Relato breve escrito por Mary Carmen

 

Ambulancia

El ruido de la sirena de la ambulancia es atronador aunque Marieta apenas lo percibe. Sólo siente un pinchazo desgarrador en su vientre que la parte en dos y le hace contraerse y retorcerse en un dolor tan agudo que piensa que está en la antesala de la muerte. Apenas le quedan fuerzas y ya ni tan siquiera puede aferrarse a la mano de Gabriel.

Gabriel permanece agazapado a su lado en el escaso espacio libre que queda entre la camilla y la pared del vehículo. El sanitario está sentado al lado y observa con cara de preocupación el parpadeo de un monitor situado detrás de la cabeza de la mujer. Gabriel no aparta la mirada de los ojos de Marieta:

–          Aguanta, cariño, pronto llegaremos al hospital, aguanta un poco más – le susurra melódicamente casi como en una canción.

Marieta lo ve tan lejano. Es el dolor el que le distorsiona la imagen. Gabriel emite destellos de colores de las luces de los aparatos que se reflejan en los cristales de sus gafas y le hacen parecer irreal como si se hubiese escapado del mundo de los sueños. Marieta siente punzadas cada vez más intensas y cada vez presiente más inminente el final. Quizás eso sea lo mejor, terminar con aquella pesadilla. Sin embargo se resiste a cerrar los ojos. Su padre, desde pequeña, le había enseñado que a los problemas había que plantarles cara, ir de frente. Así que ella quiere mirar a la muerte de igual a igual, sin ambages, sin paños calientes. Pero, qué injusta es la vida, cómo se puede terminar los días así, de una forma tan absurda.

–          Aguanta, mi amor, aguanta– le llega, apenas audible, el estribillo de Gabriel monotemático y cansino.

Gabriel lanza miradas angustiosas al enfermero que mira alternativamente a la enferma, al reloj y a los monitores. Gabriel no aparta sus ojos de súplica de Marieta, la chica pelirroja y descarada de la que estuvo enamorado desde que llegó a la universidad. Bien es cierto, que en su juventud, Gabriel tuvo también algunos escarceos, más sexuales que amorosos, con otras muchachas. Pero, de pronto, apareció Marieta, guio sus pasos y cambió su vida. Se le declaró hace ya algunos años y luego se casaron.

Marieta siente un peso dentro de ella que le impide moverse, sólo encogerse de dolor. Partirse por dentro, morirse para que la otra viva. Siente unas náuseas intensas, pero no le quedan ni fuerzas ni, tampoco, nada en el estómago. Ojalá pudiese vomitar sus entrañas y el feto que lleva dentro. Si ella muere, la otra también debe hacerlo. No merece la pena dar la vida por alguien que aún no existe, ese pequeño ser que aún no ha sentido la caricia del sol a través de los párpados y no conoce el sabor del chocolate caliente fundiéndose en la boca y no ha oído el ruido desafiante de los motores de los coches cuando se abre un semáforo. Marieta sabe que Gabriel la engañó. Su vida y su cuerpo eran perfectos. Ahora no. Ahora solo siente la fuerza descomunal de la criatura que vive en su interior y que lucha por salir, por ser independiente y por vivir, aunque para conseguirlo ella deba morir. Marieta no quiere participar del rito sacrificial de la madre por la salvación de la hija, vuelve sus ojos, vidriosos y suplicantes, hacia Gabriel en un intento desesperado de que la salve.

Gabriel, absorto junto a la mujer agonizante, siente la lentitud de un tiempo que parece que retrocede y la impotencia absoluta del que no puede hacer nada.

–          Marieta, mi vida, ya llegamos, ya llegamos… -insiste.

Gabriel mira el reloj. Hace apenas unas horas estaba planeando un viaje de empresa al otro lado del mundo y, ahora, permanece encogido dentro de una ambulancia en un estado febril de seminconsciencia, escindido entre sus pensamientos y sus miedos. Esta vez tampoco fallaba la teoría de las compensaciones, a poco riesgo, pocas ganancias. Mira a Marieta y se funde en la mirada acuosa de ella, él también sufre un dolor agudo e indeterminado, el de la pérdida irremediable, el que no admite consuelo. Se mantiene en su actitud de alerta y de fingido aplomo, quiere rescatarla como aquel día de otoño cuando consiguió sacar a Marieta del ascensor presa de un ataque de histeria porque se había quedado encerrada más de dos horas. Ahora sabe con certeza que no puede ayudarla. Tampoco a la hija. Aún no ha nacido y Gabriel se pierde en un sufrimiento de muerte definitiva.

Marieta sabe que pronto la otra la perforará por dentro, pero ella se hará fuerte. O salen las dos con vida o ninguna. Al principio la noticia la dejó estupefacta, estaba embarazada, y no supo muy bien cómo gestionar aquel imprevisto. Pero la alegría desbordante del marido la acabó contagiando, siempre cedía a los caprichos de Gabriel. Marieta recuerda con espanto el miedo de las noches, cuando cerraba los libros de preparación al parto y pensaba en ese momento atroz, o las pesadillas que la despertaban empapada en sudor, cuando imaginaba las mil posibilidades de aquel niño que se gestaba en su interior estuviera deforme o tuviese mil enfermedades raras. Pero, por el día Gabriel le sonreía, sus padres la llevaban en coche a sus restaurantes preferidos y su hermana le traía pequeños regalos. Todo iba bien, como les pasaba a todas las mujeres, hasta hoy. La sangre, el grito desgarrador y aquella criatura en su interior. Un ser diferente habitando todo su cuerpo y el dolor, el dolor inmenso y la inminencia blanca de la muerte.

–          Hemos llegado. A partir de ahora no puede seguirla, está en coma. Vamos al quirófano- informa el enfermero a un Gabriel exhausto que se recuesta sin fuerzas sobre la ambulancia.

La acciones se suceden: la camilla y Marieta se pierden por el pasillo verde, el sonido del móvil incesante, luego la sala de espera, y los cafés y el reloj y la familia y los amigos y la angustia y la ausencia y el miedo y el dolor y la llamada.

–          Familiares de María Teresa Guzmán – suena una voz anodina a través de un altavoz metálico y frío.

Aparece un cirujano en bata verde y con un gorro de plástico, verde también, con piolines dibujados. Gabriel y las manos sudorosas y un temblor incontenible en sus piernas y la mano reconfortante del médico estrechando la suya y la protección de un abrazo cercano.

–          ¡Enhorabuena, amigo! Es usted padre. Las tenemos a las dos con vida – informa cálido el médico.

Y Gabriel roto en llanto. Como el de su pequeña que se aferra a la vida y el de su mujer que se despide, no sin cierto remordimiento, de la muerte.

maternidad1

Fin …