_

que_no_se_entere_mi_madre

Mi madre es una mujer extraordinaria. Fuerte, decidida, segura de sí misma, tirada hacia delante, como dice mí hermano. Siempre dispuesta a dar su opinión, se la preguntes o no. Diría que era, ¡pero qué digo!, aún hoy, es una mujer a la que nadie le lleva la contraria. Imposible conseguir que admita que no tiene razón. Sus dichos favoritos son “! ya te lo dije!”, o “!no se te puede decir nada!”. Con eso desarma al más temible de los contrincantes.

Ayer le dije que había comenzado por fin una dieta. Muy cariñosamente me contestó “¿para qué haces cosas inútiles?”. Asombrada, le respondí que había sido ella la que insinuó, días atrás, que pusiera remedio a mi continuada subida de peso. Me miró a la cara, ella nunca te mira a los ojos, y con un airado movimiento de cabeza dijo “!no se te puede decir nada!”, y así zanjó la conversación. Se malhumoró conmigo. Como si la culpa de hacer dieta fuera mía. Sentada en el sofá del salón, mirando atónita el maldito programa de televisión que ella había insinuado que tenía que ver, no daba crédito a lo que me esaba ocurriendo. “Yo solo quiero conseguir un bonito aspecto, para ganarme la aprobación de todos, incluida la de mi madre”- pensaba con angustia. Los vaqueros me estaban estrangulando el estomago y decidí quitármelos. Mientras los depositaba en el cubo de la ropa sucia, noté como la mirada de mi madre se enfocada en mi prominente barriga. “Lo sé, necesito adelgazar o comprar ropa nueva”, le dije algo enfadada, a lo que ella replico, “Ya te lo dije”

Con la ropa, mi madre también es muy especial. Aun recuerdo con estupor el día que cumplí quince años. Me regaló una visita a la boutique de moda. “tenemos que poner remedio al abuso de vaqueros que se está produciendo en tu armario” me dijo, al tiempo que arrancaba el coche. Me llevó de compras. Yo solo era una adolescente atormentada por  la fealdad de mis piernas. Eran demasiado largas y eso multiplicaba mi vergüenza por dos. A penas si salía a la calle con faldas. Sentir la mirada de los demás en mis piernas provocaba en mi un vértigo tan fuerte que incluso podía perder el conocimiento por segundos. Un día el médico de la familia tranquilizó a mi madre, “las pérdidas de conocimiento solo son consecuencia de falta de hierro”. Y aquel soleado día de mayo mi madre y yo nos apostamos delante del escaparate de su boutique favorita. En la esquina derecha de la vitrina, un maniquí, con peluca rubia, lucía una falda amarilla, tableada y corta, muy corta. Mi madre se quedo mirándola. El brillo de sus ojos y una gran sonrisa me advirtieron del peligro que estaba corriendo. Yo, quería pantalones. Le insistí una y otra vez. Al salir de la tienda, mi madre dijo “Ya te lo dije esa falda te sienta de maravilla”. Mi disgusto duró varias semanas y la falda amarilla pasó mi adolescencia dentro del armario. El trofeo de mi madre. Yo seguí vistiendo mis viejos vaqueros. Cuando cumplí dieciocho años, mi cuerpo se había transformado y yo con él. Me gustaban mis piernas. Me gustaba que ellos las miraran con deseo. Entonces decidí recuperar la falda amarilla, tableada y corta que aún pendía de una de las perchas del armario. Me encajó perfectamente, si bien ahora me quedaba aún más corta, y un día salí a pasear, sin mareos ni vértigos. Al pasar una esquina encontré a mi madre, charlando animada con el hijo de la vecina, miró las piernas con tanto deseo que me hizo sonrojar. Mi madre, sin darme tiempo a reaccionar me gritó, “¿pero dónde te crees que vas con una falda tan corta?. Perdí el sentido de la corrección y los nervios al mismo tiempo. Olvidé la presencia del hijo de la vecina y la de otros transeúntes que se habían arremolinado entorno. Grité. Quería expulsar de mí la angustia que me producía la falta de acierto en mis elecciones. Me estaba volviendo loca, no conseguía contentar a nadie. Mi madre miró al hijo de la vecina, después a mí y sin perder la calma dijo “no se te puede decir nada”.

En ocasiones me da miedo pensar en el día en que ella no este. Como haré para hacer las cosas correctamente. Mañana cumple noventa. Seguro que cuando reciba las flores, que indudablemente le enviaré por su cumpleaños, pondrá el grito en el cielo. Descolgará el teléfono y marcara mi número. Yo seré feliz por unos segundos “! Llama para darme las gracias!”. La escucharé gritarme furibunda por haber gastado dinero en algo perecedero, y eso me entristecerá tanto que apartaré el auricular del teléfono de mi cara, lo miraré atónita y recordaré con ternura cuanto me insistió para que le comprara flores en su noventa cumpleaños.

.

Relato Breve escrito por : Merche Postigo