Tercer Relato de la serie “Contagios” Escrito por Diego Lería

Hijos al piano – LO MÁS IMPORTANTE SON MIS HIJOS – DECÍA.

– ¿Qué clase de madre sería si no? Todo lo demás, es material.

Ya te digo: “material”,  pensaba yo alucinando con los objetos que veía camino a la lejana sala de estar. Cuando por fin llegamos, nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo y bordes dorados. Mientras me enseñaba las fotos de sus tantos viajes y de su vida dibujada por Walt Disney, mi mirada se perdía disimuladamente en ese salón ultra cargado de muebles de época y saturado de cuadros que poco tenían que ver unos con otros, y que no definían ningún tipo de gusto por el arte. También me impresionaba la cantidad de bustos y pieles de animales que lucía aquella habitación y me preguntaba si así estaría decorado el infierno.

  • Mira esta, es de cuando Álvaro hizo un safari con el Rey. Tendrías que ver qué persona más agradable y humilde es el monarca; tiene fama de gruñón y distante, pero eso lo dice la gente que no lo conoce, claro.

La situación ya me mareaba, me preguntaba en qué punto había pasado a aquella dimensión, y cómo a esa gente podía gustarle tanto ese sofá tan incómodo… -Luis XV creo que lo llamó-,

  • ¡Ah, hola querida! -Gritó de repente con su voz sobreactuada y poniendo el gesto de un pescado que intenta respirar fuera del agua.
  • Vi entrar a una joven de vestido celeste y tez pálida. Recuerdo que pensé que si no fuese por los muchos granos rojizos que bañaban su frente y sus pómulos me hubiese parecido otro de aquellos animales muertos que decoraban el suelo y las paredes.
  • Mira te presento a mi querida hija, Antonieta. Ella es la luz y la música de mi vida Qué no sabes que bien canta. Estamos todos muy orgullosos de ella en casa. ¿A que sí mi niña?
  • Sí mamá, pero ya sabes que me da mucha vergüenza.- Dijo la niña a la vez que esbozaba una sonrisa que me hacía recordar a una de esas calabazas que se usan en Halloween.
  • Él es Oscar, mi nuevo profesor de yoga, estamos aquí, conociéndonos un poco antes de empezar. Es que tengo que conseguir relajarme, ¿Sabes?
  • Por supuesto mamá.
  • Espera, ahora se me ocurre: ¿por qué no nos deleitas con tu voz? Anda querida, haz quedar bien a tu madre…

La vergüenza que le daba a la niña se evaporó más rápido aún que el tiempo que tardaron sus pies en llegar al piano de cola que estaba junto a mí y que ni había visto.

  • Ahora verás.- me susurraba la madre al oído, advirtiéndome así que debía guardar silencio.

La joven cambió su semblante y su gesto se endureció. Apoyó las manos en las teclas con una seguridad arrolladora y, tras unos segundos que se me hicieron eternos comenzó a hacerlas bailar al mismo tiempo que una confusa y áspera melodía inundaba toda la habitación. Descubrí que yo conocía esa melodía, era de la cantante de moda: Nadine. Por un segundo pude escapar de ese antro y volar con mi mente fuera, muy lejos. Hasta que la madre me volvió a susurrar al oído:

  • Fue hace unos meses, que fuimos su padre y yo a la actuación de fin de curso y descubrimos el diamante en bruto que teníamos en casa…

Mujer al pianoTanto preámbulo ya me había generado tales ganas de oírla cantar que me lamentaba del hecho de que Nadine hubiese compuesto esa canción con tanta melodía al comienzo. “¡Canta ya joder!” pensé. En el momento en que abrió la boca cerré los ojos como queriendo que el canto me llevase lejos de allí. Quería que un ángel viniera a rescatarme de ese antro artificial y rodeado de muerte. Pero no. De repente, se escuchó algo parecido al sonido que emite una foca herida. Los graves de aquel alarido rebotaron en las paredes recargadas de la habitación obligándome a abrir los ojos y girar mi cabeza hacia uno y otro lado buscando la fuente de tan espantoso ruido. No fue hasta el momento en que vi a la madre con la vista fija en su niña. Sus ojos brillaban con tal júbilo que parecía que el botox le iba a estallar en cualquier momento. Lo que yo oía como una tortura, y más, lo que sonaba como una tortura, era la voz asquerosa de aquel engendro virginal. ¡Por Dios! Si antes había pensado que el infierno podía estar decorado de aquella manera tan horrorosa, ahora estaba segura que estaba allí mismo. “¡Satán sal de allí, de dónde quiera que estés; sé que te escondes en esa garganta, no seas cobarde y muéstrate!” Pero necesitaba el dinero de esas clases y sabía que no les costaba pagarlas. Así que me limité a sufrir los 3 o 4 minutos de tortura mientras escuchaba los comentarios de su madre y me aguantaba las risas para responderle.

  • ¿A que es bellísimo? me decía la muy descarada
  • Pues… sí… ¿por qué no la lleváis a un coro o a un concurso de talentos, que ahora están tan de moda?
  • No queremos que nos la estropeen.- me soltaba la insensata.

A este punto ya era más fácil que la zombi afinara una nota que contener mis risas. Tenía que simular un catarro que justificase mi explosión vocal y mis ojos llorosos. Pero seguía hablando con la madre y viajaba a su mundo, era la única forma de mitigar de alguna manera mi carcajada frustrada. Ahora la veía mover la boca  sin enterarme de nada. Intentaba poner mi mente en blanco y darle la espalda al piano para no estallar. “Blablabla, bla blabla y bla” le adivinaba decir a la madre de la niña prodigio mientras mi mente me jugaba malas pasadas y me repetía las palabras que había escuchado hacía unos momentos: “…y descubrimos el diamante en bruto que teníamos en casa…” De eso no había duda alguna, era capaz de rajar los cristales la niña… El terremoto se acabó justo cuando su madre me dirigió la mirada y descubrió, por mis ojos brillosos, que yo también había llegado a sentir esa voz de sirena; que me había contagiado de ese arte, de esa música celestial. Sólo pude contener mis ganas de orinarme allí mismo:

Eduard Hooper

Continuara….