Relato Breve escrito por : Merche Postigo

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   A cenar...

Pensé que invitarlo a cenar sería la mejor manera de demostrarle mis sentimientos. Maldita la hora en que tuve esa idea. Lo cierto es que me atrae mucho, es el hombre que toda mujer querría tener como marido. Es bueno, en general alegre, simpático, amable y todas esas cosas que se dicen en las encuestas del Cosmopolitan. Pero su condición de normal me lleva a pensar que le gustarán las cosas normales. Me pregunto si yo entraré dentro de ese capítulo. No sé si cumplo ese absurdo papel que te toca jugar si eres mujer, ya sabes, cocinar, alimentar a la bestia y a sus vástagos, limpiar y organizar la casa. Nunca me he planteado aprender esas cosas. Pero ahora lo he invitado a cenar y me encuentro ante la disyuntiva de que tengo que preparar el menú para ganarme su afecto. Qué situación más absurda.

    No puedo dejar de pensar en la cena. Esta idea me molesta tanto como una botella de butano en el cuarto piso. De vez en cuando intento centrar mis ideas en el menú, para disipar mis dudas sobre la cena y así concentrándome en otro asunto, eliminar el miedo, que digo miedo, el pánico que me produce la idea de verlo sentado en el salón, mirando con asombro una mesa vacía, con el mantel bien estirado, a eso si que llego, creo que tengo uno. ¿Cómo se comportara?

    Torturarme es bastante patético, al fin y al cabo no se acaba el mundo con esta cena. O ¿quizás si? Tengo un presentimiento. Esta mañana, antes de despertarme y poco después de haberme quedado dormida, he tenido un sueño, que aún se mantiene. Era un pollo asado, muy adornado con patatas y zanahorias, pero nadie me comía y así pasaba mucho tiempo, encima de la mesa, hasta que los gusanos de la carne comenzaban a comerme, al menos esos y me desperté.

     No es que el menú de la cena me asuste, tengo algún libro de cocina fácil que me ayudará en mi tarea de ama de casa ejemplar. También puedo pedir auxilio a la jauría de amigas que ya han cumplido con su misión de conquistar a los hombres con el menú. Seguro que Venecia, me sabría decir cómo preparar un “pastel de calabaza a la parmesana”. Ella siempre lo hace todo con amor, con mucho amor, es tan dulce que sus comidas saben a azúcar. A sus postres les damos siempre un cum laude. Buena idea, le preguntaré a ella como hacer el postre. Un buen “tiramisu”, seguro que le gusta y consigo mis fines de atraparlo. Qué bonito será cuando por fin compartamos casa, vivamos juntos y podamos decidir todo conjuntamente. Salir a cenar a buenos restaurantes o incluso quedarnos en casa. Y ¿si no le gusta salir a cenar fuera y yo tengo que seguir cocinando todas las noches? Esto me angustia, pero no tanto como la idea de despertarme un domingo con él abrazado a mí y escucharle decir, ¿qué hacemos hoy cariño? Como si la máquina de las ideas fuera una patente mía. ¡Pues no!, decide tu qué es lo que quieres hacer el maldito domingo. Encima la odiosa comida del domingo hay que compartirla con su madre, como es viuda, se ha instalado en casa los fines de semana. Pero ella no cocina, ¡faltaría más!, eso lo hace la chacha. ¿Pero qué chacha? Con la porquería de sueldo que su hijo aporta, no nos llega ni para un buen bacalao. Me estoy volviendo loca y aún no he preparado la cena.

     Quizás lo más sencillo será preparar una ensalada, solo lechuga, sin complementos. De segundo, un pollo asado, a ver si ocurre lo de mi sueño y me deja sin darme ni un bocado. Siempre podré buscar otro, quien sabe, otro hombre, que le guste cocinar o que prefiera comer en restaurantes. Pero ¿como me aseguro de que no aparecerá el problema del domingo?. Y si este se despierta y después de tomar una ducha, deja el baño como una sauna finlandesa, me arroja la toalla a la cara para que me despierte yo, y me pregunta ¿Qué hacemos hoy cariño?

     Tanto argumento disyuntivo me está poniendo la cabeza como una bomba. ¡También podría no venir! Sería una grosería por su parte, que pensarán mis amigas las lobas. Que insolencia!, no se lo perdonaría nunca, no podría casarme con alguien que no cumple con sus promesas.. ¡También podría no venir! Sería una grosería por su parte, que pensarán mis amigas las lobas. Que insolencia!, no se lo perdonaría nunca, no podría casarme con alguien que no cumple con sus promesas.

     Bueno, si viene como si no viene cenaré.

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