Relato Breve escrito por:  Merche Postigo

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Salvador Dali-Ballerina in a DeathsHead-1939

Ha pasado un año y de aquel verano no recuerdo nada en especial. La perspectiva de tener que pasar el verano con Marga y Octavio me puso nervioso. No los conocía mucho, pero de algún modo me sentía incómodo en su presencia. Marga, (menuda y coqueta) y Octavio (su marido, un bravucón enorme), eran la única familia de mi mujer. Los tres habían compartido fiestas y juergas en la universidad, hasta que ocurrió el sombrío incidente. Yo, llegué a la vida de Silvia dos años después del incidente, cuando me destinaron como guarda forestal a un pequeño emplazamiento del norte de la región. Silvia se había refugiado en ese recóndito paraje. Iniciamos una amistad que se transformó en matrimonio pocos meses después. Ella nunca me hablaba del incidente y aun hoy sigue sin hacerlo. Yo la quiero y respeto sus silencios.

Habían pasado dos años desde el sombrío incidente cuando Octavio y Marga aparecieron en nuestras vidas. Una casualidad. La madre de mi mujer había muerto y Marga buscó a su hermana para compartir las pocas pertenencias que habían heredado. Me parecieron interesantes. Marga llevaba un vestido ajustado y se movía con garbo, siempre mariposeando con Octavio que tenía un sorprendente tatuaje en el antebrazo derecho. Cenamos en el pequeño y vacío restaurante del único albergue de la zona. Octavio no paró de contar historias de la universidad. Estoy seguro que las hacía más interesantes de lo que realmente habían sido. Mi mujer demostró desde el primer momento un absoluto menosprecio por el reencuentro. La voz de Octavio provocaba en ella tal resentimiento, que inflamaba el ambiente. Era evidente que las heridas aún no estaban cerradas

– Cuéntame, ¿cómo es ese trabajo tuyo? – Preguntó Octavio de improviso, al tiempo que rellenaba las copas de vino.

–  Es muy fácil, solo tengo que mirar al horizonte.

 – ¿Suele haber muchos incendios en verano?

– Lo normal son los conatos. Nunca llegamos más allá de eso.

-¿Puedo ir contigo a echar un vistazo?-

Me quedé mudo, no sabía que decirle. Mi mujer me devolvió una mirada iracunda, y negó con la cabeza.

– Esto, bueno.. – dude unos segundos y propuse un brindis por el reencuentro.

Al despedirnos Octavio nos sorprendió con una inesperada proposición. “¿Por qué no pasamos las vacaciones de verano juntos?”. Mi mujer dio un respingo y adopto una mueca de odio indiscutible. Pero yo no quería ser descortés – en realidad no me caían mal, parecían simpáticos – y acepté su oferta. Los días siguientes a la cena Silvia apenas me dirigió la palabra.

Llegó el verano, y con él los campos se habían puesto verdes y los pinos luminosos. El bosque estaba listo para recibir visitas. Me puse nervioso ante la idea de compartir nuestra casa con Octavio y Marga, comenzaba a tener dudas sobre lo acertado de la idea. No me importaba soportar los chistes socarrones de Octavio, ni los contoneos de Marga, pero la idea de ver el resentimiento instalado en la mirada de Silvia todo el verano me daba pánico.

Mientras colocábamos los equipajes en el altillo de la casa, Octavio me recordó mi inexistente promesa de permitirle visitar la torreta de vigilancia. Esta vez, sin Marga delante, no puse escusas y a la mañana siguiente salimos en el jeep hacia al bosque. Era temprano, apenas el sol había comenzado a despuntar en el horizonte. Me extrañó ver bandadas de águilas surcando el cielo. Abrí la ventanilla del jeep y miré hacia las copas de los pinos, todo parecía en orden. Al llegar a la torreta, el sol empezó a calentar. Octavio tuvo alguna dificultad para ascender por las escaleras de madera y no faltó el chiste sobre lo conveniente de los ascensores. Ante mi falta de aprecio por su humor, se sentó a descansar. Al instante un grupo de buitres pasó por encima de nuestras cabezas. Me resultó insólito y comencé a observar el horizonte con detalle. En el extremo Nord-este del bosque, pude ver un pequeño conato de incendio. Seguí el protocolo, di la señal de alarma y me instalé en posición de espera de instrucciones. El conato se transformó en incendio muy rápido. Llegaron aviones a cargar agua en el pantano y la arrojaron sobre las llamas. Todo fue muy violento.

Un pánico irracional invadió al grandullón de Octavio. Intenté sosegarlo, pero Octavio estaba tan encendido como el bosque. Su alarmante demostración de miedo me preocupó. Y su insistencia en abandonar el puesto de vigía de forma inmediata, me irritó tanto que deseé no haberlo traído. A pesar de mis consejos y advertencias, Octavio decidió abandonar la torreta. Le señalé el camino a seguir. Lo hice con claridad, estoy seguro. No pude hacer nada más. El jeep tomó el camino equivocado y en el cruce giró a la derecha. El humo y las llamas ahogaron mis gritos.

Cuando Marga y Sylvia llegaron al bosque. El incendio ya estaba totalmente controlado. El jeep, con el cuerpo de Octavio, había aparecido como un fantasma de entre los rescoldos. Los bomberos no nos dejaron acercarnos. Marga empezó a emitir alaridos. Se arrodilló en el suelo y comenzó a levantar las manos hacia el cielo, dejándolas caer con fuerza un instante después. Ya no formaran parte de su cuerpo. Mi mujer la dejo llorar sola su pena. Hubiera jurado que la mueca que había en la cara de Sylvia era una sonrisa de no ser por sus ojos llorosos. La rodeé con mis brazos para consolarla. Su hermana subió a la ambulancia y la vimos alejarse lentamente. Sin dejar de abrazar a Sylvia, le pregunté “¿Estás bien cariño? – Ella contesto mirándome “Si, ahora sí”  Aun nos mantuvimos abrazados por un tiempo.

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