Relato Breve escrito por : Alejandro Nanclares

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Volswagen rojo

     El camarero deposita dos botellines de cerveza junto con unas copas, unas patatas fritas industriales y el platito de la cuenta sobre la mesa de terraza de la cafetería. Me apresuro a abonar la consumición mientras Quique, más divertido que sorprendido, abre unos ojos como platos mirando algo justo detrás de mí. Mientras recojo las monedas de la vuelta, me giro perezoso, sin levantarme, raspando un poco la acera con las patas de aluminio de la silla – ¡Madre mía, que jaca!- dice. Y se queda como pensando – ¿Te acuerdas de…? ¿Cómo se llamaba?      Al otro lado de la calle, frente a la terraza, acaba de aparcar un escarabajo de Volkswagen metalizado en fucsia. Desciende una espléndida muchacha de melena alborotada que entra a toda prisa en el supermercado. Es casi la hora de cerrar.

– ¡Pues claro! Claro que me acuerdo ¡Cómo no me voy a acordar! Elena, se llamaba Elena, pero todo el mundo la conocía por Nena. Por cierto, a ver si un día de estos te estiras e invitas tú a las cañas.

– ¡Pues vaya! Eso es lo único bueno de tomar una cañita con tu hermano mayor. Tendrás que soportar algún rollazo y más de una monserga, claro, pero nadie espera que pagues… ¿Y qué fue de Nena, si puede saberse? Me encantaba aquella novia tuya.

– Hombre, novia, novia ¡Tanto como novia…! Digamos que salimos durante un par de meses ¡Nada más!

– ¡Y nada menos! Oiga, pollo –Le dice al camarero, cuando pasa – ¿Sería tan amable de cambiarnos estas patatas fósiles por unas olivitas? ¡Sabes! –continúa- recuerdo que era guapísima, rubísima y simpatiquísima Pero… ¡De dónde había salido aquel ejemplar! ¿Cómo llegaste a conocerla?

– Por supuesto –Responde el anciano camarero, cogiendo el plato de las patatas- ¡Una de olivas para los señores!

– ¡Pues de pura casualidad, como son siempre estas cosas! Apareció de improviso, a mediados de julio, durante la campaña en que tocó excavar la muralla. Su papá le había regalado el Volkswagen, que era de los auténticos, no un simple remake como ese de enfrente, en premio a su licenciatura. Por cierto, que era rojo, rojo cereza, y no fucsia…

– Si, si, claro que me acuerdo ¡Pues, menudo revuelo que prepararía en la excavación! Si no me falla la memoria, tus amigotes arqueólogos eran una panda de buitres indecentes…

– ¡Ya lo creo! Además, el día que llegó, lo hizo tarde, por supuesto, a más de media mañana, con la tropa expectante por la hora del almuerzo. Bajó de su escarabajo como se entra en escena. Todos paramos para mirar. El director de la excavación dijo que era hija de un condiscípulo y se quedaría en su casa, con su familia durante unos días. Por propia iniciativa vendría a ayudarnos. En aquel momento, por lo bajinis, se pudo oír más de un ¡Bien! Y también algún ¡Mira, mira, mira, mira…!

– ¡No me extraña! Yo era un crío, no tendría más de doce o trece años, pero ya me daba cuenta de que tenía algo especial… Ahora me resultaría mucho más fácil de definir: una auténtica pieza de caza mayor.

– ¡Las aceitunas de los señores! – dice, con cierto sarcasmo el camarero, mientras deposita el plato con ceremonia sobre el velador de aluminio – ¿Desean algo más?

– ¡Oye, salao! – corta Quique con idéntico énfasis- ¿Por qué no te guardas el retintín en una caja y haces el favor de traernos otra ronda? Tranquilo hermanito – añade, guiñándome un ojo- que a esta invito yo; tú sigue hablando.

– Pues eso, que por una vez, me salí con la mía. No entiendo cómo, pero en dos o tres tardes, lo nuestro estaba cantado. Y eso, entonces, entre colegas y compañeros, todavía se respetaba…

– ¡Anda ya! ¡Pero qué panda de jipis estabais hechos! ¿Y lo del coche?

– ¿A qué te refieres?

– Anda, no seas mojigato, que yo sería un crío, pero no tonto ¡A lo de la grúa, a qué va a ser!

– ¡Bah, nada! Fue un sábado por la noche. Buscábamos un sitio discreto donde estacionar el auto, pero se nos habían adelantado todas las parejas de la ciudad. De hecho, no nos dimos cuenta de que nos habíamos metido en lecho del río hasta mucho después, cuando nos íbamos y puso el contacto para salir marcha atrás.

– Ja, ja… ¡Y nada, claro!

– Nada de nada. Las ruedas se habían hundido en el fango hasta el eje y cuanto más aceleraba, peor. Ya ves, las tantas de la madrugada. Hubo que dejarlo allí y esperar al día siguiente. Que vergüenza pasamos cuando el de la grúa, al ver el coche medio hundido, preguntó

– ¿Pero qué hacíais en este sitio?

– ¿Y qué dijo ella?

– Se puso como un tomate, se dio media vuelta y se largó. Dejó que yo me encargara del resto de las gestiones.

– Sin embargo, aún así, no cortó contigo ¿No?

– Pues no; para nada. Además, empezaba agosto y toda la familia os largasteis de vacaciones. Fueron unos fines de semana inolvidables, con la casa paterna entera para nosotros solos.

    En ese momento llega el camarero y pone sobre la mesa las cervezas y el mismo plato de patatas de antes

– Aquí tienen los señores, sus dos botellines ¿Quieren que les cambie las copas?

– ¡Por supuesto, mozo! –se apresura a decir mi hermano en un tono ligeramente más enfático de lo necesario- estas están sucias y calientes.

     Mientras el hombre se retira hacia el interior de la cafetería, con la bandeja y las copas sucias, Quique repara en el plato de patatas que acaba de dejar y, haciendo ademán de levantarse, exclama enfadado

– Pero tú has visto ¡Me cago en su…!

– ¡Tranquilo! No te sulfures por tan poco – le digo, mientras le sujeto con fuerza por el antebrazo para evitar que abandone la silla- No ves que se ha picado. No merece la pena…

– ¡Me va a oír ese…! Lo que faltaba. Pero, bueno ¿Y después qué? ¿Qué pasó cuando volvimos del veraneo?

– Pues entonces, las circunstancias se pusieron más difíciles. Ella se quedaba en casa de una amiga, pero para estar juntos sólo disponíamos del Volkswagen y ¡Ya te puedes imaginar! En una ciudad tan pequeña como esta y con un coche de ese color… nuestro trabajo nos costaba que nos dejasen en paz.

– Sus copas heladas, caballeros –corta de pronto el camarero- Los señores desean algo más… Por cierto ¿Las patatas están a su gusto o también se las cambio?

– Las patatas, resalao, son de lo mejorcito que hay aquí – tercia mi hermano con evidente mala leche- Es precisamente por las patatas por lo que venimos a esta birria de terraza. Por las patatas y por el servicio esmerado, claro.

     Y en cuanto termina de hablar, indignado, coge en dos puñados todo el contenido del platito y se lo mete en la boca con ademán insolente. El camarero, al verlo, levanta las cejas sorprendido. No esperaba una reacción así. Después, hace un gesto resignado abriendo un poco los brazos, se da la vuelta y se aleja hacia el interior del local negando levemente con la cabeza. Quique escupe con asco el amasijo amarillo sobre la acera.

– ¡Anda y que te den! – exclama tras sorber un trago directamente del botellín para aclararse la boca. Luego, mirándome, pregunta – Y entonces… ¿Cómo os las apañabais? ¿Dónde ibais?

– ¡No sé! Pues, a los jardines del alcázar, a las afueras, a la ribera del Clamores… donde pillábamos.

– ¡Pfff… vaya mal rollo! Pero no te dabas cuenta, so pringao, hermano tonto, de que esa chica era una princesa.

– Y qué podía hacer yo; aún no había terminado los estudios y lo que me pagaban por las campañas no alcanzaba ni para una triste pensión. No, si de sobra lo veía venir…

– A mí, me parecía extraordinaria, con aquella sonrisa y aquella trenza rubia que se le deshacía por momentos.

– Pues ya puedes imagínate cómo me sentía yo, sabiendo que había conducido 90 km. sólo para venir a verme, sin disponer de un mísero lugar para estar juntos…

     En ese momento, la chica de la melena alborotada sale veloz del supermercado con dos bolsas repletas que deposita en el asiento del copiloto. Luego, arranca el auto y sale a toda piña, mientras un empleado con gorrita de logotipo, comienza a bajar con estruendo la persiana metálica del establecimiento.

– ¡Ay hermanito, qué mal te lo montaste!

– ¡Ya lo sé! En octubre comenzó a distanciar las visitas y… en noviembre no vino más que una vez. A medida que cruzábamos más y más cartas, se producían menos y menos encuentros ¡Bien pensado, tiene su gracia!

– Menuda gracia ¡Mira, como me parto de risa!

– A principios de diciembre, le escribí una carta bastante larga tratando de aclarar nuestra situación. Desesperado por evitar lo inevitable, me atreví a adjuntarle un poema. Se llamaba “El dragón amarillo”, y hablaba de princesas y castillos.

– ¿Un poema…? ¡Tú! ¡Pero serás cursi, cacho cabrón!

– ¡Pues sí, ya ves! Y lo más curioso es que sólo me acuerdo del último verso. Decía algo así como: “¡Ay Nena, nena! No me deja pensar, el dragón amarillo de tu pelo”

dragon amarillo

   

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