Homenaje a Alfonso Usia

Relato Breve escrito por : Javier Rodriguez

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Las musas de mingote

La marquesa de Montesclaros, grande de España por parte de padre y millonaria por parte de madre, era conocida en otros tiempos por su estilo inigualable, de una audacia sin par, que eran la comidilla de fiestas y guateques de alto copete. Si alguien quería dar empaque a un acto social, la marquesa era una invitada obligada. Una vez, se presentó en una fiesta completamente desnuda, cubierta de purpurina dorada y un collar de perlas de cuatro vueltas. Así era la marquesa… 

La marquesa, cargada de años y de joyas, no renunciaba a esta excéntrica costumbre, ni siquiera cuando se dedicaba a las tareas cotidianas. Nadie se sorprendió cuando aquella mañana sacó a pasear a Pichín, su caniche malayo, ataviada con un salto de cama de gasa transparente, con puntillas negras, con unas zapatillas de raso con bolitas de plumas y una sombrilla china, algo evidentemente inapropiado para el mes de noviembre. Pero aquel día la pobre señora había dado permiso al ama de llaves y tuvo que fiarse de su propio criterio.

Las hojas secas cubrían las aceras y ráfagas de un viento helado mecían la cabellera plateada de la marquesa. Pichín, vestido con un traje de cuadros, saltaba alegremente marcando su territorio con escasas gotitas de pis.

Un joven con gafas de sol y gorra de beisbol, que bajaba cuesta abajo montado en un monopatín, ajeno a la imponente presencia de Pichín, tropezó con la correa del animal y se abalanzó sobre la pobre marquesa. La agilidad propia de la juventud le permitió eludir el choque, pero al tratar de protegerse acabó con las manos en los pechos de la marquesa, turgentes a causa del frío. La marquesa, sin duda recordando otros tiempos, le espetó sin inmutarse.

–       Qué ímpetu, joven. Mire por donde va, que las prisas no son buenas – dijo con picardía.

–       Bue.., buenos días – respondió el joven conmocionado por la visión, mientras se frotaba las manos en el pantalón.

Después de unos momentos de vacilación y sin saber dónde mirar, se saltó sobre el monopatín y se marcho como si nada. La marquesa no lo tomó como un desplante, pues los jóvenes, como decía siempre, no tienen que perder el tiempo ni trabajando ni con viejos.

Al fondo de la calle, a lo lejos, un coche de la policía municipal con las luces encendidas perseguía a una moto. La marquesa se detuvo a observar la escena y Pichín se puso a escarbar en un roble centenario junto a la calzada antes de echar otras dos gotitas amarillas.

La moto hizo un giro brusco y subió hacia la iglesia. El coche de los municipales derrapó como si estuviera en San Francisco y fue a estamparse contra el roble centenario. Del coche patrulla salieron dos policías conmocionados que se acercaron a la marquesa, que había caído de espaldas sobre unas dalias y gritaba como poseída. Pichín yacía inmóvil en el suelo.

–       ¡Me han matado!, ¡Me han matado!, ¡Mi sombrilla!, ¿Dónde está mi sombrilla?

–       Tranquilícese, señora, no pasa nada- dijo el agente más alto cuando levantaba a la marquesa. Mientras, el otro, corría detrás de una sombrilla arrastrada por el viento.

–       ¡No me toque, sinvergüenza! Pichín, ¿dónde estás?

El pobre Pichín no se movía. Tenía los ojos abiertos de par en par, las patitas estiradas, rígido como un madero.

–       Ahhhhh, ha matado usted a Pichín. Un perrito tan bueno, tan cariñoso, tan fiel… ¿Qué le había hecho a usted para que le matara de esa manera? Esto es un homicidio policial.

–       Señora, por favor, tranquilícese.

El otro policía llegó jadeando con la sombrilla en la mano y se la entregó solícito a la marquesa, que inmediatamente la emprendió a golpes con el agente más alto.

–       Señora, un respeto a la autoridad. ¡Pare ya! o tendré que llevarla a comisaría. Además, cómo se le ocurre a sus años salir en pelotas a la calle.

–       ¿En pelotas? Será maleducado, qué sabrá usted de moda. Sepa usted, caballero, que este peignoir de gasa de seda natural es un Channel auténtico. Como decía mi querida Cocó, la simplicidad es la clave de la elegancia. Así que déjese de frivolidades y llame a una ambulancia, al SAMUR, a los bomberos, a la policía…

–       Señora, tranquilícese, que nosotros somos de la policía

–       Ay, qué va a ser de mí, te han matado, Pichín, Pichín.

La marquesa, con los ojos enrojecidos y llorando a moco tendido, se arrodilló junto a Pichín, que seguía en el suelo, como muerto. Gritaba y se tiraba de los pelos, con tanta desesperación que su difunto marido se lo habría reprochado por el agravio comparativo. En ese momento, Pichín movió el rabo, se levantó de un salto y salió detrás de una chihuahua con un lacito rosa que le había mirado intencionadamente.

La marquesa se levantó en silencio, se colocó el pelo, se abrochó el salto de cama, abrió la sombrilla y dijo mirando a policía alto:

–       Es como mi difunto esposo, si hubieran acercado unas faldas al ataúd también habría resucitado.

Dicho esto, se giró con elegancia y dando por terminada la conversación se alejó por la vereda sin despedirse, mientras Pichín, unos pasos más atrás la seguía satisfecho.

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