Quinto Relato de la serie “Contagios” Escrito por Mary Carmen

Tom Wesselmann-Monica con las piernas cruzadas

 

ES LA PRIMERA VEZ. Todas han tenido una primera vez. Desde el otro lado también hay una primera vez. Bloquear el pasado, sin una mirada de recelo, ni de nostalgia. El día de la entrevista Olga se sintió cohibida, un sudor frío le recorrió las manos y hasta la voz le temblaba un poco. Pero lo consiguió y el trabajo es suyo. El absoluto convencimiento de que esta es la salida más rápida y eficaz le hace tomar aplomo.

Mientras espera analiza los objetos de su alrededor, todo dispuesto bajo un orden milimétrico de decoración en serie, cara pero sin personalidad propia de los hoteles lujosos. Se mira de pie frente al espejo y su figura reflejada le devuelve  la imagen de una mujer atractiva, vestida de lencería de encaje negro. Una completa extraña. Algo nerviosa, sin saber muy bien qué hacer, se asoma a la ventana y ve una amplia avenida repleta de coches con árboles a ambos lados. En ese momento, llaman a la puerta. Se gira un poco indecisa y abre. Su primer cliente acaba de llegar.

Olga lo mira de frente, como cuando era pequeña y su padre, sin pestañear, fijo en sus ojos le decía:

  • Olguita, siempre de frente, hagas lo que hagas, de cara. Con el orgullo de nuestra estirpe y nuestra raza.

Olga intenta sonreír pero solo se materializa en una mueca de dolor que emborrona la belleza de su cara ante el extraño que traspasa la puerta. Olga ve el traje de ejecutivo caro, como el hotel en el que están, los zapatos de piel fina y unos ojos penetrantes de color azul cielo, del mismo azul del vestido que la acompañó toda la adolescencia y que nunca se puso, prefería la comodidad de los viejos vaqueros a aquel vestido adaptado, después de que su madre lo llevara media vida. Olga se cierra a los recuerdos que la bambolean por dentro.

  • Olguita, siempre de frente… se recuerda a ella misma.

El extraño se acerca con decisión, acaricia su pelo con un ritual de cortejo aprendido, sin torpeza y aún con poco deseo. La cara del hombre roza ligeramente la suya y Olga instintivamente se aleja en un acto reflejo. Los surcos de las señales que marcan el rostro del hombre que con indolencia se pasea delante de ella le producen repugnancia y dolor. Las marcas del extraño le agitan los recuerdos. De nuevo frente a ella las caras marcadas por la viruela intensa y corrosiva que arrasó para siempre con las escasas sonrisas de la madre y que a los pocos días aniquiló al padre. Olga se llenó de granos, el cuerpo y el alma, pero no el rostro que, frente al deterioro del resto, se perfiló cada vez más bello, y que no se doblegó a la ruina como hizo el padre.

Olga mira la cama gigantesca y observa al hombre desvestirse lento sentado a los pies. Ve su sonrisa enmarcada en dientes blancos en una cara de cicatrices, estigmas repugnantes de un tiempo pasado. Olga tiembla, se acerca pero tiembla. Mantiene la mirada impasible, como cuando no hubo colegios, ni fiestas de cumpleaños, inalterable ante la herencia del fracaso y el contagio del desencanto. Altiva, entonces y ahora.

Olga se encara, se ha preparado para esto. Cuidó su cuerpo hasta adaptarlo a las medidas del mercado, invirtió en cultura para salir del paso y soñó con que una vez pasado el primer trago triunfaría un final de película. Pero, en la habitación de serie, no hay tiempo para el desenlace de cuento, tan sólo la cara de viruela del extraño, contagiando de miseria sus sueños.

El extraño la solicita, el extraño la abraza, la besuquea, la arrastra…  Olga censura con determinación los recuerdos. Cuando la asaltan se vuelve vulnerable y pequeña. El cliente la mira,  fijo y de frente, condescendiente, le acaricia de nuevo el pelo con la misma frialdad del inicio mientras una sonrisa, viscosa y lasciva, emerge en el rostro repugnante marcado de viruela.

Touluse Lautrec-El beso

 

 

 

 

 

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