Relato Breve escrito por Mary Carmen

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escribiendo carta     Siento haberme perdido las mañanas de brumas y las carpas del río.

     Te escribo ahora porque el sabor insípido del descafeinado con el que me despierto desde hace más de treinta años me hace añorar el colacao y las magdalenas de los desayunos en casa. También percibo en mi recuerdo el olor a humo de la chimenea de leña y el sonido de las gotas deslizantes en los cristales de las ventanas de los inviernos fríos y contundentes en la montaña.

     Veo, también, los indios de plástico de mi fuerte esparcidos por las habitaciones y el caballito de madera de Luisín junto al balcón.  Recuerdo la suavidad de la seda de los vestidos de mamá y su sonrisa enmarcando sus dientes de porcelana al cerrarse la reja del colegio cuando nos llevaba a clase. Tú nunca fuiste con nosotros, siempre trabajabas, el horario de la tienda te impedía ver las funciones escolares y a los maestros que nos enseñaban. Mamá y sus vestidos de colores, mamá canturreando por las habitaciones, mamá y la casa llena de flores.

     A pesar de los años aún cierro los ojos y veo las maletas junto a la puerta; también, el resto de carmín del último beso sobre la frente de Luisín. Después ya no hubo más excursiones los domingos, ni más música en la radio, tan sólo tu silencio y tu enfado. Te odié por ello. Y, sobre todo, porque no tenías las manos finas del médico, ni sus trajes con corbatas. Tú y tu guardapolvo gris con el que vendías en la ferretería. Te odié tanto porque no te gustara el teatro como a él, ni pasear junto a la fuente de la plaza con mamá de la mano. Y, todavía más, porque no hubieras ganado el dinero suficiente para comprar un coche como el del médico, un coche brillante de azul noche como aquel en el que los dos abandonaron el pueblo.

    Luego, ya sabes, me vine a la ciudad por todo lo que quería ser. No podía quedarme en la tienda contigo y con Luisín. Siento no haber alcanzado el futuro prometedor que habías proyectado para mí. ¿Entiendes que no podía ocultar mi vida tras una toga negra? Por eso te mentí. Yo sólo amaba las palabras y la verdad, deseaba contar las noticias así, sin más. Claro que, eso fue al principio, cuando salí de la universidad y tenía ideales; era esa época en la que a ti te hubiese gustado decir que tenías un hijo abogado. Luego sólo quedaron tus reproches: lo bien que gestionaba Luisín la ferretería y que para escribir en un periodicucho que nadie leía no había sido necesario marcharse tan lejos.

     Hoy te escribo, padre, después de tanto tiempo, para contarte que a mí, también, me han dejado. Daniela se marchó y mi casa se quedó sin flores y sin música. Yo también me quedé sin voz y sin palabras. Me enfadé con el mundo por ella y no he podido proyectar un futuro de éxito para mis hijos porque nunca nacieron. Los abandoné antes de nacer por miedo a dejar de ser yo y  empezar a ser ellos. No tuve el coraje de afrontar otras vidas desde la precariedad de la mía, no tuve tu arranque. Me conformé con la ausencia de Daniela y con seguir escribiendo noticias que no interesan a nadie.

    Ahora, padre, que sólo ocupas el tiempo colocando machaconamente la destartalada caja de herramientas, y que crees que las viejas cartas de mamá, las que escondes detrás de la cortina y que de vez en cuando te entrega el enfermero, las acabas de recibir porque en tu memoria rota ya no existe, ni el tiempo, ni el desengaño, ahora es cuando, de verdad, siento haberme perdido tantas mañanas de pesca, llenas tan sólo de tu silencio y del mío. Ahora, que te veo débil y perdido en una pequeña habitación, es cuando más te extraño y siento con nitidez el vacío de todos los abrazos olvidados y de tantas palabras perdidas a través de los años.

    Padre, sólo quería escribirte para decirte que la vida de hijo tan poco ha sido fácil. No proyecté tus sueños pero tampoco he alcanzado los míos.

    Me han dicho que en la residencia te cuidan bien, que siempre te ponen magdalenas para desayunar porque te gustan mucho y sé, también, que te llevan revistas para que recortes flores. Y que, casi siempre, permaneces todo el tiempo en silencio leyendo las cartas de mamá pero, hay veces, en las que te da por hablar, aunque confundes los momentos y, entonces, le cuentas al enfermero que tienes dos hijos, uno, Luisín, que sigue en el pueblo con el negocio y que el otro, aunque no recuerdas bien su nombre, trabaja de periodista en la capital.

¿Sabes? Quizás, un día de estos, llame a Luisín y nos pasemos los dos a verte.

Hasta pronto, papá.  

Tu hijo

sobre

FIN_______________________________________________________________________

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