Relato breve escrito por Mary Carmen

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     Ella se sienta en el borde de la cama y balancea perezosa los pies, los mira lejanos y se detiene en el destello rojo de sus uñas de porcelana. Se desprende de la sábana que se enrolla pertinaz a su cintura y se dispone a levantarse. Antes gira ritualmente la cabeza y le observa durante un instante. Él permanece tumbado con los ojos entrecerrados en su mundo solitario.

     Se encontraban en el ascensor y también en la fotocopiadora. Eran de departamentos diferentes. Ella una prometedora ejecutiva de altos vuelos, él un becario sin ningún futuro en la empresa. Tampoco calcularon los años, ella pasaba de los cuarenta y él se estancó en una veintena incierta. Él abre los ojos y por un momento la contempla: se reflejan en sus pupilas marinas los vaivenes de una entrega y el sabor a sal de una boca ávida de besos. El la ve, desnudo el cuerpo y traslúcida el alma, siente que ese instante es perfecto para besarla. Sin embargo, no se mueve. En la pequeña habitación apenas queda espacio. En el suelo flota la ropa de ambos: los vaqueros gastados, el jersey de pico arrugado, la camiseta de algodón blanco, todo tirado, él se lo quitó con la precipitación del deseo quemándole los labios. También, caídos y descolocados: la falda y la chaqueta de un traje serio y caro, una camisa, las medias y los zapatos, ella se desprendió de todo con el mismo deseo pero con mayor cuidado. Ella, inmóvil, sentada al borde de la cama, lo sigue mirando, el reflejo de la luz que entra por la ventana abrillanta sus cabellos negros y perfila su contorno de mujer madura. Él percibe la suavidad de la piel de ella en el recuerdo de las últimas caricias que se han quedado rezagadas en sus manos. Los dos saben que es la hora. Ella coquetea un instante, entreabre los labios, suspira anhelante y algo quejosa. Pero no se demora, se levanta y se pierde por la puerta pequeña del baño. Él no se incorpora, revuelve más las sábanas. Un pie se enrolla en el sujetador de seda de ella, lo atrapa con la mano, primero juguetea un poco, luego lo alcanza y, finalmente, lo huele. AL principio no es consciente de la fragancia de rosas que despide el pequeño trozo de tela, después percibe con intensidad el perfume de ella. La busca, cierra los ojos  e imagina que otra vez ella está junto a él entre las sábanas, llenando la cama de caricias de besos y cosquillas de placer que le emborrachan la conciencia, como aquella tarde lejana en la que se quedaron solos en la oficina por culpa de un presupuesto que no cuadraba. Primero fueron pequeños roces de manos, después el juego con las palabras y así llegó un beso de tímido arrebato. Luego fueron las reuniones interdepartamentales casi siempre al filo de la noche. Ella favorecía los encuentros furtivos en el ascensor y en el despacho. Él, ahora, abre los ojos y movido por un impulso interior se levanta. Tropieza con el maletín de ella, que frena bruscamente su carrera hacia la ducha, donde suena una lluvia de agua que cesa de repente y él ya no la alcanza. Ella vuelve envuelta en la toalla, coge su ropa y se viste. Cuando él decidido pasa al baño, ella le sigue y comienza a maquillarse frente a un espejo emborronado por el vaho. Mientras él se ducha, ella piensa en el agua resbalando por la piel tersa de él pero continúa, impasible, tiñendo de rojo sus labios. Cuando él sale del agua, ella ya le está esperando en la habitación, sentada a los pies de la cama, vestida con su traje caro, sus labios pintados y sujetando su maletín en una mano. Él mira el reloj, se viste y peina rápido. Ella enciende su móvil, él también.

     Ella irá a la función del colegio de los niños, después tendrá la cena con los directivos de su empresa a la que, por supuesto, acudirá con Miguel, su marido. Él se reunirá con Marta dentro de un rato, han quedado para dar la señal del alquiler del piso nuevo al que se mudarán a vivir el próximo mes, más cerca del río y de las zonas verdes de la ciudad. Él, por la noche, se acostará con Marta, sin transgredir los límites, no jugará a morir de placer, ni enloquecerá de impaciencia. Ella cumplirá con Miguel, sin atisbar lo prohibido, no habrá mareos, ni gritos, simplemente se concentrará en hacer bien ese amor que diseña familias y crea niños. El cada día la verá a través de los cristales del despacho y ella hará todo lo posible por tropezarse con él en la máquina de café. Ella seguirá acudiendo a reuniones, aprobando presupuestos, comprando ropa en las mejores boutiques, organizando comidas y fiestas de cumpleaños. Él continuará con su sueldo de becario y con sus protestas en plataformas apolíticas, con su vieja bici para ir al trabajo, sin usar abrigo y coleccionando servilletas de papel de bares que ya han cerrado. Algunos días, sin despedirse de los compañeros ni avisar a su secretaría, ella se marchará antes de tiempo de la oficina en su coche de lujo y de empresa. Él aguardará nervioso la hora de salir del trabajo, se subirá en la bici y  pedaleará con ganas para llegar al hotel cuanto antes. Se encontrarán, de nuevo, en la misma habitación.

   Finalmente, los dos de pie frente a la puerta comprueban, sonrientes, que no olvidan ninguna de sus pertenencias. Salen. Ella llama impaciente al ascensor y él baja de prisa por las escaleras.

     Ella y él dejan cada uno, por separado, su propia llave en la recepción del hotel.

Las llaves de él y ella

Fin …

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