Relato breve escrito por Mary Carmen

mujer con luna y viento

  Cuando sopla el viento de tramontana y hay luna llena los pensamientos se confunden y no se puede pensar con claridad. Esta es una de esas verdades incuestionables que rigen la vida de Eliseta desde que era una niña. Por eso, ahora frente al sobre cerrado, no sabe qué decisión tomar. Su corazón se inclina a dejarlo para mañana, cuando la fase de la luna inicie imperceptible una disminución de tamaño suficiente para no dañar por completo las mentes de los mortales, a lo sumo tan solo alterarlas un poco de forma sutil. Pero, por otro lado, no quiere seguir manteniendo la incertidumbre que la corroe por dentro impidiéndole tomar ningún tipo de decisión.

     La culpa fue del viento y, también, de su mala cabeza. Pero, es que hay veces que las cosas surgen porque sí, sin que nadie lo pueda evitar. Bueno, quizás ella lo podría haber evitado pero no quiso. Ahora, con el sobre blanco entre sus manos, no sabe muy bien qué hacer, ni ahora, ni después.

     El día que Alberto volvió, ella no estaba preparada para ese encuentro. De hecho lo había sacado de su corazón y de su vida mucho tiempo atrás. A Alberto lo conoció en su época convulsa de rebeldía descarada, cuando acudía a manifestaciones en contra y a favor de todo. Eliseta proclamaba la igualdad y la justicia social con las palabras que Alberto las noches de frío le susurraba al oído, al calor de muchas cervezas. Alberto era un itinerante, en la vida y en el amor, sólo mantenía su estabilidad en las ideas, siempre sociales, siempre de compromiso radical. Eliseta lo vio partir de voluntario a uno de esos países que se mueren de hambre y de dictadura en el continente de piel ébano y de belleza animal. Con Alberto mantuvo la complicidad de los amigos, el beso en los labios y algunas caricias inciertas que le hicieron dudar. Pero Eliseta se mantuvo firme, compartió con él las confidencias de sus conquistas, las de él, y de algunas locuras amorosas, las de ella. Luego, su amigo Alberto se perdió en la distancia y en el tiempo como sus aventuras de juventud.

     El sobre blanco que contiene su futuro bailotea entre sus manos sin que Eliseta se decida a abrirlo. Quizás no haya sido tan buena idea llegar hasta este momento, qué necesidad hay de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Ella siempre lo había tenido muy claro, las cosas son como son y no tiene ningún sentido interferir en el destino. Mira la hora, pronto llegará Nacho y cenarán frente al balcón con la brisa nocturna entrando por la ventana. Desde que nació el bebé se ha vuelto mucho más hogareño y suspende cualquier actividad para estar pronto en casa. A Nacho le encanta el teatro, como a ella, se encontraron en una sala experimental hace ya algunos años. Eliseta se enamoró de sus ojos caoba, de su voz envolvente y de sus proyectos de vida teatral. Aún no se han casado pero, probablemente, Nacho se lo propondrá cualquier día de estos. Antes del bebé iban todos los jueves al teatro. Ahora, con el pequeño es más complicado. Pero los días de viento, se asoman a su terraza y él la abraza fuerte, como en una escena de cine, y le dice que volarán, y que cuando sean ancianos y sus cuerpos ya no sujeten sus almas, ellos se irán juntos para descansar detrás de la luna. A Eliseta la felicidad se le escapa por los poros cuando piensa en Nacho. Un día él se lo prometió: haré de todos tus días una función de estreno, le dijo con la trascendencia del que representa por primera vez el papel protagonista.

    Así han sido todos sus días compartidos antes de nacer el bebé y antes de la tarde en la que Eliseta se cruzó con Alberto. Eliseta volvía del trabajo, pensando en todas las ocupaciones que le esperaban en casa, salió rápido del autobús y, de pronto, ahí estaba Alberto, delante de ella, sentado en la parada en la que se bajó, parecía que se había sentado allí sólo para esperar a que ella bajara y que aquel recuentro no había estado determinado, ni influido, por la simple casualidad. El tiempo pasado había transformado su fisonomía, el sol africano había oscurecido su piel, acentuado su mirada y coloreado con reflejos de alba su pelo oscuro y despeinado. Ahí estaban, frente a frente, en una parada de autobús un montón de años después. Entonces tomaron un café con mucha charla, luego unas cañas y algunas copas de más. Y ocurrió, surgió un encuentro de pasión a flor de piel, hubo besos y caricias enredadas con palabras de hoy y de ayer. También una cama en su pequeño hotel y Eliseta se emborrachó con el sabor de canela y miel de la boca del amigo, se frotó en la piel color duna de Alberto y se dejó estrujar en cada abrazo hasta fundirse en la calidez extrema del que siente mecido por la arena ardiente en un desierto. Después volvió a casa con Nacho y, como era jueves, fueron al teatro, y después se acostaron en su cama llenos de deseos de vida y se amaron con la plenitud del que se sabe en un momento prodigioso.

     Eliseta pasea por el salón de su casa y juguetea de nuevo con el sobre alargado, impreso con logotipos de instituciones oficiales. Por fin, en un acto de valentía irrevocable, lo abre. Aún no se atreve a leerlo. Vuelve a mirar el reloj, apenas quedan unos minutos para que Nacho llegue, escucha pequeños balbuceos de la cuna donde el bebé se despierta y juega. Con un acto de decisión suprema, extrae la hoja de su interior, la lee despacio. El papel blanco, con manchas de tinta negra agrupadas en líneas y párrafos discontinuos, le revela, contundente, la paternidad del bebé. Eliseta susurra con emoción el nombre del padre de su hijo, sonríe con placidez y rompe el papel en milimétricos trocitos que deposita dentro de un pequeño bol. Luego, con la calma y trascendencia de un ritual de magia, quema los papelitos junto a la ventana, en la que es, sin duda, su mejor interpretación como mujer. Quizás, cuando el bebé crezca y se haga un hombre y, como persona sensata, no crea en las influencias de la luna, Eliseta le hable alguna tarde de viento del desierto y del teatro.

    Mientras vacía el bol y tira las cenizas, Eliseta piensa en que a ella quizás le habría gustado ser como todos los demás, tener claramente definidos los límites y no enmarañarse en confusiones. La culpa es del viento que enreda sus sentimientos y de la luna que distorsiona la realidad. Eliseta oye la puerta que se abre y Nacho que entra. El bebé desde su cuna emite balbuceos guturales de alegría. Oscurece y la noche se recompone solemne para seguir avanzando, sin vacilaciones, hacia la eternidad.

noche-estrellada

Fin …

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