Relato Corto escrito por : Alejandro Nanclares

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Que el amor te preserve y que el fuego te guarde   Félix Grande. Rubáiyatas

 

A la hora de oscurecer, cuando todo parecía definitivamente perdido y el mundo se borraba, de nuevo se abrió la rosa.
Los sépalos, fuertemente abrazados, se hincharon primero hasta la turgencia y después hasta el tormento de la inflamación. Finalmente rasgaron el raso y, en un grito de dolor, irrefrenables, rompieron desvelando su secreto impredecible.
En ese mismo instante la savia contenida no pudo más y se desató, volcando su nervioso torrente de pigmentos hacia las entrañas profundísimas de la corola.
Después, ya no hizo falta más que la luz del día.
Y así fue, así de simple fue, como de nuevo renació la rosa. Idéntico el gesto.
El mismo exactamente de la primera vez; de la primera. Ese ademán un poco ampuloso, pero nada más que un poco, no demasiado, que se inventó la primera rosa para abrirse EL PRIMER DÍA DEL MUNDO DOS PÁGINAS DEL GÉNESIS PRESERVAN AÚN SU AROMA prensado entre el precioso grafismo de la inmortalidad y el del placer.
Cómo dejar de recordar un segundo su invitación, su secreta demanda, íntimamente guardada, milagrosamente perpetuada en la raíz genética a través de miles de estirpes, de centenares de edades y de generaciones.
Ya lo ves. Ni es la rosa del erial de Sonora, ni la de Jericó. Ni siquiera la zarzarrosa de olor de los caminos, que se deshoja sola. Tampoco el cristal de sílice que brota en los desiertos.
¡Qué digo! Es otra vez la misma, la misma que regresa.
La vi esculpida por el genio de un dorio loco en el mármol de cera del Pentélico. La pintó Ghirlandaio allá por el cuatrocientos.
Mírala, resurgida e incólume, inmarcesible y perfecta, llega a mi beso la primera rosa.

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