Relato Breve escrito por: Merche Postigo

Ejercicio de imaginación literaria o la continuación del Relato Breve de Carlos Fuentes  “Aura”, ideado por Merche Postigo. 
Final del Relato “Aura”:

Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada.
—Volverá, Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré regresar.

Carlos Fuentes en el papel de Felipe      Aura no volvió. Te despertó el camarero golpeando con su bandeja el mármol de la mesa del cafetín. Te sorprendes de haber caído en un sopor hambriento del que venías a ser molestado justo ahora, cuando tu vida iba a dar un giro. Ves de nuevo el periódico frente a ti, señalado con tinta roja el anuncio. “Se solicita historiador….Tres mil pesos mensuales”. La imagen de Aura desnuda sonando la campanilla en la escalera te devuelve una escasa sonrisa.

– ¿Usted cree que volverá?, señor.

     La pregunta del camarero te desconcierta y te devuelve a tu pesadilla. Te ves de nuevo en la cama, con ella, pero no con ella, con su reflejo del tiempo. Te estremeces. A tu mente vuelven los senos flácidos y los cabellos blancos. Los cabellos blancos de Consuelo. De la señora Consuelo temblando porque tú la tocas. Aunque tú tocabas a Aura. Una Aura de cuclillas sobre la cama que se abría como un altar. Te levantas, recoges el periódico, lo pones dentro del portafolio, te enfundas la gabardina y sales a la calle con el deseo de cumplir tus sueños.

      Deseas llegar a la calle Donceles, al número 815, y así descubrir que todo ha sido un sueño. Que Aura no ha existido, que los papeles del general Llorente no contenían el secreto de su amor, que la señora Consuelo no había secuestrado a Aura, y que la muñeca de harina, la que Aura te dejó debajo de tu servilleta, ese objeto endeble de trapo, relleno de harina, con el rostro pintado con tinta china y el cuerpo desnudo, no estaba rota.

     Llegas a la calle Donceles y reconoces el olor a humedad del jardín trasero, pero no encuentras la puerta. La puerta que olía a pino viejo, con la manija antigua. Solo tienes ojos para esos escombros, grisáceos por la humedad de los años de abandono. Ves como el olor a musgo ha desaparecido y ha dejado paso a un hedor de excrementos de perros. Vuelves al principio de la calle y compruebas que el cartel borroso con el nombre Donceles sigue ahí. Y piensas que no puede haber dos calles con el mismo nombre en la misma ciudad. Vuelves a buscar el número 815, y especulas que quizás lo han cambiado, que quizás las nomenclaturas han sido revisadas y el 815 está ahora en el 69, pero descubres que tampoco el número 69 existe.

     Vuelves al portal de antes y observas los escombros. Decides adentrarte en el socavón. Recorres el espacio que te separa de la calle al centro de la desesperación donde creerás haber visto un arcón, justo donde están los ratones. Los ratones que salen despavoridos antes de que tú llegues. Pero cuando te acercas solo ves algunos trozos de madera roída por los ratones. Esos trozos te recuerdan el cabecero de la cama. De esa cama en la que compartiste la vida de una noche con ella. Las náuseas se apoderan de tu mente y retrocedes. Escuchas que te gritan desde la calle y al volverte crees verla.

-Aura, ¡has vuelto!

      Te mueves despacio para evitar caer en los escombros y ves esos ojos verdes, esos ojos de mar que te inflamaron. Los ves, pero te repites que no son ciertos. Ves la bata de tafeta verde que le cubre las piernas, esas piernas blancas y desnudas que disfrutaste junto al crucifijo. El gran crucifijo mexicano, colgado donde un círculo de luz iluminaba la cama. La joven te mira de frente y te grita. Tú haces esfuerzos por avanzar entre los escombros mientras sujetas la muñeca de harina que habías guardado en el bolsillo de la gabardina. Sueñas con tocar los hombros desnudos de la muchacha. Descubres que está rota y notas como la harina empolva tus dedos. Tus dedos ahora suaves, blancos como el pelo de Aura, de la muchacha.

     Alcanzas la calle y ves que la muchacha que te espera con bata de tafetán verde ahora es una mujer, no la muchacha de ayer. Y ves que la mujer mantiene un macho cabrío degollado entre sus manos. El olor a sangre coagulada te da náuseas y retrocedes. La figura de la mujer te hipnotizará y no podrás hacer nada cuando esos ojos verdes se escondan en la puerta del número 816. La sigues. Olvidas los tres mil pesos, olvidas las historias del capitán Llorente, olvidas a la señora Consuelo y te despiertas de nuevo en la mesa del cafetín, sosteniendo un periódico donde estará marcado de rojo el anuncio de tus pesadillas “Se solicita historiador….Tres mil pesos mensuales” y volverás a la calle Donceles y seguirás buscándola.

Aura y Saga

Fin…

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