Relato Breve escrito por : Mary Carmen

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El hombre y su sombreYo nunca he sido valiente en el sentido estricto del término más bien acojonadillo y algo calzonazos. Esto es así, una verdad comprobable empíricamente, por eso me pasó lo que me pasó. Vaya no es que se necesitara un alarde de valor, no, tampoco. Simplemente algo de arrojo, pero claro yo de eso nunca he tenido, y eso a pesar de contar con el don.

-Las personas, hijo, no pueden estar en dos sitios a la vez. Eso es imposible -me decía desde pequeño mi madre cada vez que la intentaba convencer de que aunque había ido al colegio, también había tenido la feliz oportunidad de quedarme al mismo tiempo jugando en el parque.

– Ese es un problema de relativismo, la relatividad, señor Gómez, la relatividad -insistía, malhumorado, el profesor de física al que más de una vez abordé con la extraña cuestión.

Con mis amigos, en la adolescencia y en la juventud,  preferí mantener el secreto porque ya intuía yo, desde una temprana edad, que aquello muy normal no es que fuera y, probablemente, tampoco sería nada saludable. Y es que, en el fondo, pese a las ventajas que a primera vista parece tener, todo se acaba complicando.

DesdoblamientoEl inicio en esto del desdoblamiento fue sencillo, mientras yo estaba en clase mi sombra se quedaba en los columpios, mientras yo dormía la siesta mi sombra se daba un garbeo por el pueblo, mientras yo estudiaba y hacía los deberes mi sombra se iba a los entrenamientos de fútbol. Existía un acuerdo tácito entre los dos, yo siempre me quedaba en las actividades más aburridas, aquellas en las que, para mi tristeza, era inexcusable mi ausencia y ella se dedicaba a los aspectos más lúdicos donde, desde luego, pasaba más desapercibida.

Pero pese a esto de estar doblado, con mi sombra dando vueltas de acá para allá toda mi vida, mi mente es una. De esto no me cabe ninguna duda. Aunque, cada vez, estoy menos seguro de lo que he vivido realmente y de lo que solo he oído desde el silencio de mi sombra.

Me he acostumbrado a esto de estar en varios lugares al mismo tiempo, pero, lo cierto es que, ahora, de adulto, esto de que mi sombra se independice, sólo me causa problemas.

Ya se sabe que las complicaciones vienen siempre de pronto, sin que te lo esperes y así me pasó el martes. No, ahora que lo pienso mejor, debió ser el jueves de la semana pasada o, quizás, de la anterior. Lo digo porque a mí es la primera vez que me ocurre algo un jueves. Era ya casi de noche, llamaron al timbre con insistencia y abrí.

– Hola tío, perdona que me inmiscuya ¿se dice así? en tu vida, pero necesito a alguien como tú.

Noelia, la vecina del piso de arriba, entró atropelladamente en mi casa y sin mediar palabra se sentó en el sofá.

–     Te necesito. Los vecinos están para eso ¿no? Pues ya está… Es que verás para mañana tengo que hacer un esbozo, un dibujo…

–     ¿Un dibujo? –pregunté.

–     Sí, “naturaleza al natural” según el pelmazo de artístico, de dibujo artístico quiero decir. Bueno tío, tú te desnudas diez, quince minutos como mucho, yo te pinto y ya está.

CaballeteSe levantó rápida y dijo que volvería enseguida, que sólo era cuestión de traer el caballete, el lienzo y el carboncillo. Ahí me quedé, solo y desconcertado, y en ese momento no supe muy bien qué hacer y me vine abajo. Cómo un pobre piltrafilla como yo iba a posar para semejante tía, si yo no tenía ni pectorales, ni músculos, ni nada de nada. En ese estado de nerviosismo y agitación tardé un poco en darme cuenta de que me había olvidado de lo más importante, cómo me iba a dibujar sin sombra.

Corrí como un desaforado por la casa, busqué debajo de la cama, del sofá y en el armario. Pero estaba claro, sólo me encontraba yo, ni rastro de ella. Cerré los ojos y me concentré. Tras unos segundos de intensa búsqueda, por fin la localicé. Allí estaba, en la sección de deportes de unos grandes almacenes, comparando tranquilamente los precios de las raquetas de padel: 175 eruos o 235 porque son de material recauchutado.

El timbre. De nuevo abrí, Noelia puso todos sus bártulos en el comedor, apagó la luz y me dejó al lado de la ventana.

– Ahí estarás bien, la luz de la farola de la calle, ilumina tus contornos…- su voz sonaba profesional-. Bien, desnúdate –ordenó.

Pero allí, frente a la vecina con la que apenas había cruzado dos o tres palabras en el ascensor y con la que soñaba todas las noches, me acojoné.

–     A ver, Noelia, ¡qué no!, ¡qué no!, Que yo no me desnudo así como así, ni delante de ti, ¡ni de nadie!

La risa de Noelia no me ayudaba lo más mínimo. Absolutamente descolocado, en un arranque de coraje sin precedentes, la empujé sin contemplaciones hacia la puerta. Sí, ya lo he dicho, soy un cobarde.

A la tarde siguiente, armado de todo el valor del que fui capaz, que en realidad no era mucho, subí hasta el ático para disculparme. Llamé, aunque la puerta estaba abierta. Noelia pintaba, al desnudo, al vecino del tercero izquierda.

– En una pintura, son tan importantes las luces como las sombras…-le dijo, mientras terminaba a carboncillo, un contorno oscuro que no guardaba ninguna conexión con la sombra que proyectaba aquel cuerpo.

Cuando me percaté de lo que ocurría me quedé estupefacto y sin poder reaccionar. En realidad, lo que representaba aquella mancha oscura, de manera exacta y sin ningún género de duda, era mi enclenque figura.sombras

Mi sombra, burlona, me sonrió desde la esquina en la que posaba para el cuadro de Noelia. Más enfadado conmigo mismo de lo que podía soportar di la vuelta, cerré de un portazo y abandoné sin más contemplaciones a mi sombra, a Noelia y al vecino del tercero, que seguía inamovible y en pelota.

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