Relato Corto escrito por: Alejandro Nanclares

La chica de la curva“Como vuelva a tocarme el culo, le voy a pegar un sopapo que se le van a quedar marcados los cinco dedos en esa cara de bobo que tiene”.

Es la tercera vez que Laura Vanessa piensa lo mismo. De momento continúan por el camino de regreso a Cueto, ella con cierta dificultad debido a los tacones. Había bajado hasta Ponferrada, a la disco, con la misma despreocupación de los viernes en Madrid. Pero está comprobando que aquí refresca bastante más de madrugada y, sobre todo, que desciende una espesa niebla. El chaval que la acompaña tendrá más o menos su edad e intenta rozarse con ella de forma tenaz y reiterada. Caminan casi a tientas. La luz de las escasas farolas resulta insuficiente y aún no ha comenzado a amanecer.

–          Menos mal que me acompañas ¡Que chico tan amable!

–          ¡Nada, bonita! Además, me coge de camino. Vivo frente a la casa de tu abuela. Por si no te acuerdas, soy el Tino ¡La de veces que habremos jugado de pequeños!

Efectivamente, ella recuerda sus juegos infantiles con los niños del pueblo. Siempre pasaba los veranos con la abuela. Pero de este Tino… ni idea. En un intento de distraer sus táctiles objetivos exclama

–          No me digas que regresas andando todos los fines de semana ¡Qué chico tan valiente! ¡Oye, esa mano quieta!

–          ¿Valiente por qué? ¡Pues si que eres miedosa, tú!

–          No creas. Es que, como es Halloween, todos los chicos con los que bailado han estado contando cuentos de miedo. Lo de siempre, ya sabes, que si la Santa Compaña, que si la Chica de la curva… que no tienen imaginación más que para llevarte donde haya poca luz. Pero el caso es que al final se me ha quedado un poquito de susto.

–          Ah, es por eso…

–          Si hijo, y no me mires de esa forma -le dice- que se te va a caer un ojo en mi escote, mientras piensa “Maldito vestido. No da nada, nada de calor. Tenía que haber hecho caso a mi abuela y haber traído algo de abrigo”.

Efectivamente, el vestidito de punto es demasiado corto. Por ese motivo, periódicamente necesita hacer un ademán para estirar la falda por delante o por detrás. Si lo hace con ambas manos, a un tiempo, se le baja demasiado por arriba.

–          Esto… ¿Así que tú eres Tino?

–          Si, el hijo de la señora Vicenta ¿No te acuerdas?

–          Pues si, ahora que lo dices, me acuerdo de un mocoso rubiajo y con mala intención que a las niñas nos tiraba piedras…

–          Ja, ja, ja. Si, seguro que ese era yo. Pero ya no tiro piedras a las niñas…

–          ¡No, ya veo! Ahora prefieres tirarles encima las manos ¡Pero te quieres estar quieto de una vez!

–          ¡Vale, vale! ¿Y cómo por aquí, preciosa?

–          Pues, ya ves… La abuelita, que se encuentra un poco pachucha. Mis padres me han enviado el fin de semana. Dicen que para que le haga un poco de compañía.

–          No, si lo que digo es que cómo por aquí, a estas horas y ¡sola! Una jamona como tú, digo una chica que está tan… bueno, eso, tan guapa.

–          ¡Cosas que pasan! Me he liado un poquito en la disco ¡Ha sido sin darme ni cuenta, te lo juro!  El caso es que ni sé cómo he terminado con Arturo, el novio de mi amiga Nerea en los reservados y ¡No te lo vas a creer! Ella, nos ha sorprendido y se ha puesto hecha una auténtica furia ¡Menuda escena ha montado! Luego, ha cogido a su novio por los pelos y se han largado con el coche…  ¿Sabes qué? ¡Por mí, como si se lo envuelven para regalo! El novio, digo. Pero al final, por una tontería como esa, me ha dejado más tirada que a una colilla ¡La muy… bruja! Y a ti, ya te vale ¡Que pareces un pulpo, rico!

–          ¡Perdona, no es para tanto! Sólo pretendía apoyarme en tu hombro. Me encuentro un poco mareado.

–          Si, si, ya se ve. No hace falta que jures que te has pasado con la bebida… Tienes la mano helada y, menudo careto llevas… ya verás, cuando te vean en casa.

Pero a Laura Vanessa, lo que le molesta es otra cosa: “¡No te digo! Ahora se pondrá a vomitar y tendré que sujetarle la frente. Y encima me salpicará los zapatos ¡Lo que me faltaba para fin de fiesta! Hacer de lazarillo a estas horas.  Además, este maldito vestido no hace más que encoger ¡Una cistitis, eso es lo que voy a agarrarme!”

–          Que frío hace ¿No? Oye tú, podrías ser un poquito más caballeroso y prestarme la americana

–          Vamos, anda ¡No te digo! ¡A que vas a ser la Chica de la curva y lo que quieres es darme un buen susto!

–          ¡Serás cretino! Por si no te has dado cuenta, esto es un camino de tercera y no hay ni una sola curva entre Cueto y Ponferrada ¡Pero, si ni siquiera pasan coches…!

Mientras le hace ver lo disparatado de la suposición, Laura Vanessa se ha puesto a gesticular, olvidándose por un momento de su escaso vestidito. Tino aprovecha para deslizarle una mano bajo la falda, por la parte de atrás.

–          ¡Ayyy… tienes la mano más fría que un cadáver! Toma, por sobón, que te lo llevas mereciendo desde la primera línea.

La sonora bofetada quizá ha sido algo más fuerte de lo que ella hubiera deseado.      Lo cierto es que le ha pillado tan de plano, que le ha hecho girar la cara y provocado una hemorragia por la nariz.

–          ¡Dios, que bruta eres! Cómo me has puesto la camisa…

–          ¡Mira, mira, no me calientes! Esa hemorragia no te la he provocado yo ¿Que te piensas, que no he visto el algodón que llevabas en la nariz? A saber lo que te has metido “pa el cuerpo” esta noche ¡Menuda pinta de drogadicto!

–          ¡Que daño! Pero que hostia me ha metido ¡Ahora si que estoy mareado…!

–          Pues te aguantas, que no ha sido para t… Ayyy… ¡Ay que horror, que miedo! Mira, mira, un fantasma.

Y Laura Vanesa, completamente aterrorizada, se aferra con las uñas de ambas manos al brazo de Tinín. Parece que quisiera subírsele encima. El motivo es que en el centro del camino, a menos de cien metros, ha aparecido una sombra difuminada por la niebla, que avanza hacia ellos trabajosamente.

–          Ay, Tino ¡No me dejes, no me dejes! Anda, ponte tú delante…

–          Madre mía, es que no ganas para sobresaltos, eh ¡Y eso que decías que no tenías miedo! Pues parece que el canguelo te ha nublado la razón… ¿Es que ni siquiera reconoces ya a tu abuela?

Ella fija la vista con atención en la niebla intentando dilucidar la imagen que se le acerca. No ve muy bien porque no lleva las gafas. No le favorecen nada, por eso no se las pone. Sin embargo, al poco escucha:

–          Laura, Laurita… ¿Eres tú, hija mía?

Jalein por HalloweenEntonces, Laura Vanessa, olvidando el susto, sale corriendo a la velocidad que le permiten los tacones. Al llegar, se abraza a ella.

–          ¡Abuela, abuela, abuelita querida! ¿Pero qué haces aquí? Esto tiene que ser fatal para tus cálculos renales…

–          Es que me he despertado ¡Sabes, cariño! Y he visto que aún no habías vuelto. Me ha preocupado y me he dicho ¡A ver si mi niña se ha perdido, la pobre! Así que he cogido este abrigo y he salido a buscarte.

–          ¡Gracias abuela, tú si que sabes! Trae, trae que me lo pongo ya ¡Brrr… que frío hace aquí!

–          Hija mía, pero es que no te da miedo volver a estas horas, sola y a pie por un camino tan oscuro.

–          Pues si, abuela, claro que me da miedo, que digo miedo, pánico. Si yo te contara… Por aquí no hay más que brujas. Menuda está hecha la Nerea. Sin embargo, por suerte, me han acompañado.

–          ¿Quien?

–          El Tinín.

–          ¡Qué! ¿Cómo dices?

–          Si mujer, no sabes quien te digo, el hijo de tu vecina. Ahí detrás viene…

–          No te referirás a…

–          Pues si, a Tinín, el hijo de la señora Vicenta, tu vecina. Mírale, ahí está…

Pero cuando Laura Vanessa se vuelve para indicarle a su abuela, se da cuenta que tras ellas, el camino está absolutamente vacío.

–          ¡Anda! ¿Dónde se habrá metido ahora?

–          ¡No puede ser, hija, no puede ser! Te estás confundiendo con otro…

–          ¡Qué me voy a confundir, abuela! Me acuerdo perfectamente de aquel niño tan malo que nos pegaba y nos escupía.

–          Pero hija mía, si Tinín murió el verano pasado.

–          Mira, abuela, no me asustes ¡No empecemos con bromitas!

–          No mi niña, lamentablemente no es una broma. Lo encontró el repartidor del pan de madrugada, en una cuneta del camino. Sobredosis, dijeron.

–          ¡Eso es imposible, abuela! Si acabo de hablar con él… yo creo que lo que te pasa es que… ¡Mira abuela yo te quiero mucho, pero me parece que estás un poco gagá!

–          ¡Si, si! ¡Ojala no fuera más que eso! Gagá yo, que precisamente tuve que ayudar a su pobre madre a amortajarlo. Como la hemorragia no se cortaba, ya en el féretro, hubimos de meterle algodón por la nariz…

–          ¡Dios mío, que horror! Agggg…

FIN ….

Para la tía María que, como buena montañesa, 

contaba los mejores cuentos de miedo del mundo.

 

Bosque encantado

Epílogo

          Va a hacer más de una hora que Laura Vanessa salió de la disco y por fin ha comenzado a amanecer. Sin embargo, aún no puede verse el final del camino. Ambas mujeres, en un intento de darse calor, continúan andando cogidas del brazo. En determinado momento la abuela se para y dice

–          Me parece que ha sido una tontería

–          ¿Qué, abuela?

–          Eso último que has dicho. Eso de Aggg… me parece una auténtica tontería; para mí que has estropeado el relato ¡Con lo bonito que estaba quedando!

–          Mira abuela, había que ponerle un punto final y ya está. Ese vale tanto como cualquier otro ¡O no! Como para finales de pasamanería estoy yo. En la misma noche dos numeritos: el de la bruja y el del aparecido. Venga, démonos un poco más de prisa que esta humedad me está encrespando el pelo y me lo lavé ayer.

–          Ay hija, que descreídos sois los jóvenes. En mis tiempos, un suceso así hubiera dado para contar y comentar durante todo el largo invierno de la montaña.

–          No empecemos con el rollo de “en mis tiempos…”  o “cuando yo tenía tu edad…”, que me lo veo venir. Además, desde que pasan esa serie… si, esa…  Crepúsculo creo que se llama, todo esto ha perdido muchísimo encanto.

Ante la deslenguada contestación de la nieta, la anciana adopta una expresión resignada y abatida. Pero algo atraviesa por sus ojos ¡Una idea! A continuación tuerce el gesto, adopta una sonrisa maligna y con voz más grave de lo usual pregunta

–          ¿Y si te dijera que, en realidad, no soy tu abuela?

–          Pues contestaría que precisamente soy la Chica de la curva y mañana encontrarás este gabán prestado enganchado en la reja del cementerio. ¡Vaya lo uno por lo otro!

–          Me dejas sin palabras, hija mía…

–          Anda, déjate de cuentos de miedo y camina un poco más deprisa ¡Ya estoy harta! A ver si se acaba de una maldita vez este camino ¡Qué largo se me está haciendo!

–          ¡Ay, Laurita! Qué poca paciencia tienes…

–          ¡No, abuela! Lo que estoy es deseando de llegar a casa para preparar un café bien caliente ¡A ver si entramos de una vez en reacción!

–          ¡Huy, mira! Algún bromista ha cambiado el letrero de entrada al pueblo y… ya no pone Cueto ¡Qué gracia!

–          ¿Y qué es lo que pone, si puede saberse? Con esta luz, no me llega la vista. Y te aseguro que no tengo intención de ponerme esas gafas que me hacen tan mayor.

–          ¡Pues si, hija, claro que si! Mira, ahí pone… Comala.

La chica de la curva

 

 

 

 

Fin………

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