Relato breve escrito por Mary Carmen

pueblo

El día que Lisardo salió de su pueblo para no volver jamás hacía un sol radiante y tanto calor que el asfalto de la carretera que le llevaría a la ciudad se derretía hasta licuarse casi por completo. Aquella sustancia pegajosa se  adhería a la suela de sus zapatos impidiéndole caminar. Se detuvo junto al mojón que indicaba el kilómetro exacto de aquella carretera secundaria en la que se encontraba y por la que, sólo muy de tarde en tarde, circulaba algún vehículo que no fuera el de un vecino que iba al mercado de alguna localidad cercana, o la moto de algún joven que se había enamorado perdidamente de una forastera del pueblo de al lado. Así de pie, sujetando su pequeña maleta, estático y con la mirada perdida en algún punto del limitado horizonte esperó, sin prisa y sin tiempo, la llegada del autobús de línea que debía sacarlo para siempre de allí.

Lisardo nunca había salido del perímetro de la aldea ni siquiera una sola vez. Cuando era pequeño, su madre le aterrorizaba hablándole de los peligros descomunales a los que se enfrentaría si se le ocurría alejarse más de dos casas del lugar donde jugaba. La madre de Lisardo, una mujer enjuta y de rostro seco, enviudó al poco tiempo de casarse; tan pronto, que a Lisardo no le dio tiempo de nacer antes de que el padre falleciese. Las malas lenguas del lugar siempre vieron algo turbio en aquella temprana muerte. Se decía que la madre se había visto obligada a casarse porque, huérfana desde niña, sin familia y sin protección, ya no le quedaba ningún otro recurso con el que salir adelante como no fuera el de un marido de posibles . Al pueblo no le extrañó, por tanto, que se casara. Pero, las habladurías se desataron, cuando comprobaron que el cónyuge elegido era el viudo de las viñas, un hombre adinerado de apenas treinta años que llevaba más de diez viviendo en soledad desde que su mujer, una joven de piel blanca y ojos azules, de la que nadie supo nunca a ciencia cierta su origen, murió. Probablemente, vencida por la excentricidad de un clima extremo que no dada respiro a los frágiles, con un frío intenso y helador en invierno que provocaba congelaciones en las piernas de las mujeres más expuestas a la intemperie, ninguna de ellas se atrevió jamás a ponerse pantalones, y un calor asfixiante en verano que cerraba los pulmones impidiendo respirar.  La madre de Lisardo se casó con el viudo de las viñas ante el asombro de todo un pueblo que nunca descubrió ningún indicio que preludiara dicho acontecimiento y, apenas dos meses después, el joven esposo murió sin que nadie certificara una causa precisa para su muerte. Desde entonces la madre de Lisardo gobernó con mano de hierro las viñas del marido muerto. Pero, de todas formas, no abandonó jamás la pequeña casa en las afueras de la localidad en la que había vivido en soledad durante toda su vida.

Lisardo no fue al colegio, su madre no se lo permitió y, aunque las autoridades del lugar insistieron un par de veces en la obligatoriedad de escolarizar al pequeño, terminaron por desistir, al fin y al cabo el alcalde y los agentes de la autoridad tenían otros asuntos de más necesidad en los que ocuparse. Tampoco le enseñó a leer, la madre de Lisardo estaba  convencida de que las letras y las palabras escritas sólo se utilizaban en los certificados, de bautismo, de casamiento, de muerte, porque para las propiedades ya sabía ella, y los demás también, lo que era suyo y hasta qué punto estaba dispuesta a defenderlo. Lisardo tampoco tuvo amigos, su madre sabía que sólo servían para la invención, para pasar el tiempo de niños con juegos absurdos que no conducían a ninguna parte, en el mundo de los adultos luego todo era diferente. Así que la madre de Lisardo se preocupó desde el primer momento de que su hijo entendiese bien cuál era su misión en esta vida: Lisardo era su bien más preciado, donde había depositado todas sus esperanzas. Lo había concebido, recordar aquel momento todavía le producía náuseas de un asco infinito, lo había creado en su interior, nueve meses concentrada en cada detalle de su criatura para que naciera fuerte y sano,  y después lo alumbró en un parto de dolor y gritos en la soledad de su casa. Sin duda, todo ello de un sufrimiento desmedido. Pero ahí estaba ahora su pequeño, para cuidarla y acompañarla hasta la tumba. Para eso había nacido y para eso debía vivir.

Lisardo creció apartado de todos, aunque lo cierto es que él tampoco sintió nunca el más mínimo interés en investigar más allá de las cuatro paredes de su casa. Al principio, de niño,  salía a jugar a la calle, después, poco a poco cada vez fueron menos las veces que atravesaba el umbral de la puerta. Se pasaba las horas sentado sobre la cama mirando la línea de reflexión de los rayos de sol que se filtraban entre las cortinas por la ventana los días que hacía bueno y, los que hacía malo, a veces ni tan siquiera se levantaba.

mirando la vetana

Lisardo y su madre comían juntos, en silencio, a las cuatro de la tarde, una única comida contundente que les saciaba para todo el día. Luego, al caer la tarde, cuando no había nadie por el pueblo, se acercaban hasta las viñas. La madre, distante y seca, hablaba con el capataz, daba instrucciones autoritarias y, después, madre e hijo regresaban de nuevo al hogar por las calles más solitarias y apartadas del pueblo.

La rutina cronométrica de los años tiñó de canas el pelo del moño de la madre, agrió su carácter y agudizó para siempre su soledad. Lisardo, a su vez, se olvidó de su propia voz y se contagió de los pensamientos de la madre que le transmitieron el deseo de una soledad permanente y la certeza absoluta del que sabe que cada día es una resta definitiva al tiempo que le separa de la muerte.

Todo debería haber seguido así en el transcurso repetitivo de los acontecimientos pero, con lo que no contó la madre, y Lisardo tampoco, fue con la pequeña maleta olvidada en la habitación última de la casa donde se amontonaban los trastos inservibles condenados al olvido para siempre. Aquella tarde, calurosa y soporífera por demás, Lisardo se aventuró más de la cuenta dentro de las fronteras del hogar y, llevado de una inusual arremetida de actividad, se adentró en la habitación de los objetos perdidos, aquel receptáculo que casi nunca se abría y que, desde luego, nunca limpiaban. Revolviendo entre el polvo y las telarañas, un poco por aquí y un poco más lejos, descubrió sepultada bajo una capa de artículos del todo inservibles una pequeña maleta de cartón con las iniciales de su padre. Lisardo, presa de una sensación del todo nueva para él, la abrió sintiendo una enorme curiosidad por descubrir qué escondía en su interior. Pero, estaba completamente vacía, de no ser por una vieja fotografía que cayó al suelo.

Lisardo recogió con sumo cuidado la foto y miró con atención aquella imagen en color sepia.Lisardo - Mujer de epocaImpresa en el papel, y casi borrada por el tiempo, se podía ver a una mujer de principios de siglo, con una sombrilla chinesca, que posaba relajada y sonriente en una playa solitaria. Mientras que contemplaba extasiado aquella vieja fotografía a Lisardo le sobrevino de repente un extraño ataque. Las manos le comenzaron a sudar, la vista se le nubló y sintió la inminencia de un desmayo que, sin embargo, no se produjo. Pero aquel instante definitivo tuvo unas secuelas del todo imprevisibles. Un intenso desasosiego le caló el espíritu, la mirada cálida y familiar de aquella mujer frágil y feliz trastocó para siempre su voluntad. En estado febril, agarró con fuerza la pequeña maleta, fue a su habitación y metió rápido en ella la primera ropa que encontró. A continuación, se acercó al armario de la madre, abrió la cajita de madera que ocultaba bajo las sábanas limpias, cogió casi todo el dinero que contenía y, con la fotografía en la mano, abandonó, con precipitación y para siempre, la casa.

No obstante, durante su atropellada huida, aún pudo oír con total nitidez la voz bronca de la madre que, desde la cocina, le advertía que no saliese a la puerta, que eran las cuatro de la tarde, que hacía muchísimo calor en la calle y que, por si todo esto fuera poco, además era la hora inaplazable de la comida.

mujer solitaria

Fin… 

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