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Todo es negro: la noche, la cueva y mi cuerpo. En la oscuridad en la que he vivido siempre no se perciben los colores aunque sí las formas. Lo importante son los contornos, eso, al menos, nos decían cuando nos enseñaban a volar para no chocarnos con las puntas afiladas de las paredes.

Vivo en lo oscuro. Aquí se vive con intensidad, nada me distrae. En la oscuridad el silencio es más profundo, también los ruidos que se perciben sin interferencias, como las voces agudas de mis compañeros, casi son gritos.

Al caer la tarde la tonalidad púrpura invade las sombras, entonces me despierto y me desperezo. A veces se me agarrotan las patas de estar suspendido durante toda la noche pero en cuanto me estiro un par de veces me encuentro mejor. Después, lentamente, abro los ojos, las orejas se me tensan y distingo todos los sonidos: el goteo de los riachuelos subterráneos, la respiración entrecortada de algún roedor que penetra temerariamente en nuestros dominios y el aleteo rápido de los otros murciélagos cuando vuelan.

Murcielagos de cabezaYo siempre he sido un poco perezoso, lo reconozco. Me gusta mantenerme sujeto por mis patas y balancearme durante largos ratos. Cuando revoloteo, el espacio se invierte. Pero a mí me encanta estar cabeza abajo, la sangre en el cerebro hace que se piense más rápido. Aunque no siempre es así, hoy me cuesta mucho concentrarme y pensar.

Esta noche me siento nervioso, desde ayer no soy el mismo. No debí acercarme a la entrada de la gruta, pero lo hice. Yo sé que todavía no es peligroso porque el ciclo de la luna que la lleva a su esplendor no ha comenzado, así que la oscuridad es absoluta, por eso la pude ver. Era la criatura más extraordinaria que nadie pueda imaginar: del cuerpo no le salían membranas desplegables sino que sus alas eran auténticas, ¡de plumas!, su pico era alargado y elegante, también sus patas, que le permitían caminar despacio. La vi de lejos y, aunque, era completamente blanca no me asusté.

 

–          Pero, ¿qué hago mirando a una paloma? –me pregunté confuso.

Llevo media vida oyendo a los ancianos repetir incansables los peligros que acechan fuera de la cueva. Nosotros debemos mantenernos en lo oscuro donde no hay reflejos, ni tampoco sombras. Al otro lado está la luz, que dicen que es tan intensa que te ciega y entonces ya nunca más vuelves a ver. El exterior está lleno de colores que emborrachan y atontan los sentidos y no vuelves a pensar con coherencia. Es tan terrible, según dicen, que hasta pierdes la capacidad de amar porque al mirar la apariencia externa te embota el entendimiento y ya eres incapaz para siempre de reconocer la esencia. Es mejor cobijarse en la serenidad de la noche completa. Y, nunca, bajo ningún concepto, se debe estar despierto al alba. Ahora, casi de madrugada, yo no puedo dormir y sigo aquí dentro, pero me siento inquieto porque sé que ella es blanca y está afuera.

Experimento un dolor diferente, muerdo mi labio inferior con intensidad, noto que sangro. Sin embargo, me duele mucho más, más dentro. Cierro los ojos y me cobijo con mis alas en la oscuridad plena de mi interior pero, entonces, el fogonazo de su recuerdo me anula. No puedo llorar, las lágrimas transmiten reflejos de agua y en el mundo en el que vivo no están permitidos los brillos.

Sé que bordeo los límites, pronto amanecerá completamente, el resto de mis compañeros se aletarga. Yo miro fijamente hacia la salida, sé que al otro lado está ella con su blancura de mañana.

Avanzo y antes de que la luz me alcance, me giro y me quedo quieto, desconcertado busco el apoyo de los murciélagos o la complicidad de las palomas. Pero estoy solo, sin apoyo y sin consejos, suspendido entre la oscuridad que conozco y la intensidad de una luz que deslumbra afuera. La claridad me hiere en los ojos, me agarro con fuerza a la pared, no sé si caigo pero presiento que pronto llegará el sueño cargado de caricias de pluma y palomas blancas y, entonces, por fin, sonrío.

Todos los murciélagos tenemos los colmillos blancos.

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Relato corto escrito por : Mary Carmen

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