Relato Breve escrito por : Alejandro Nanclares

farola

Lisardo Prieto no era realmente un fotógrafo profesional, pero como había ganado varios premios importantes en certámenes nacionales e internacionales gustaba de pensar que lo era. Hasta los cuarenta, año más, año menos, Lisardo no había desarrollado mayores intereses y atendía a fotografiar un poco de todo. Y lo cierto es que se le daba igual de bien la dureza de un paisaje urbano, postindustrial y agónico, que la bucólica estampa campestre con o sin rebaño de ovejas; la figura de estudio con pose forzada y análisis lumínico o la instantánea irrepetible, cazada al vuelo. Era especialmente diestro con las novias de blanco y las chonis de negro, pero su fuerte consistía en los objetos inertes, a los que quién sabe por qué razón, era capaz de imbuirles una vida propia, interior y secreta. Marciales olmos carreteros en formación, bicicletas viejas apiladas en hangares, estaciones de tren abandonadas, restos oxidados de maquinarias imposibles, bancos solitarios en parque desiertos… todo, todo bajo el ojo certero de su lente, adquiría la mirada intensa y triste de los niños enfermos, de los ancianos que se fosilizan. Todo recuperaba una vida íntima y oculta, una vida que quizás nunca tuvo, en la atónita pupila de quien al mirar proyecta la propia. Nadie escucha. Nunca. Pero todos mentimos cuando miramos.  

Mira, amigo Lisardo, en eso precisamente consiste el “alma invisible de la materia”, le solíamos decir los colegas. Y él, se lo creía a pies juntillas, pues era incapaz de concebir en modo alguno que aquello que se veía en el papel couché, fuera precisamente la suya.   A medida que fue pasando el tiempo, se acrecentó su afición a las entidades inertes. Dejaron de interesarle los retratos y las instantáneas, y se centró en la luz y sus objetos. O mejor dicho, en como incidía la luz del mediodía sobre aquella piedra, o la del atardecer sobre algún alero protector y carcomido. Sorprendentemente, pese a lo insulso del tema, las fotos mejoraron. Mejoraron técnicamente, claro está, pero sobre todo, mejoraron porque toda aquella colección de quicios, esquinas y dinteles parecían estar siempre diciéndote algo.

  A Mari, su mujer, no. A Mari no le gustaban aquellas fotos tan sosas, tan iguales, tan aburridas. O, como decía ella “tan ñoñas y sin vida”. A ella le parecía que Lisardo chocheaba, que se estaba acartonando, que se estaba volviendo un pusilánime – se lo repetía a menudo: – ¡Lisardo, te estás volviendo un pusilánime! – y hubiera preferido cien veces, no sé, mil veces, aunque jamás lo hubiera confesado en público, claro, que hubiera vuelto a las andadas de antaño, cómo aquella vez, de recién casados, que le dio por fotografiar las tetas de todas las mujeres de la vecindad que se prestaron.  

–          ¡No lo soporto más; ya no lo aguanto! Deja de fotografiar piedras de una vez y haz un poco más caso de tus hijos. Es que ya, ni te conocen… mira que pasarte todo el día por ahí, haciendo fotos inútiles de cosas inservibles… Préstanos un poco más de atención, anda. Estamos aquí. Tenemos derecho a que nos dediques algo de tu tiempo.

Pero el amigo Lisardo, como si nada. Perdido en otro mundo. Siempre con su cámara a cuestas, de aquí para allá, buscando… nadie sabe qué. Cada vez le veíamos menos por el vino del mediodías o la cañita de media tarde. Ya, casi nunca venía. Aún así, el giro os extrañó. Fue como a mediados de marzo cuando percibimos cierta variación hacia lo verdaderamente mineral, hacia lo inerte. Un gusto creciente por lo inconmovible y lo metálico. Por los grises pizarrosos del cinc y los negros asustadizos del hierro, por el cobrizo exangüe de los óxidos o de las hojalatas viejas. Por el verde respetuoso y escurrido de pátina de las estatuas del centro. Por el plateado vivaz y nuevo de las torres de tendido de las afueras. Por el brillo voluntarioso y pulcro del acero inoxidable y los cromados. Por todo eso que a veces llora pero siempre, siempre guarda silencio. Y Mari, su mujer, cada vez peor

–          Estoy harta de repetirlo: no aguanto más. Es la última vez que te lo digo, o te quitas esa estúpida afición, o me marcho para siempre.

–          Pero antes te gustaba. Decías que te encantaban mis fotos

–          Antes fotografiabas otras cosas; no sé, cosas… normales ¡Normales, me oyes! Temas agradables, como gente de fiesta, bodas, bautizos. Cada cual en su lugar y en su momento; como debe ser. Cada cosa en su sitio. Además, el aporte económico no nos venía nada mal… Y no como ahora, como eso de ahora, inútil, que no sirve para nada.

–          Pero mujer, es que tú no entiendes nada de esto…

–          Entiendo que no haces nada de provecho. Todo el santo día por ahí, solo,  abrazado a tu cámara como un tonto a sus dos palotes, siempre solo, como un lunático, todo el día fuera de casa, perdiendo el tiempo, perdiendo la vida. Te lo advierto. Como sigas por ese camino, cojo a los niños y me voy con mi madre. Te aviso Un día vuelves como siempre, a las tantas, y te la encuentras la casa más vacía que tu inútil cabeza.

Después de cada bronca parecía que todo volvía a la normalidad. Pero nada más que quince o veinte días; un mes a lo sumo. Luego, Lisardo volvía a las andadas. La cámara podía más que él. En agosto, durante una de estas pausas conciliadoras, a la vuelta de una semanita de playa en el utilitario familiar, se encontraron con que en la urbanización de las afueras donde vivían, frente a casa, habían hecho reformas. Adoquín rústico, ajardinamientos con goteo y, en el mismísimo centro, una glorieta para que giraran los autos rematada por una hermosa farola. Pero no una farola simple, de esas corrientes, sino una auténtica farola de estilo isabelino. Ni más ni menos. Cuatro grandes focos, todo lujo de volutas de adorno y un remate en falso patinado verde-oro-bronce-viejo. Algo que carecía completamente de sentido en aquel barrio moderno, de estilo funcional y líneas simples. En cuanto la vio, Mari hizo un comentario de desagrado

–          ¡Qué ostentoso! Seguro que les ha sobrado de la última remodelación del casco histórico y no sabían donde ponerla.

–          Pues a mí, me gusta –replicó Lisardo- mientras se apresuraba con los niños y las maletas para coger la cámara y poder salir a hacer un par de tomas antes de que no hubiera luz. Para su sorpresa, antes de entrar a cenar –Mari ya le había llamado tres o cuatro veces para que lo hiciera; la última verdaderamente enfadada- había hecho no dos, sino veinte, veintidós, veinticinco fotos del farol. La verdad es que le costó un gran esfuerzo cesar de disparar. Su cámara se había enamorado de la nueva farola como sólo puede hacerlo un adolescente de su profesora de mate. Parecía claro que la partida ya estaba perdida de antemano. No podemos resistirnos a un ser que emita luz, aunque no sea más que una farola. Y todo así. Todo siguió así. Nada podía cambiar, porque no hay nada que  cambie. Nunca.  

En poco más de una semana Mari había lo empacado todo con una minuciosidad estricta y planeada.  Primero envolvió las copas y las tazas de café en hojas de papel de periódico, después los muebles en mantas de transporte y por último reunió los juguetes en una gran cesta de mimbre. Antes de irse, lavó los platos y vasos del almuerzo y los dejó sobre el escurreplatos. Cogió a los niños y se marchó sin dar explicaciones. No había más que hablar… nada más que decir. Lisardo se quedó solo en aquella casa grande, aquella casa familiar que le resultaba extraña.  El espacio sólo es un lujo en los anuncios publicitarios, en el mundo real se llama soledad… vacío. Y Lisardo acabó perdiéndose en aquel espacio vacío.  Primero, dejamos de verle por las calles del centro, de los arrabales; por los lugares que solía. Después, hasta por el bar de los amigos. Para nuestra sorpresa, un día desapareció definitivamente. Nadie supo muy bien cómo. Ni tampoco, qué fue lo que sucedió. Sorprendentemente la vida, esa perra vieja, siguió su curso, su rutina letárgica y fea de todos los días. Lo cierto es que no le echamos en falta hasta varias semanas después. Me enteré inopinada, sorprendentemente. Me dijeron que lo había atropellado el camión de la basura mientras daba la vuelta a la glorieta frente a su casa, donde últimamente dormía en un saco de camping. No puede ser, recuerdo que pensé en aquel momento. Pero así es como había sido. Por la tarde me armé de valor y me dirigí, dando un paseo, hasta su periférico barrio; tenía que ver el lugar. En el centro de la glorieta, las roderas del camión habían arrancado la hierba y destrozado algunos adoquines. También se había llevado por delante la farola central. No quedaba más que una base tronzada aplastada en el barro. Dirigí la vista hacia su casa. Pero… diría que esa puerta parece forzada. Y lo estaba, aunque no creo que hubieran podido robar gran cosa allí. Quizás una o dos cámaras. Todo estaba vacío o roto y parecía abandonado tiempo atrás. Un sitio inhabitado e inhabitable. Diáfano como el desierto frío de un altiplano continental, transparente de rapaces, no de humanos, porque Lisardo había instalado su estudio en el ático. Subí la escalera de caracol y me encontré la desolación. El suelo anegado por el agua de las goteras. Los que habían forzado la puerta, habían destrozado lo que no se habían podido llevar. Los frascos y los aparatos de revelado habían sido golpeados y estrellados. A la luz sesgada de la tronera, pude observar el reflejo de la pared. Era papel cuché y su brillo de charol. Estaba completamente cubierta de fotos; de arriba abajo. Cientos, no, miles de fotos. Todas de un mismo tema. En todas aparecía como único y solo motivo la farola: la farola de frente, de perfil, en sesgo, en perspectiva. La farola lejana o en primer plano, en detalle de sol al mediodía, o velada de sombras o de niebla. Al amanecer, cubierta de rocío y de frescura, o por la tarde, roja de sol poniente. Alumbrando a la vida, la farola. Allí se había quedado para siempre, en la fotografía de mi amigo, preservada e incólume. Lo mismo que ahora tú, Lisardo, en mi palabra.

Barna 4 - copia

Fin…