rodillas.

Esta mañana, al alba, sacrifiqué dos tórtolas a Marte. No porque temiera al enemigo, sino porque recelaba de cruzar el Lethes y olvidarlo todo al adentrarme en Occidente, el país de los muertos. Pero el decurión, riéndose a carcajadas, me dijo que esa, si acaso, era ofrenda para Venus, porque que el dios de la guerra no se conmueve a menos que le sea sacrificado un cabrón.

Y ahora es cuando vuelvo a escuchar la voz de mi general, Décimo Junio Bruto, que ante nuestro temor vacilante, ha arrancado el estandarte de las manos del signífero, ha cruzado a la otra orilla y nos exhorta a seguirle llamando a cada uno por su nombre, demostrándonos así que no ha olvidado nada.

Confiados, profiriendo gritos atroces para asustar al enemigo, cruzamos en masa la corriente. Al pisar la arena de la otra orilla, compruebo aliviado que no he olvidado a mi familia en Roma, y que recuerdo perfectamente los rostros de mi esposa y de mis hijos. Siento entonces un gran júbilo… y también, casi al tiempo, un intenso dolor en el costado. Un fugitivo, rezagado en el carrizo de la orilla, me ha alcanzado con su dardo poco antes de ser masacrado por mis camaradas. Caigo exangüe de mi montura. Puedo ver cómo todos parten: los unos huyendo en desbandada y los otros persiguiéndolos para conseguir su parte del botín… En medio del tumulto nadie repara en mi cuerpo tendido entre los cadáveres. Porque no soy capaz de moverme ni de gritar. Sólo puedo notar como fluye mi sangre mientras el barro en que yazgo se vuelve de un frío intenso y una opacidad oscura vela mis ojos.

Cuando me despierto, exhausto y dolorido, estoy acostado en un catre cubierto de pieles, en medio de una cabaña circular. Alguien me ha quitado la coraza y vendado la herida. A mi lado hay un fuego encendido y una indígena joven me ofrece sonriente un poco de agua fresca. Intuyo que esa mujer y esa casa serán mi mujer y mi casa para el resto de mi vida, y que allí mis hijos crecerán y se harán hombres.

Ahora, de nuevo soy capaz de percibir la respiración y el calor de la mujer que está en la butaca de al lado. El cansancio ha podido más que la película y se ha quedado dormida con la cabeza sobre mi hombro. Una vez más, para mi eterna sorpresa, no se trata del cabello corto y platino de Gina, sino de la melena castaña y sedosa de Amalia que, como de costumbre, se enreda un poco entre mi barba.

No volví a acordarme de mi casa de Roma ¡Después de todo, Lethes era realmente el nombre del Olvido!


[1] El actual río Limia, que fluye entre Galicia y Portugal, señalando el inicio de Occidente (Del Lat. occidere: morir/matar) o reino de los muertos.

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