Septimo Relato de la serie “Contagios” : escrito por Soledad Paramo

tom wasselmann SOLO PUDO HABER SIDO ÉL QUIEN SE LO HABÍA PEGADO. Una vez contados los días desde su encuentro y examinado las imágenes de Google, la duda quedaba resuelta. O casi. Quién iba a esperarlo de un hetero, parecía que el mundo de las ETS quedaba fuera de su campo. Fuese quien fuese el padre de aquel champiñón que le crecía bajo el prepucio acabaría encontrándolo.

Lo reconocía, estaba orgulloso de su pene. No era una cuestión de vanidad, no había llegado él solo a la conclusión de que era más bonito que el de los demás, era un hecho objetivo.

Su madre fue la primera que se lo dijo en voz alta, quizá por eso fue su teléfono el que marcó, era la única explicación que se le ocurría. Tendría trece años cuando salió de la ducha, la encontró inclinada sobre el lavabo. Ya calzada y lista para salir, pero con la esquina de la toalla frotaba la mancha de pasta de dientes de su blusa estampada. Era algo común, teniendo en cuenta su manía de lavarse los dientes escaleras arriba y abajo, mientras terminaba de hacer las cosas de la casa.

–      -Ay, perdona, hijo. – Él no se tapó. La toalla quedaba lejos, detrás del cuerpo de su madre y no vio necesario hacer un gesto exagerado, como quizá cubrir sus  testículos con las manos, o bien girarse para enseñarle el culo. Desde pequeño ella le había visto desnudo, no tenía por qué convertirlo en algo violento. Sin embargo sí lo fue, si no violento al menos incómodo, cuando su mirada se detuvo en el rombo oscuro de su hijo. Y una vez hubo llegado allí, no podía apartarla – Madre mía, qué chisme más precioso que se te está quedando, ¿no?

Lo dijo sin erotismo, como si hablase de un cuadro o de un vestido que hubiese visto esa mañana en un escaparate.

Ella fue la primera pero no la única. Desde que empezó a crecer, su pene atraía la atención de hombres y mujeres. Lo sabía por sus miradas. Por las miradas furtivas en los vestuarios del gimnasio desde los días del instituto, y en los urinarios. Y lo más importante, por las caras de todos los tíos cada vez que se bajaba los calzoncillos y por cómo lo contemplaban durante unos minutos antes de abalanzarse sobre su ingle. Sabía que su ex-novio Carlos se había enamorado de él por su verga, y que le dejó por los mismos motivos. Y ahora, por culpa de ese hetero confundido, su pene se empezaba a convertir en un campo de coliflores.

Eso eran, las coliflores. Seguro que se le había venido su nombre a la cabeza por eso. A su madre le encantaba la coliflor con bechamel. La llamó sentado en el sofá, aún con los calzoncillos en las rodillas mientras se sorprendía de la suavidad su nuevo relieve.

–      Hola, mamá.

–      ¿Víctor? ¿Qué ha pasado?

–      Joder, nada. No puedo llamarte sin más

Era una protuberancia carnosa, de color un poco más rosado que el resto de la piel, que le surgía inmediatamente debajo del glande. Le recordó a una frambuesa irregular así que tomó un papel para apuntar todos aquellos vegetales que le estaban viniendo a la cabeza.

–      Sí, no sé, pero entiende que…

–      Para hablar y eso

–      A ti no te gusta hablar. Pero vale. Dime, de qué quieres que hablemos.

–      No tiene que ser de algo en concreto. De lo que vaya surgiendo, no sé.

–      Claro, después de 38 años de incesante conversación…

–      Joder, vale, voy a colgar. No sé por qué coño te he llamado precisamente a ti.

–      Yo tampoco

Devolvió el pene a sus calzoncillos. A lo mejor no hacía falta preocuparse, lo importante era que no fuese SIDA, el resto se curaba todo. Quizá mañana empezase a encoger, y en una semana desapareciese. O si no podía cortarlo entonces que todavía era pequeño. Con unas tijeras de las uñas. Por qué no.

tamara de tempikaLa voz de su madre volvió más tranquila.

–      Pero no, no, no te enfades. Tienes razón, algo surgirá y me pillas aburrida como una ostra.

–      Y tengo 37, no 38.

–      Bueno, un detallito tonto. ¿Sabes? Aquí a partir de los 15 los niños son hombres y se deja de llevar la cuenta de su edad.

–      ¿Sigues en esa isla? Me encontré al tío hace tres meses o así y me lo contó.

–      Sí. La productora nos tiene locos y seguimos grabando animales. Empiezo a odiar a esos putos monos de ojos tristes que están de moda en Europa. Apestan, es una pena que no podamos captar su olor a mierda con la cámara. Además esto está lleno de mosquitos. Pero enormes, eh. No te vayas a pensar que son como aquellos de Gandía.

–      Menudo asco

–      Sí

No sabía si tenía que pedir cita con el urólogo o con el dermatólogo.  Recordó el cartel que colgaba de uno de los balcones en la plaza del Rey. VENÉREAS. En mayúsculas. El anunciante no había creído conveniente repartir el espacio para añadir la palabra “consultas” o “médico”. Había preferido que las ocho letras se llevasen todo el protagonismo.

–      ¿Cómo está Carlos? – se interesó ella

–      Bien. Con mucho trabajo. – En realidad no estaba mintiendo, a juzgar por su página web de verdad tenía mucho trabajo. Aún no había encontrado la oportunidad de contarle que su relación había terminado- Y tú, ¿sigues sola?

–      ¿Sola? Siempre me ha hecho gracia… con lo liberal que te crees piensas que no querer elegir uno es estar sola

–      No quería decir eso.

–      Es lo que has dicho

–      Pero no es lo que quería decir. Por favor, no empieces a…

–      Vale, pero déjate de reproches. Si me llamas para esto la próxima vez puedes ahorrártelo.

El ventilador giraba y giraba sobre el sofá, removiendo el aire. En realidad no tenía calor, pero le gustaba que resonase su murmullo rítmico en la habitación. Apoyó el cuello sobre el respaldo de flores y perdió la mirada en las aspas, que huían y volvían sin poder librarse del eje.

–      Oye, ¿tú sabes exactamente lo que miran los dermatólogos?

–      Cómo que “exactamente”. ¿Te ha salido un lunar raro?

–      No, qué va. Vi la palabra el otro día en un cartel y…. Por cierto, mamá, ¿vas a venir a la boda de la prima?

–      Anda, menuda sorpresa. Pues no pensaba ir…más que nada que nadie me ha invitado.

–      -Mira, mamá. Si tú no vas, yo no voy.

Por primera vez hubo silencio. Un silencio corto aunque suficiente. El ventilador  ganó protagonismo sobre el sonido de ultramar, que desapareció.

–      ¿Mamá?

–      Sí, estoy aquí. No digas tonterías, irás a la boda, menudo disgusto se van a llevar si no. Oye, cariño, te voy a tener que dejar, que estas llamadas salen carísimas. Si quieres ya te llamo yo cuando encuentre un sitio donde salga mejor.

–      -Vale, no te preocupes. Tampoco hace falta que me llames si te viene mal, si total, tampoco ……hablar tampoco es que sea urgente.

–      -Ya. Un beso fuerte.

Colgó el teléfono en la pared y arrastrando las zapatillas de andar por casa volvió a sentarse en el sofá. Palpó sin mirar y el botoncito suave seguía pegado a él. Muy a su pesar los penes bonitos enfermaban igual que los feos. Hubiese deseado que alguien le solucionase el problema. Alguien que hubiese sabido si tenía que ir al dermatólogo o al urólogo, y si el médico de la plaza del Rey era de fiar, a pesar de su cartel; pero ya tenía 37 años. Y el resto de la gente tenía sus propios problemas.  Recorrió con las manos su cabeza barriéndola de adelante a atrás, intentando borrar la conversación. Después volvió a extender el cuello sobre el respaldo, resoplando. La imagen del ventilador apareció de nuevo pero esta vez cerró los ojos y recordó a su madre tal y como la había visto en los fotogramas de su último documental; sentada encima de unas esterillas descalza, con su pañuelo azul a la cabeza y pantalones orientales. Haciendo un esfuerzo de imaginación pudo ver en torno a ella sus cientos de enormes problemas, grandes como dinosaurios. LOS MOSQUITOS RODEABAN CON ANSIA LA MALLA QUE LA PROTEGÍA.

tamara lempickka

Continuara…..

Anuncios