Cathedral

Relato: Conservación 

Autor : Raymond Carver 

 (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988), escritor estadounidense de relatos breves –  creador del llamado “realismo sucio”.

Libro : Catedral

Traducción adaptada por: Merche Postigo

 

 

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El marido de Sandy se había instalado en el sofá desde hacia tres meses, cuando le despidieron. Aquel día, tres meses atrás, volvió a casa pálido y asustado con todas las cosas del trabajo en una caja. “Feliz dia de San Valentin” le dijo a Sandy y puso una caja de bombones de forma de corazón y una botella de Jim Beam en la mesa de la cocina. Se quitó la gorra y la dejó también sobre la mesa. “Oye, Hoy me han despedido. ¿Que crees tu que va a ser de nosotros ahora?”.

Sandy y su marido se sentaron a la mesa, bebieron whisky y comieron bombones. Hablaron de lo que podía hacer en lugar de poner techos en casas nuevas. Pero no se le ocurrió nada. “Algo saldrá” dijo Sandy. Quería animarle. Pero ella también estaba asustada. Finalmente, él dijo que lo consultaría con la almohada. Y lo hizo. Aquella noche se hizo la cama en el sofá, y allá fue donde dormiría todas las noches desde entonces. Al día siguiente de su despido había que ocuparse de las prestaciones del Servicio de Desempleo. Fue al centro, a la oficina del estado a rellenar papeles y buscar otro trabajo. Pero no había empleos de su tipo, ni de ningún otro tipo. Empezó a sudar mientras intentaba describir a Sandy la multitud de hombres y mujeres apilados en la oficina. Aquella noche volvió a echarse en el sofá. Empezaba a pasarse allí todo el tiempo, como si, pensaba ella, fuese lo que debía hacer ahora que ya no tenía trabajo. De cuando en cuando iba a hablar con alguien sobre una posibilidad de empleo, y cada dos semanas firmaba los papeles para recibir el subsidio de desempleo.  Pero el resto del tiempo se quedaba en el sofá. Era como si viviese allí, pensaba Sandy. Ahora vive en el cuarto de estar De vez en cuando hojeaba revistas que ella llevaba a casa de la tienda de ultramarinos; y muchas veces llegaba y le encontraba mirando el gran libro que le habían regalado a ella por inscribirse en un club del libro: algo llamado Misterios del pasado. Sostenía el libro delante de él con las dos manos, la cabeza inclinada sobre las páginas, como si estuviera inmerso en la lectura. Pero al cabo del rato ella notaba que no parecía adelantar nada en la lectura; parecía que estaba en la misma página, en alguna parte del Segundo Capitulo. Sandy lo cogió una vez y lo abrió por donde él iba. Leyó algo acerca de un hombre que había descubierto al cabo de dos mil años en una turbera en los Países Bajos. En una página venia una fotografía. El hombre tenía la frente velluda, pero en su rostro tenía una expresión serena. Llevaba un gorro de cuero y yacía de lado. Sus manos y sus pies estaban secos, pero, por lo demás, el hombre no tenía un aspecto demasiado horroroso. Leyó un poco más y luego dejó el libro en el sitio de donde lo había cogido. Su marido lo dejaba al alcance de la mano, en la mesita que había delante del sofá. ¡El puñetero sofá! Por lo que a ella se refería, no quería ni volver a sentarse en el. Ni podía imaginar que en el pasado se hubieran tumbado allí para hacer el amor.

Llevaban el periódico a casa todos los días. El lo leía desde la primera página hasta la última. Sandy veía como él lo leía todo, hasta las esquelas y la sección de las temperaturas de las ciudades más importantes, así como las noticias de economía, que hablaban de fusiones y de tasas de interés. Por la mañana se levantaba antes que ella y utilizaba el cuarto de baño. Luego encendía la televisión y hacia café. Ella le encontraba animado y alegre a esa hora del día. Pero para cuando ella se iba a trabajar, él ya se había acomodado en el sofá y la televisión ya estaba en marcha. La mayoría de las veces seguía funcionando cuando ella volvía por la tarde. El estaba sentado en el sofá o tumbado, vestido con la ropa que solía llevar al trabajo: vaqueros y camisa de franela. Pero a veces la televisión estaba apagada y el seguía sentado, con el libro en las manos.

“¿Cómo te ha ido? Decía él cuando ella se le quedaba mirándolo.
“Muy bien” decía ella. “¿Y a ti?”
“Muy bien”.

El siempre tenía una cafetera caliente para ella. En el cuarto de estar, ella se sentaba en la butaca grande mientras comentaban las incidencias de su jornada. Cogían sus tazas y bebían café, como gente normal, pensaba Sandy.

 

Sandy seguía queriéndole aunque era consciente de que las cosas estaban tomando un giro extraño. Estaba agradecida por tener trabajo, pero no sabia lo que iba a ser de ellos o de cualquier otra persona en el mundo.En el trabajo tenia una amiga a la que confió una vez lo de su marido: — lo de quedarse en el sofá todo el tiempo. Por lo que fuese, su amiga no pareció considerarlo muy raro, lo que a su vez sorprendió y deprimió a Sandy. Su amiga le contó lo de su tio de Tenessee,– cuando su tío cumplió los cuarenta, se metió en la cama y no se levantó mas. Y lloraba mucho –lloraba al menos una vez al día. Le dijo a Sandy que tenia la impresión de que su tío temía hacerse viejo.Suponía que tal vez su tío tuviese miedo de un ataque al corazón o algo así. Pero aquel hombre ya tenia sesenta y tres y seguía respirando. Cuando Sandy oyó eso, se quedo de una pieza. Si aquella mujer decía la verdad, pensó, el hombre había estado en cama veintitrés años. El marido de Sandy solo tenia treinta y uno. Treinta y uno y veintitrés suman cincuenta y cuatro. Eso la ponía a ella también sus cincuenta. ¡Dios mio!. Nadie puede pasarse en cama o en un sofá todo lo que le queda de vida. Si su marido estuviese mutilado o enfermo, o hubiese resultado herido en un accidente de coche, seria diferente.Eso podía entenderlo. Si se tratase de algo así, sabia que podía soportarlo. Entonces, si el tuviera que vivir en el sofá y ella tuviera que darle allí la comida, tal vez hasta llevarle la cuchara a la boca,–  eso habría tenido cierto encanto. Pero que su marido, un hombre joven y ademas sano, se aficionara al sofá de aquel modo y no quisiera levantarse salvo para ir al cuarto de baño o encender la televisión por la mañana o apagarla por la noche, eso era diferente. Le daba vergüenza, y excepto por aquella vez, no habló de ello con nadie. No le dijo nada mas al respecto a su amiga, cuyo tío se había metido en la cama hacia veintitrés años y aun seguía allí, por lo que Sandy sabia.

 

Un día, ella regresó a casa del trabajo a ultima hora de la tarde, estacionó el coche y entró en la casa. Pudo escuchar que la televisión estaba en marcha en el cuarto de estar, dado que ella se había instalado en la puerta de la cocina. La cafetera estaba en el fogón a fuego lento. Desde donde estaba, con el bolso en la mano, podía ver el cuarto de estar, el respaldo del sofá y la pantalla de la televisión. Por la pantalla se movían siluetas. Los pies descalzos de su marido sobresalían por un extremo del sofá. Por el otro, apoyada en un cojín atravesado en el brazo del sofá, vio la coronilla de su cabeza. No se movía. Podía estar o no dormido, y podía no haberla oído entrar. Pero decidió que daba lo mismo, de todos modos. Dejó el bolso en la mesa y fue al frigorífico a coger un yogur. Pero al abrir la puerta, le vino un tufo caliente y con olor a cerrado. No podia creer el desbarajuste que había dentro. El helado que había en el congelador se había derretido y había caído sobre las porciones de pescado y la ensalada de col. El helado se había colado en la fuente del arroz y formaba un charco en la parte inferior de la nevera. Había crema de helado por todas partes. Abrió la puerta del congelador. Sintió una bocanada de un olor asqueroso que le dio arcadas. El helado cubría la base del compartimiento y se adensaba en torno a un paquete de kilo de hamburguesas. Presionó el envoltorio de celofán que cubría la carne, y el dedo se le hundió en el paquete. Las chuletas de cerdo también se habían descongelado. Todo estaba descongelado, incluyendo otras porciones de pescado, un paquete de carne para asar y dos comidas chinas de Chef Sammy. Igual que las salchichas y la salsa casera de espagueti. Cerró la puerta del congelador y sacó de la nevera el cartón de yogur. Levantó la tapa y lo olió. Entonces fue cuando gritó a su marido.

 

“¿Qué pasa?” preguntó él incorporándose y mirando por encima del respaldo del sofá. ´”!Eh!, ¿Algo va mal?” Pasándose la mano por el pelo un par de veces. Ella no estaba segura de si él habia estado durmiendo todo el tiempo o que. “Este puñetero frigorifico se ha roto” dijo Sandy “ Eso es lo que pasa.”

Su marido se levantó del sofá y bajó el volumen de la televisión. Luego la apagó y se dirigió a la cocina. “Déjame verlo” Dijo.” Oye, es increíble” 

“’Míralo tu mismo” dijo ella.”Todo se va a echar a perder”

Su marido miró en el interior de la nevera y en su rostro apareció una expresión muy grave. Luego husmeó en el congelador y vio como estaban las cosas.

“Dime ¿que vamos a hacer? Preguntó él.

De pronto, montones de cosas le pasaron a Sandy por la cabeza, pero no dijo nada.

“!Maldita sea!” Dijo el, “Las desgracias nunca vienen solas. Mira, esta nevera no puede tener mas de diez año. Estaba casi nueva cuando la compramos. Mis padres tuvieron un frigorífico que les duro veinticinco años. Se lo regalaron a mi hermano cuando se casó. Funcionaba muy bien. Pero, ¿qué es lo que pasa?” Se puso a mirar por el estrecho espacio que había entre la nevera y la pared. “No lo entiendo,“dijo, moviendo la cabeza. “Está enchufado.!” Entonces agarró el frigorífico y lo movió de atrás a adelante. Apoyó el hombro contra el y lo retiro unos centímetros. Dentro, algo se cayó de un estante y se rompió.  “¡Mierda!” exclamó el.

Sandy se dio cuenta de que seguía sosteniendo el yogur. Fue al cubo de la basura, levantó la tapa y lo tiró. “Tendré que  cocinar todo esta noche” dijo. Se imaginó ante el fogón, friendo la carne, poniendo las cosas en la sartén y en el horno. “Necesitamos una nevera nueva” Dijo.

 

El no contesto. Echó de nuevo una mirada al congelador y movió la cabeza de delante a atras.

Ella pasó por delante de él y comenzó a coger cosas de las estanterías y a ponerlas sobre la mesa. Él la ayudó. Él sacó la carne del congelador y puso los paquetes encima de la mesa. Luego sacó lo demás y lo puso también sobre la mesa, en otro sitio. Después de quitarlo todo, cogió toallas de papel y la esponja de fregar los platos y empezó a limpiar el interior de la nevera. 

“Nos hemos quedado sin freón” dijo, dejando de limpiar “Eso es lo que ha pasado. Ha habido un escape de freón. Ha ocurrido algo y el freón se ha salido. Ya lo he visto alguna vez en neveras de otra gente”.  Ahora estaba tranquilo. Empezó a limpiar otra vez. “Es el freón,” dijo.

Ella dejó lo que estaba haciendo y lo miro “’Necesitamos otra nevera” dijo.

“’Ya lo has dicho. Pero, ¿de donde vamos a sacarla? La neveras no crecen en los arboles”.

“Tenemos que conseguir una.” Dijo ella “¿Es que no necesitamos un frigorífico? A lo mejor no. Quizás podemos poner los artículos perecederos en la ventana, como siguen haciendo en las ciudades dormitorio. O si no, podríamos comprar una de esas neveras portátiles y comprar hielo todos los días. Puso una lechuga y unos tomates sobre la mesa, junto a los paquetes de carne. Luego se sentó en un taburete y se llevó las manos a la cabeza.

“Vale, vamos a comprar otra nevera,” afirmó su marido. “Pues claro. Nos hace falta una, ¿no? No podemos estar sin frigorífico. Pero la cuestión es ¿donde podemos conseguirlo y cuanto podemos pagar pagar por el?. Debe haber millones de aparatos usados en los anuncios de prensa. Espera, vamos a ver que hay en el periódico. Soy un especialista en anuncios.” Dijo el.

Ella se quitó las manos de la cara y le miró.

“Sandy, encontraremos una buena nevera de ocasión en el periódico” prosiguió su marido. “La mayoría están hechas para durar toda la vida. Esta nuestra, por Dios que no se lo que le ha pasado. Es la segunda vez en la vida que veo un frigorífico irse a la mierda por las buenas.” Volvió la mirada hacia el frigorífico de nuevo, “ Por dios que mala suerte” dijo.

“Trae el periódico aquí.” Dijo ella “ Veamos que hay.”

“No te preocupes.” Dijo el. Se levanto de la mesa del café, Rebuscó en el montón de periódicos y volvió a la cocina con la sección de clasificados. Ella apartó a un lado los alimentos para que él pudiera extender las paginas. Él cogió una de las sillas.

Ella miró al periódico y después a la comida descongelada. “Tengo que freír las chuletas de cerdo esta noche “ dijo ella. “Y cocinar las hamburguesas. Y también los filetes y las barritas de pescado. Sin olvidar la comida china. “

“Esa mierda del freón,” dijo él.”Apesta”

Empezaron a leer los anuncios por palabras. El pasaba con el dedo de una columna a otra. Pasó rápidamente por la sección de OFERTAS DE EMPLEO. Ella vio marcas junto a un par de ofertas, pero no miro para ver lo que él estaba señalando. Eso no tenía importancia. Había una columna titulada MATERIAL DE ACAMPADA. Entonces lo encontraron: ELECTRODOMÉSTICOS NUEVOS Y USADOS.

“Aquí,” dijo ella, poniendo el dedo en el periódico.

Movió el dedo. “Déjame ver” Dijo el.

Ella volvió a poner el dedo donde estaba antes. “Frigoríficos, Hornillos, Lavadoras, Secadoras, etc.” dijo ella, leyendo los encabezamientos de los periódicos. “Subasta publica ¿Qué es eso? Subasta Publica”. Ella siguió leyendo. “Electrodomésticos a escoger, nuevos y usados, todos los jueves por la noche.Subasta a las siete en punto.”. Dijo ella. “La subasta es esta noche. Y ese sitio no queda muy lejos. Está en la calle Pine. He debido pasar por allá centenares de veces. Y tu también. Ya sabes donde es. Al lado de Baskin-Robins.”

Su marido no dijo nada. Se quedó mirando fijamente el anuncio. Alzó la mano y se cogío el labio inferior con dos dedos. “Subasta publica,” repitió.

Ella se quedó mirándolo. “Vamos ¿Qué dices? Te vendría bien salir, y a lo mejor encontramos una nevera. Mataremos dos pájaros de un tiro,” dijo ella.

“’En la vida he ido a una subasta.” Dijo el”Y me parece que ahora no tengo ganas de ir a una.”

“Venga!” dijo Sandy. “¿Qué te pasa?. Es divertido. Hace años que no voy a ninguna, desde que era niña. Acostumbraba a ir con mi padre.” De pronto ella sintió grandes deseos de acudir a la subasta.

“Tu padre.” Dijo el.

“Si, mi padre” ella miró a su marido, esperando que dijera algo mas. Era lo mínimo que podía hacer. Pero no dijo nada.

“Las subastas son divertidas,” insistió ella

“Quizás lo son, pero no quiero ir

“También necesito una lampara para la mesilla de noche” continuo diciendo ella. “Deben de tener.lamparas de noche”

“Mira, necesitamos muchas cosas. Pero yo no tengo trabajo, ¿Recuerdas?”

“Yo voy a ir a la subasta” dijo ella. “Tanto si vienes como si no. Pero harías bien en venir. Pero me da igual. Por si quieres saberlo, me tiene sin cuidado. Pero yo voy a ir.”

“Te acompañaré.¿Quien ha dicho que no iré?” La miró y luego apartó la vista. Cogió el periódico y leyó de nuevo el anuncio.”No sé nada de subastas. Pero hay que probarlo todo. De todas formas ¿Sabes de alguien como nosotros que haya ido a una subasta a comprar una nevera?

“A nadie” dijo ella “Pero lo haremos de todos modos.”

“’De acuerdo.” Dijo el

“’Bueno” dijo ella “Pero solo si te apetece ir de verdad”

El asintió con la cabeza.

 

Ella dijo, “Será mejor que empiece a guisar. Freiré ahora las chuletas de cerdo y cenaremos. Lo demás puede esperar. Cocinaré el resto mas tarde. Al volver de la subasta. Pero hay que darse prisa. El periódico dice que es a las siete en punto.”

“A las siete en punto” dijo el, Se levantó de la mesa y se dirigió al cuarto de estar, donde se puso a mirar un momento por la ventana. Un coche pasó por la calle. Se llevó los dedos al labio. Ella le vio sentarse en el sofá y coger el libro. Lo abrió por el sitio habitual. Pero en seguida lo dejó y se tumbó. Le vio reposar la cabeza en el cojín colocado en el brazo del sofá. Se lo ajustó debajo de la cabeza y se puso las manos en la nuca. Luego se quedó quieto. Poco después le vio poner los brazos a los costados.

Sandy dobló el periódico. Se levantó y fué al cuarto de estar sin hacer ruido. Miró por encima del respaldo del sofá. Tenía los ojos cerrados. Su pecho apenas se movía al respirar. Volvió a la cocina y puso una sartén en el fogón. Lo encendió y puso aceite en la sartén. Empezó a freír las chuletas de cerdo. Había ido a subastas con su padre. Casi todas eran de animales de granja. Creía recordar que su padre siempre intentaba vender o comprar una ternera. A veces, se subastaba maquinaria agrícola o artículos domésticos. Pero sobre todo eran de ganado. Después, cuando su padre y su madre se divorciaron y ella se fue a vivir con su madre, su padre le escribió diciéndole que echaba de menos su compañía en las subastas. En la ultima carta que le envió, cuando ella era adulta y vivía con su marido, le dijo que había comprado una preciosidad de coche en una subasta por doscientos dolares. Si ella hubiera estado allá, le decía, habría comprado uno para ella. Tres semanas después, por una llamada de teléfono que recibió en plena noche, se entero de que había muerto. El coche que había comprado tenia un escape de monoxido de carbono que se filtró por el suelo y que le causó un desmayo cuando estaba al volante. Vivía en el campo. El motor siguió funcionando hasta que se acabó la gasolina. Permaneció varios días en el coche hasta que alguien le encontró.

Empezaba a salir humo de la sartén. Puso mas aceite y conectó el extractor. Hacia veinte años que no iba a una subasta, y ahora se disponía a ir a una, aquella misma noche. Pero antes tenia que freír la carne. Era mala suerte que se les hubiera estropeado el frigorífico, pero se sorprendió al ver que estaba impaciente por acudir a la subasta. Empezó a echar de menos a su padre. Y tambien a su madre, aunque los dos solian discutir todo el tiempo antes de que ella conociese a su marido y se casara. De pie ante el fuego, dio vuelta a las chuletas y sintio la falta de su padre y de su madre.

Seguia echandolos de menos, cogió un paño y quitó la sartén del fuego. El extractor aspiraba el humo que subía del fogón. Sin dejar la sartén se acercó a la puerta y miró al cuarto de estar. La sartén seguía humeante y gotas de aceite y grasa saltaban por encima delos bordes mientras ella la sujetaba. En la penumbra de la habitación, apenas distinguía la cabeza de su marido y sus pies descalzos.”venga, ven a qui” dijo ella. “Ya está listo.”

“muy bien” dijo el.

Vio asomar la cabeza de él por encima del brazo del sofá. Volvió a poner la sartén en el fogón y giró hacia el armario. Cogio dos platos y los coloco en el mostrador. Con la espumadera sacó una chuleta y la puso en un plato. No parecía carne. Era como un omóplato corroído, o una pala de cavar. Pero ella sabia que era una chuleta de cerdo, y sacó la otra de la sartén y la puso en el otro plato. 

Al cabo de un momento su marido apareció en la cocina. Miró una vez mas a la nevera, con las puertas abiertas. Y luego se fijó en las chuletas de cerdo. Abrió la boca pero no dijo nada. Ella esperó a que dijera algo, cualquier cosa, pero siguió callado. Puso sal y pimienta encima de la mesa y le dijo que se sentara.

“Siéntate.” Le dijo ella y le dio un plato en el que yacían los restos de una chuleta de cerdo. Quiero que te lo comas.” Dijo ella. El cogió el plato. Pero se quedó de pie, mirándolo. Entonces, ella se volvió para coger su plato.

Sandy retiró el periódico y colocó los alimentos descongelados en el otro extremo de la mesa. “Siéntate,” Le repitió a su marido. de nuevo. Él se pasó el plato de una mano a la otra. Pero permaneció de pie. Fue entonces cuando ella vio los charquitos de agua sobre la mesa. También lo oyó. caía agua de la mesa al suelo de linóleo. 

 

Miró hacia abajo, hacia los pies descalzos de su marido. Se detuvo en aquellos pies junto a al charco de agua. Sabía que en la vida volvería a ver algo tan raro. Pero no sabía que hacer por el momento. Pensó que lo mejor sería pintarse un poco los labios, coger el abrigo y marcharse a la subasta. Pero no podía apartar la vista de los pies de su marido. Dejó el plato en la mesa y se quedó mirando hasta que los pies salieron de la cocina y volvieron al cuarto de estar.

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