Relato Breve escrito por : Mary Carmen

Dan Witz Photorealistic

Ocultaba sus ojos tras unos cristales densos que deformaban su mirada. Nunca mantenía sus pupilas fijas más de tres segundos en las de su interlocutor. El día que Morán la encontró bajo la marquesina del autobús, completamente empapada por la lluvia, no tuvo tiempo de fijarse en nada más, ni en su boca pequeña, ni en sus dientes afilados de pequeña roedora. Simplemente vio su fragilidad que interpretó como necesidad de protección y amparo.

–          ¿Quiere que la acerque a algún sitio? ¿A su casa, quizás? – le preguntó Morán solícito.

–          No, gracias. – rehusó ella- El destello de sus dientes de porcelana deslumbraron al joven.

–          Perdone qué insista, pero llueve mucho. El autobús tardará un buen rato en pasar. Además, usted no tiene paraguas.

     La sonrisa incipiente y los pequeños pasos que la mujer dio en su dirección, el joven los interpretó como signos claros de que aceptaba su paraguas y su compañía. Caminaron despacio, amedrentados por una densa lluvia que los atacaba de frente, empapando sus ropas y salpicando de gotas sus rostros. El hombre, a medida que la lluvia arreciaba, sentía más próxima a la desconocida de la marquesina y, animado por la complicidad del paraguas, Morán le contó lo del trabajo en el taller mecánico, lo de la herencia del pueblo de la tía a la que no visitó nunca y hasta lo de la pequeña trampa a Hacienda. La mujer emitía pequeños gruñidos de roedora que encandilaban cada vez más al joven.

   La Rata  Cuando la mujer se detuvo en seco delante de una pequeña puerta y se aventuró decidida escaleras abajo en la más profunda oscuridad Morán cerró el paraguas y la siguió sin pensárselo ni un momento. A medida que descendían la pared se volvía más viscosa, los peldaños se llenaban de fango y los zapatos de Morán se adherían a esa superficie pegajosa impidiéndole bajar bien. La mujer emitía gruñidos cada vez más agudos y chirriantes que hipnotizaban al joven y que le arrastraban irremediablemente tras ella.

     Al entrar en la casa de la joven a Morán le sorprendió el olor a azufre que desprendían las paredes y el color cobalto de las paredes. No había muebles sólo un gran espacio vacío y en el centro una inmensa jaula en la que cientos de pequeños roedores engullían restos de ropa vieja.

     La mujer se adentró en la jaula y allí se quitó la gabardina que la cubría. La imagen de un cuerpo perfecto, sólo afeado por una capa de pelillo grisáceo, emborronó los sentidos de Morán que, sin pensárselo dos veces, se metió en la jaula para abrazar la piel vellosa de la joven. Lo último que vio fueron los papeles que enmoquetaban el suelo de la jaula: títulos de propiedad, avales bancarios, escrituras y bonos del Estado. Aunque Morán apenas tuvo tiempo de identificar sobre qué legajos estaba, los colmillos de la joven se clavaron en su cuello mientras que de sus ojillos de mujer roedora salían destellos de rabia que atravesaban letales los opacos cristales de las gruesas gafas.

     Cuando el cuerpo del joven se desplomó en el suelo, los pequeños roedores con caras de gula se abalanzaron atropelladamente sobre él. Uno de los más pequeños arrastró con una de las patas traseras uno de aquellos diplomas en los que, de no haber muerto, Morán habría constatado que María Victoria de Gaznán y Salazar tenía un nivel de inteligencia muy por encima de la media. Tampoco pudo ver el informe psiquiátrico que la mujer de los colmillos de roedora había escondido enrollándolo cuidadosamente en uno de los barrotes de la jaula, en el que el psiquiatra había pormenorizado detalladamente el diagnóstico, y en el que aún podía leerse con claridad a pesar del emborronamiento de la tinta: “el exceso de inteligencia no sólo conduce a la demencia, en casos extremos deriva en metamorfosis complejas, degenerativas y, absolutamente, aleatorias”.

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Fin __________________

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