Viento del Oeste

Me dijo que vendría hoy. No ha venido muy a menudo, de hecho solo ha venido una vez. Pero hoy me pillará escribiendo. Tengo el escritorio limpio, sin papeles viejos, con el ordenador encendido, listo para escupir palabras. Nada más llegar me pondré a escribir. Esta noche voy a escribir el cuento que me hará famoso. Escribo de noche. El sol tiene la capacidad de engañar. La noche no engaña. De noche todo es blanco o negro, o mejor aún, gris o negro, sin excentricidades, como a mí me gusta. Lo tengo todo preparado. Hoy el viento es del oeste, limpio y fresco. He blanqueado el escritorio. He tirado a la papelera los folios negros, llenos de cuentos viejos. En la impresora, hoy solo hay papel nuevo, blanco, como un vestido de niña, limpio, sin usar.

Las musas aparecen siempre cuando no las esperas, de noche. Son como murciélagos que planean por los balcones de las casas y se cuelan por el que está abierto. Aquí entró una vez. Yo estaba durmiendo, pero no la vi. Había viento del sur, de ese que no se ve pero se siente en la cabeza. El balcón estaba abierto y entró sin llamar. ¿Cómo sabe un escritor si tiene delante a la inspiración buena o a la mala? Pues lo sabe. Si eres escritor lo sabes. Solo que la inspiración cuando viene, no sabe si al que encuentra es escritor o no. A mí no me despertó aquel día. Si volviera y me despertara, entonces sí que lo haría, esta segunda vez sí. La primera no estaba listo. No la reconocí. La que vino con el viento del sur era negra, ciega y estaba borracha. Se tropezaba con todo.

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La noche que hubo viento del sur, estábamos todos durmiendo. Con las puertas cerradas y el balcón abierto. Si el balcón lo cierras, ya no viene. O sí viene, no entra. Y entonces te la pierdes, como la merienda de mi abuela, cuando llegabas tarde. ¡Era tan dulce aquel chocolate recién hecho!. Si lo pillabas en su punto era como chupar alas de mariposas aterciopeladas casi azules. Voy bien de tiempo. Tengo todo el tiempo del mundo para volver a aderezar mi escritorio. Las hojas nuevas, en blanco, a la derecha cerca de la impresora, ansiosa de comer papel en blanco y escupirlo en negro de letras. La impresora me mira y sonríe nerviosa, yo le devuelvo la sonrisa y la tranquilizo.

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Me levantaría para que no me viera acostado, sin hacer nada. Solo son las 12 de la noche y no quisiera volverme a la cama, pero tampoco tengo ganas de fracasar de nuevo. Cruzaría la habitación, iría hacia el balcón y me aseguraría de que estaba abierto. Aún la espero. Llegó a las doce y media, con esa expresión dulce que a veces tiene cuando viene. Entró en la habitación. Ya has llegado, le pregunte. No me respondió. Me acaricio la mejilla, engancho su mano con la mía y la deposito sobre el teclado del ordenador. La pantalla se llenó de imágenes, de paisajes, de personajes, de situaciones cambiantes nunca antes vistas por mí. Me llené de desasosiego. Intenté levantarme, salir de ese nuevo mundo, dejar atrás el ordenador, pero mis manos estaban pegadas, unidas para siempre al teclado. No volví a acostarme y seguí escribiendo. No podía evitar que los personajes se rieran de mí o que los bosques se tiñeran de rojo.

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Relato breve escrito por Merche Postigo

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