Relato Breve escrito por:  Mary Carmen

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faro2    Desde la ventana de Mario se ve el mar, un contenedor de basura y una vieja motocicleta con sidecar. 

    Todas las noches cuando enciende el faro y el haz de luz se proyecta sobre la superficie del agua, Mario se siente feliz. Sabe que es entonces cuando comienza la vida dentro del mar.

   Cuando llegó al faro dos meses atrás, no creyó que le fuese tan difícil adaptarse a su nueva vida en soledad. A él, en la ciudad, cuando trabajaba en la administración, le encantaban los escasos minutos en los que nadie le interrumpía y podía escuchar el susurro de los peces en su interior. Pero ahora, aquí, el ruido de las olas le distrae con frecuencia.

   – Lo mejor es que te acostumbres a las gaviotas cuanto antes. Le decía un anciano que algunos días cuando no llovía le llevaba una bolsa con provisiones.

    Todas las noches Mario enciende el faro y la luz blanca que se refleja sobre la superficie marina deja un destello de luna añeja que le entristece por completo cada vez que lo mira. Las gaviotas también se espantan con el resplandor y emiten gruñidos estridentes durante toda la noche que desconciertan a Mario y que le desvelan totalmente. Es, entonces, cuando se sube en su destartalada moto y da tres vueltas completas al faro, después la moto emite un rugido fiero de animal acosado y ya no vuelve a arrancar hasta que pasan las veinticuatro horas necesarias para el descanso y la recuperación. Cuando deja abandonada la moto las gaviotas invaden el sidecar y Mario se aproxima veloz hasta la playa. Algunas veces, cuando no hace demasiado frío, sumerge los pies en el agua, la humedad le reconforta y sólo así puede conciliar el sueño.

    En la ciudad prefería las mañanas. El sonido de los cláxones le seducía casi tanto como le extasiaban las operaciones de cuadre a las que se entregaba con verdadera intensidad durante las ocho horas de su jornada laboral. Claro que no había nada como las tardes con sabor a alcohol que pasaba con Iván. Iván y él eran inseparables, sobre todo los fines de semana. A Iván le encantaban las discotecas, la música le hipnotizaba y le llevaba hasta el paroxismo en plena pista de baile, mientras que él se quedaba recostado sobre la barra charlando bobaliconamente con rubias de pelo tintado.

moto con sidecar

  Fue Iván quién, hace ya algunos veranos, le convenció de que se comprara la moto.

  – Cómprala, tío. Es una reliquia con sidecar y todo.    

    Aquí en el faro lo peor son, sin duda, las gaviotas, siempre en grupo y siempre peleándose por el mismo trozo de pitanza. Mario no entiende por más que las observa porqué se quedan todas arremolinadas en el mismo trozo de playa, todas cercando el cubo de la basura, todas subidas sobre su moto con sidecar. Siempre alborotando y aniquilando cualquier otro ruido. También, las voces de los peces.

   Al principio de tener la moto los dos amigos salían con ella casi todas las tardes pero regresaban enseguida, antes de que anocheciera, porque después las luces de los otros coches  deslumbraban a Mario y le impedían conducir. Además, en la carretera con tanto tráfico, los peces se asustaban y no le hablaban.

    – Venga, vamos a peinar la ciudad en sidecar. Este trasto a las tías les mola, les parece caduco y romántico -le decía Iván.

     A Mario le sedujo poco a poco la idea de ir con su amigo Iván en moto a todos lados. Cada día estrenaban una aventura nueva, conocían lugares distintos y ligaban con chicas rubias en todos los bares. Las luces de los semáforos a toda velocidad hipnotizaban a Mario y tintaban su visión con los tres colores básicos que distorsionaban cada vez más la realidad y confundían completamente su percepción impidiéndole distinguir bien lo que había a su alrededor.

     Una noche los dos amigos se aventuraron mucho más y llegaron  hasta el lago en el alto de la montaña. Mario aún no sabe bien qué pasó, sólo recuerda el impacto con el agua helada y la luz del faro iluminado la profundidadpez dorado de la laguna con bancos de peces arremolinados junto a Iván. Pero Mario se sintió tan mareado por el golpe en ese instante que ni siquiera pudo entender las palabras que el pez dorado le susurraba muy bajito en su oído.

     Después cuándo se quiso dar cuenta estaba rodeado de médicos de batas blancas que le recordaron el resplandor de la luna cuando se refleja sobre el mar la noches en que el cielo está claro. Uno de aquellos hombres en blanco encendía intermitentemente una linterna sobre su pupila, el guiño insistente del pequeño foco le trajo a la memoria el faro abandonado de su pueblo en el que de niño jugaba, antes de conocer a Iván, de tener una moto y de ser consciente de que los peces hablan.

     Después de aquello él nunca más volvió a saber de Iván, ni de chicas rubias de pelo tintado, ni de cuadres en la oficina.

     Ahora, en el faro, se siente bien, ilumina cada noche el mar para que los barcos pasen de lejos y no le molesten. Sabe con exactitud la hora cuando anochece y tiene que encender el faro porque es el momento en el que las gaviotas empiezan a pelearse por los desperdicios que él, intencionadamente, les deja a media tarde en el contenedor.

     Lo único que le desasosiega es que su moto sólo pueda dar tres vueltas y que su faro sólo alumbre bien el mar las noches de luna.

gaviotas

    Justo esas noches en las que él escucha claras  las voces de los peces que le hablan nítidamente por encima del estridente bullicio de las gaviotas.

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