MI abuelo con Mi madreEran las seis de la mañana. Mi hermano mayor hablaba con el medico en el pasillo de la planta de geriatría del hospital. Yo, sentada en la sala de espera, algo distante de ellos, podía verlos pero apenas si los oía, esperaba noticias. El médico, con gesto sereno, parecía preocupado mientras explicaba a mi hermano la situación de la enferma. “Tu madre, es una mujer muy fuerte y está luchando mucho, pero no queda apenas tiempo” – creí entender. Me gustó como mi hermano se tocaba la barbilla con ademán preocupante al mismo tiempo que miraba hacia mí con extrañeza. Como si la culpa de que nuestra madre tardara tanto en morir fuera mía. Escuché un insulto, me giré y vi como mi hermano (hombre de poca paciencia y de enfado rápido pero breve) perdía los nervios. Se acercó a mí con la mirada encendida y después de un segundo de indecisión, visiblemente afectado me comunicó sus deseos.

   -Nena, madre está muy mal, pero quiere hablar contigo.

   -¿Cómo se encuentra? – Pregunté algo extrañada por el deseo de mi madre.

   -Le queda poco tiempo, pero su corazón aún resiste – Me contestó el médico.

   -No sé qué quiere decirnos, pero confío que sabrás comportarte. – me soltó mi hermano al tiempo que me encaminaba, con su brazo apoyado en mi hombro, hacia la habitación de mi madre.

   -No la hagas enfadar – Insinuó mi hermano desde el otro lado de la puerta.

Torcí el gesto de la cara, crucé la puerta y la cerré detrás de mí.

 Estaba amaneciendo y la luz del último día iluminaba la cara de mi madre. Me acerqué con miedo. Siempre me había asustado la muerte y esta vez, la muerte de mi madre, me aterrorizaba mucho más. Tenía los ojos cerrados y la respiración era lenta pero acompasada, la contemplé como si fuera la primera vez. Su piel seguía siendo fina y blanca, muy blanca. Las arrugas, tan odiadas por mi madre, le daban un aspecto casi infantil. Entonces abrió los ojos y me envió una de esas miradas tan querida por mí. Una leve sonrisa apareció en sus ojos algo nublados agradeciendo mi presencia.

   – Creo que voy a morir pronto y necesito contarte algo – Me dijo en un tono de voz apenas audible pero firme.

   -Madre, ahora es mejor que descanses, enseguida te traerán el desayuno – Le dije, haciendo alarde de una gran torpeza, la torpeza del que no sabe qué decir cuando ve que su madre se muere inexorablemente.

   -Quiero que escribas la historia de tu abuelo. – me dijo con dificultad, pero muy calmada. – Quiero que su recuerdo no muera conmigo. – dijo al tiempo que intentaba incorporarse.

Mi madre se enderezó apenas, le arreglé la almohada detrás de su delicada cabeza  y comenzó a narrarme esa historia tan preciada por ella y que había guardado tantos años, tantos años llenos de ausencias. “Hace muchos años que noto su falta, que siento su ausencia. Demasiados para aquella niña que fui”. María, la niña que fue mi madre, me contó que después de su abandono, se despertaba cada día buscándolo. “Con el paso del tiempo me fui resignando, y al final me rendí a contemplarlo en la fotografía ecuestre del salón, pero nunca dejé de buscarlo en sueños”.

Me sorprendió que hubieran pasado más de ochenta años y todavía hoy lo recordara y lo buscara. Como lo buscó en sus largas y solitarias noches. Cada noche, María, mi madre, traía a su memoria cuando él la aupaba en el balcón. “Para ver los aviones” gritaba María siempre que los escuchaba llegar, y sonreía. A María le gustaban los aviones, y que su padre la abrazara. Su padre era un hombre atractivo y tierno. Siempre complaciente con los caprichos de la niña María. Incluso se gastó el dinero de la comida de la semana en una fotografía de ella, rodeada de lazos y flores en blanco y negro. La misma fotografía que ahora adorna la mesita de noche de la habitación del hospital. Esto, costó un sonoro enfado de la madre de María. Pero ni mi abuelo, ni mi madre se plantearon pedir perdón. María sabía Mi madreque con él cerca nada podía pasarle.

Mi madre me dijo que recuerda con especial dolor y con mucha nostalgia, la mañana de Abril en que terminó su vida. La mañana en la que su padre hacia cabriolas por el pasillo y ella le seguía divertida jugando. Cuando el ruido de más aviones los llevó corriendo al balcón. “Esta vez  había muchos, muchos aviones grises, brillantes y ruidosos”. María estaba feliz, con tanto ruido. Pero mi abuelo se detuvo en seco en el balcón, y tomó a María en brazos rápidamente, como cada día, pero esta vez, me dijo que su abrazo le dolió.

   -Papá, Papá ¡hay muchos aviones! – gritaba María exaltada 

Mi abuelo no le pudo responder. Su rostro se ensombreció y la sonrisa divertida de los juegos de antes, se difuminó en un semblante triste. Él sabía lo que estaba por ocurrir. Posó rápidamente a María en el suelo y llamó a la abuela.

   -Mujer, bajad al sótano y quedaros allí hasta que pase todo. – Le dijo atropelladamente el abuelo a la madre de María

   -¿Qué ocurre? – Preguntó la madre con angustia

   -Haz lo que te digo. Ya están aquí. Volveré pronto y entonces nos marcharemos. – respondió mi abuelo con un valor contenido.

   -Pero, ¿a dónde? – Insistió la abuela

   -Por una vez en tu vida ¡haz lo que te digo! – Gritó el padre de María irritado.

“A mí me divertían esas riñas de mis padres”  me dijo mi madre divertida, con un hilo de voz. “Esas riñas eran tan habituales que en mis cuatro años de vida había presenciado más de una”. Apostilló mi madre con dificultad. “Aquella mujer era quisquillosa y de enfado fácil, y podía hacer desesperar al más tranquilo de los mortales. Mi padre la toleraba sin alterarse, pero esa vez fue diferente”.  Sonreí por esta pequeña maldad que mi madre se permitía en sus últimos momentos de vida y una vez arreglado el embozo de sus sábanas continué escuchando su relato, con mucha atención. Me dijo que mi abuelo se había enfadado bastante y que estaba empeñado en hacer que su mujer cumpliera lo que él decía, aunque solo fuera por esa vez. María se reía, divertía con el juego de las discusiones de sus padres. “Ella y su padre lo llamaban así”. Dijo mi madre. Entonces su mirada se entristeció y con voz temblorosa me dijo que tuvo un ataque de risa muy fuerte, tan fuerte que sorprendió a mi abuelo y que este la acalló con dureza. A María la desaprobación de mi abuelo le dolió mucho. Era la primera vez que eso ocurría y no le gustó. “Entonces me enfurruñé caprichosamente, torcí el labio y me tape la cara con las manos”. Y con ese gesto en su rostro, esquivó el beso que mi abuelo intentaba darle antes de marcharse.

“Cuántas veces me he arrepentido de ese gesto. Cuántas noches me he despertado con los brazos extendidos intentando alcanzarlo y besarlo y volver a abrazarlo y sentir sus manos agarrándome, sujetándome” – Exclamó mi madre al tiempo que la sacudía un agudo estertor que me asustó. Agarré con fuerza sus manos y las lágrimas comenzaron a rodar por nuestras mejillas. La respiración de mi madre se normalizó por un instante y cuando recuperó las fuerzas siguió explicándome su historia y yo dejé de llorar.

María necesitó recuperar el valor que había perdido aquella mañana. Lo necesitó más que nunca, cuando se encontró allí, de pie, en esa fila, con los otros niños. “Era verano, pero yo temblaba. Estaba sola entre cientos de niños y no dejaba de mirar a lo alto, buscándolo”. Pero él no vino a recogerla, “Sufrí tanto viendo como el camión donde subían a los niños se acercaba inexorablemente a donde yo estaba. No quería llorar, se lo había prometido a mi madre cuando me dejó en la cola con los otros niños, pero no besé a mi madre”. Me miró a los ojos y me confesó que ella solo recuerda con dolor el beso perdido de mi abuelo. “Entonces sentí que alguien tiraba de mí y que me subía a la trasera del camión”. Y allí sentada en el suelo del camión y callada, muy callada, sin pronunciar una palabra, mi madre dejó que la alejaran de su vida y de mi abuelo.

Ahora, después de ochenta años, observo como mi madre recuerda con claridad absoluta todo lo que pasó. Los recuerdos de mi madre se llenan de amargura cuando habla del camión que la depositó en otra ciudad, en otra vida. Mi madre continúa hablando y me describe su deambular de una casa a otra, de una familia a otra, buscando cobijo y obteniendo beneficencia. Mendigando comida a cambio de trabajo. Perdiendo la dignidad que mi abuelo le había enseñado a cultivar. Siempre sola. Y que ahora después de muchos años malos, de peores inviernos, de inviernos sin leña para calentarse, sin pan para comer, y sin escuela para aprender a escribir, quería contar su historia y morir tranquila. Me confesó su tristeza por no haber aprendido a escribir. “Mi padre había prometido llevarme a la escuela, pero…”. Escuché a mi madre y entonces comprendí su empeño en que yo conociera su historia. Comprendí su obsesión con mi educación. Comprendí las largas tardes que pasé en la mesa de la cocina obligada a estudiar. Recordé todas las mañanas de verano que pasé enfadada delante de los libros, sin juegos y sin amigos. Esbocé una leve sonrisa, tomé su mano y la acaricié con gratitud.

Con la voz apenas audible y en los ojos reflejada una leve sonrisa, mi madre continuó recordando el rostro serio de mi abuelo y el gris de los aviones. Habían pasado tantos años que su memoria empezaba a confundirse con la historia. Contemplé a mi madre, que desde la placidez del lecho del hospital, enjuta y arrugada, se sentía por primera vez liberada. Vi su mirada alegre a través de los sucios cristales de sus ojos, antaño llenos de vida y ahora llenos de aviones y sentí como mi abuelo sujetaba a mi madre por debajo de los brazos y la aúpa para que los pudiera tocar. Entonces mi madre se acurrucó en la cama y apagó sus ojos. Me despedí de ella con un beso y dejé que la historia de mi abuelo que nunca volvió a besar a María, la historia del abuelo que no volvió a rescatar a su niña, del abuelo que dejó a su hija sola, se hiciera realidad en mi memoria. Sentada al borde la cama de mi madre, sujetando su mano ahora fría, miré al cielo, y mientras mi hermano tramitaba el funeral, yo esperé a los aviones.

.MI abuelo

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Relato Breve escrito por : Merche Postigo

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