Relato Breve escrito por : Merche Postigo

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El ladron de ideas

Mi mujer tiene muchas ideas, es una lumbrera. Yo, la llamo idealista, pero a ella no le gusta ese mote, y siempre se enfada cuando se lo digo- “Solo tengo ideas”- me  dice recelosa- “no son sueños!”. Algunas veces me hastía la duda; “¿comprenderá mi mujer el eufemismo?”. Nunca me atrevo a preguntarlo. Quizás sea miedo a romper la poca armonía que aún queda en la pareja. 

Vivimos en una casa en el campo. Solos y aislados del mundo. Mi mujer tiene un miedo enfermizo a que le roben sus ideas y no soporta la vida en la ciudad.  Su patológica obsesión nos obliga a dormir con las ventanas y puertas bien cerradas.  Yo me mofo mucho de ella y de su manía, pero lo cierto es que cada día soporto menos esta tesitura; Su chifladura de tener miedo a que le roben las ideas, está gastando nuestra vida en pareja. Ya apenas si hablamos. El temor a que se sepa lo que está pensando y le roben la idea, está devorando la relación. Nuestros amigos dejaron de venir ante los irritantes silencios de mi mujer. Ni si quiera la familia nos llama por pascua.  Esta paranoia es más irracional durante la noche. Cuando sueña en voz alta y se tapa la boca con la mano, apagando su voz para que no se sepa lo que sueña.  Mi paciencia se empezaba a agotar y le sugerí un ultimátum;

– Cariño, esto no puede seguir así,  tienes que dejar que alguien te ayude. Estas muy enferma – le dije

– ¿Y qué harás si no lo hago? – Me contesto desafiante

– En ese caso no me quedará más remedio que marcharme – le respondí envalentonado.

Me quedé con la palabra en la boca y la almohada en la mano. Aceptó mi chantaje y me echo de la habitación.  Aquella noche dormiría solo y esa opción me gustó; por fin me libraba de la angustiosa oscuridad de la habitación. Seguro que ella también estará feliz, podrá soñar en voz alta, sin miedo a que yo le copie sus ideas.

Me acomodé en el sofá como pude. Cuando había conseguido domar la almohada, un ruido me sobresaltó. Algo desorientado, abrí la puerta del salón y me intrigó ver la habitación abierta. Me acerque sigiloso. Mi mujer estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la ventana, que estaba abierta, lloraba. Algo alarmado, le pregunté sobre lo qué ocurría. Se llevó el dedo índice a la boca y me mando callar. La calmé como pude, cerré la ventana y después la puerta, la abrace fuerte y esperé hasta que se durmió. Cuando me disponía a dejar la habitación, un fuerte crujido proveniente de la ventana me detuvo. Me gire y vi como la ventana se había abierto de par en par, dejando al descubierto la oscuridad de la noche. Mi mujer se llevó las manos a la boca, ahogando un grito. Detrás de las cortinas adiviné la figura de alguien. Apenas si había luz. Las nubes me dieron una tregua y se apartaron, dejando pasar la claridad de la luna por la ventana.  Acerté, era un hombre el que se escondía detrás de las cortinas.  Muy alto; bien vestido, con traje y corbata; llevaba una capa larga y negra sobre los hombros que le concedían un aspecto elegante y distinguido. Me angustie “¿Que hacia un hombre en el cuarto de mi mujer? – ¿De dónde había salido?”. Mi mujer se levanto y como una furia se acerco a él; me impresiono descubrir la cantidad de improperios e insultos que era capaz de pronunciar, ella que nunca hablaba. El hombre con capa, sin perder la calma,  la miró, le sonrió y le extendió la palma de la mano. Mi mujer gritó más fuerte aún, le amenazó, intentó agredirle,  pero cuanto más gritaba ella mas sonreía el hombre con capa. Finalmente mi mujer lanzo el puño hacia la cara del hombre con capa, él lo paro, agarró a mi mujer por los hombros y la acomodo frente a él.  De entre los cabellos de mi mujer, comenzaron a salir ideas y mas ideas, todas diferentes, de diferentes formas. El hombre cubrió con su capa a mi mujer y por unos segundos la perdí de vista. El hombre retiro la capa con un gesto altivo aunque galante y mi mujer resurgió, vacía de ideas, blanca como la luna, sin conocimiento. El ladrón de ideas la lanzó a la cama, me devolvió la mirada sonriendo y se desvaneció con las nubes. Nos quedamos solos, la oscuridad y el silencio se instalaron de nuevo en nuestra vida. Abrace muy fuerte a mi mujer. Tuve miedo de despertarla. Dormí junto ella.  A la mañana siguiente, el sol nos encontró abrazados. Mi mujer despertó, me miró, sonrió y me beso. Yo nunca le explique lo sucedido.  Ahora, ya no la llamo idealista.

Marie Therese - Picasso

Marie Therese – Picasso

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