puesta de soljpgEra el tiempo de la puesta de sol, en realidad siempre era la puesta de sol. Desde que la tierra se paró, así en seco y dejó de dar vueltas sin más y se quedó ligeramente inclinada al sudoeste, con un ángulo de inclinación de más de cuarenta grados, todo el pueblo se quedó suspendido en un momento interminable que, aunque no exento de belleza, era bastante cansino. Pero, ese era el instante, cuando a Martina le encantaba salir y darse una vuelta por los acantilados.

–      ¿Dónde vas a estas horas? – le preguntaba repetitivamente su madre.

–     A ver la puesta de sol – contestaba Martina alegre.

Antes, cuando había un ciclo solar y lunar, las cosechas y la vida se organizaban entorno a él, las puestas de sol eran, sin dudarlo, uno de los prodigios más fantásticos con los que la naturaleza encandilaba a los hombres. Que si las flores nuevas, que si el cambio de ropa en los escaparates, que si la iluminación en las calles, todas esas cosas no estaban mal, pero nada que ver con observar el sol cuando se ocultaba en un guiño de color.

Aunque, desde que la tierra se paró, así sin más, el pueblo de Martina se quedó colgando en una hora imprecisa, casi en el instante exacto en el que el sol se deja de ver, en un momento permanente de un resplandor dorado y de una temperatura cálida que hacia las delicias de los ancianos cuando salían animosos a dar una vuelta por la plaza y que al resto de los habitantes dejaba completamente indiferentes.

A Martina no es que le importase demasiado eso de que la tierra de repente no girara más, ni sobre sí misma ni en su órbita solar, ella se había habituado a la intensidad de esa luz que bordeaba el límite del horizonte en permanente huida, pero sin irse nunca del todo.

–      Este pueblo ha tenido mucha suerte –repetía incansable el alcalde a cualquiera que se lo preguntase.

–      ¿Por qué, papá, por qué hemos tenido tanta suerte? – insistía Martina cada vez que escuchaba la frase en boca de su padre.

–      Pues, porque aquí, más o menos, nos las arreglamos bien, hija. –le respondía animoso el alcalde.

Martina creía a pie juntillas lo que decía su padre, razón no le faltaba. Aquí, en el pueblo, casi, casi, se podía llevar una vida normal. Se podía dormir porque la luz no era demasiado intensa, y el ayuntamiento aprovisionó a todos los vecinos de unos oscurantis de madera que se adaptaban perfectamente a los vanos de las ventanas e impedía cualquier resquicio de luz. Los habían adquirido a precio de ganga en una cualquiera de las numerosas ciudades vecinas que se habían quedado dentro de una noche perpetua. Por otro lado, el campo daba sus frutos porque habían ideado un sistema de iluminación calorífera, así que apenas necesitaban de las importaciones, pero si precisaban un producto de urgente necesidad, más propio de tierras más cálidas o frías, sólo era cuestión de solicitarlo y, en pocos momentos, llegaba procedente de países de verano o países invernales.753005-tierra-del-espacio-exterior

Lo cierto es que desde que la tierra se paró se impuso cierto orden porque, la verdad, no quedaba otra. Esta era una de las firmes conclusiones a las que había llegado Martina tras mucho recapacitar.

A ella le encantaba ir a ver las puestas de sol, antes cuando el ciclo de las horas era normal no se perdía una. Ahora continuaba tenaz su búsqueda, iba hasta la colina, se sentaba en una pequeña roca y allí, frente a un círculo solar de amarillo rabioso, soñaba con verlo esconderse tras el horizonte. A veces se demoraba más de la cuenta y entonces su padre venía a rescatarla.

– A ver Martina, que el coche de la policía municipal está para asuntos más urgentes que venir a por ti. –la regañaba con cariño el padre.

– No digas tonterías, papá. Si no me vinieras a buscar el coche se estropearía por no moverlo  –respondía risueña Martina.

Desde que la tierra se paró, muchas cosas habían cambiado algunas importantes como las fronteras y las comidas y, también otras, no tan importantes, como los peinados, los coches patrulla y los viajes. Ahora se viajaba a la noche o al día, también se podía ir al otoño o al verano, pero sobre todo, se viajaba al tiempo.

A Martina le encantaban las películas en las que se veía el tiempo, los actores sacaban pijamas cuando era de noche y trajes de baño para el verano e, incluso, abrigos si estaban en invierno. Y, lo que más le gustaba, eran las películas en las que anochecía de verdad.

–      Papá, Mamá –dijo Martina muy seria una noche- Llevo mil trescientos cincuenta  intentos de puestas de sol, y no he visto ninguna. No puedo seguir así, iré a uno de los países del anochecer, seguro que allí se esconde el trozo de sol que nos falta a nosotros.

–      No digas tonterías, hija –dijo el alcalde con su voz de padre-. Si el sol cae del todo viviremos en la noche y, entonces, despídete de los colores y de esta temperatura de bonanza.

Martina escuchó muy atenta las palabras de su padre, quizás tuviera razón. Pero, también, era muy posible que en algún punto exacto la tierra presentara una puesta de sol completa y no a medio terminar como la suya.

chica con mochilaConfiada en esa posibilidad cogió su mochila y se dirigió rápida al pueblo que quedaba más al sur, a medida que llegaba la luz se debilitaba y apenas se veía nada. Ni rastro del sol, ni de su puesta, sólo había gente tumbada en las calles que dormitaba a todas horas, con la piel blanquecina y los ojos hinchados. Martina sintió el miedo del desarraigo y, presa de una incertidumbre interior, decidió que lo más sensato era darse la vuelta. Aunque se despistó un poco, pero instintivamente se dejó guiar por un tenue resplandor azul que emanaba a lo lejos desde la colina de su pueblo.

–      Vamos sube, sube al coche –le dijo su padre-. He venido a buscarte antes de que te pierdas. Con la tierra parada, Martina, no se puede ir de un lado para otro como si tal cosa ¿comprendes?

A partir de esa escapada Martina terminó por claudicar, no más salidas en busca de una puesta de sol incierta que tenía todos los visos de que nunca jamás fuera a producirse, no más esperas de mañana ni de noche. Entonces, por primera vez, Martina, experimentó la tristeza, no pudo evitarlo y contrajo la enfermedad de la sequedad profunda que corroe el alma y debilita por dentro.

–      ¿No quieres salir a ver la puesta de sol, Martina? –le preguntaba dulce su madre.

–      Déjalo, mamá. Ya no hay puestas de sol –contestaba apagada Martina.

Pero, una de las veces  tanto insistió su padre que la convenció, Martina se acercó desanimada al cerro y se sentó sobre la misma roca. Miró aburrida al horizonte y, entonces, ocurrió: el sol poco a poco desapareció. Martina no se lo podía creer y, durante un rato, experimentó el asombro de un milagro que a partir de esa vez se hizo cotidiano.

El alcalde, padre de recursos,  había emitido un bando, acordado por unanimidad, con la orden explícita y tajante de que en un tiempo preciso, cada día, un vecino del pueblo aparcase el coche patrulla en la línea justa para ocultar el sol. Las puestas de sol, ahora que la tierra estaba parada, eran una cuestión municipal. Él, que para eso era el alcalde, las pondría periódicamente en movimiento, emplearía todos los recursos a su alcance. Aunque, para ello, tuviese que recurrir a los fondos municipales y hacer, una vez más, uso del viejo coche patrulla de la policía local.cochees

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