Relato breve escrito por Mary Carmen

zapatillas 1.

El día que me decida a abandonarlo se lo diré, había pensado muchas veces. Por fin reuniré el valor necesario y se lo soltaré de un tirón, sin apenas tiempo para respirar, de pie con el abrigo puesto y sosteniendo mi pequeña maleta en la mano, con decisión. Con la puerta entreabierta y el ascensor esperándome. Sin mirarle a los ojos y sin permitir que su mirada me alcance.

– No me gusta estar en casa con zapatillas, así se lo he dicho, casi en un susurro. Pero con una resolutividad inquebrantable.

No sé muy bien cuándo empezó con todo aquello, él solía decir que para sentirnos cómodos lo mejor era llevar ropa deportiva y ponernos unas zapatillas para estar en casa. Al principio de nuestra convivencia en común, sin quitarnos nunca los zapatos, hablábamos durante horas de política y nos reíamos ante el frigorífico vacío y ante el desorden de una cama que reflejaba los encuentros excitados de un amor que se hacía cada amanecer, o a la caída de la tarde, o cuando la pasión nos sorprendía en mitad del pasillo sin importar la hora. Hablábamos sin pausa contándonos cada experiencia vivida en el breve tiempo que habíamos estado separados. No queríamos dejar de compartir cada instante para que no hubiese lagunas en nuestra convivencia. Salíamos a trabajar con la esperanza de restar horas al día para que nuestro reencuentro al caer la noche llegase cuanto antes y no se dilatase mucho la espera. Creo que fue por entonces cuando renuncié a la jornada partida y cuando me quedé embarazada. Pero, las complicaciones de un embarazo que se presentó difícil, me dejaron postrada en la cama durante algunas semanas anulando mis posibilidades de ascenso y después, cuando el niño se negó a nacer, se diluyeron en mí de forma fulminante las ganas de reincorporarme para siempre a mi puesto de trabajo.

 

zapatillasPor esa época fue, también, cuando aparecieron por primera vez las zapatillas junto a mi cama. Eran unas zapatillas de fieltro con cuadros rojos y verdes. Embutí mis pies en ellas con cierto temor y los primeros pasos tambaleantes me hicieron comprender que nunca más volvería a andar como lo había hecho hasta entonces. Era extraño, me había quedado vacía por dentro pero con una pesadez absoluta en las piernas que me impedía levantar los pies del suelo. Desde ese día solo arrastro los cuadros verdes y rojos por el parquet.

 

– No me gusta estar en casa con zapatillas, le he repetido cuando me ha mirado con unos ojos desorbitados fruto del más absoluto desconcierto.

 

Desde que las zapatillas llegaron y el bebé se fue, todo han sido cambios: la urgencia de mantener el frigorífico lleno, la comida invariablemente preparada a tiempo y la renuncia definitiva del trabajo. El estrés no es aconsejable si estás intentando ser madre. Las madres priorizan siempre. Por eso, por las mañanas después de calzarme mis zapatillas y preparar el desayuno, tener la casa lista y la compra hecha, me pongo mis gafas de leer y busco con afán en la publicidad del buzón las ofertas de la semana, me fijo con especial interés en todos los productos de limpieza y del hogar. Ahora soy una verdadera lince para encontrar los mejores chollos. Siempre ojeo los catálogos y en uno de ellos he encontrado batas a muy buen precio y me he comprado una, aunque todavía no me haya decidido a estrenarla. Lo que sí he hecho, hará unos días apenas, ha sido tirar todos mis zapatos, ocupaban demasiado espacio en los armarios.

 

El lunes pasado, de un calor insufrible,  algo fue diferente en mi rutina diaria y no sé muy bien a qué achacarlo. Ocurrió de pronto, cuando me senté en el sofá para ver la tele. Por las tardes veo mucho la tele, como estoy sola y cansada cojo el mando y salto de programa en programa; al contar con un solo sueldo en la casa, las jornadas laborales de mi marido son ahora mucho más extensas, y yo paso mucho tiempo sola.Él acude a numerosas comidas de negocio y realiza viajes con sus compañeras de oficina, con una de ellas suele coincidir bastante, es una mujer soltera con grandes expectativas en la empresa, según me ha comentado de pasada en alguna ocasión durante la cena. El lunes, sentada en el sofá, y fijándome con atención en la televisión, en el mueble me refiero y no en la programación, contemplé las miles de partículas de polvo suspendidas en el aire que se posaban con toda delicadeza sobre la pantalla del televisor y una vez allí desaparecían fundidas entre los colores que proyectaban las imágenes, mejor suerte corrían otras que se quedaban fijas y visibles sobre la superficie de la mesa, del mueble o de las hojas verdes de la planta cercana a la ventana y hasta incluso en la misma ventana también. Me levanté rápido para coger un trapo y limpiar de motas toda aquella estancia y entonces lo sentí. Me puse mis zapatillas. Percibí la gamuza adhiriéndose a mi piel, y ya no me pude contener. Saqué con repulsión mis pies y observé mis uñas impregnadas de mil pelusas incrustadas con la misma intensidad que el polvo en los muebles. Me sentí extraña y añoré, de pronto, con un dolor intenso las botas de tacón que me ponía las mañanas de lluvia con las que siempre perdía el autobús.

 

Por eso hoy se lo he dicho: no me gusta estar en casa con zapatillas.

 

Sé que debo salir rápido antes de que alguien llame al ascensor y ya no pueda bajar. No lo he mirado, ni tan siquiera cuando él prometía insistente que no volvería a pasar, que no habría más viajes y que a la compañera de altas expectativas ya no la vería más porque iba a cambiar pronto de empresa, parece ser que ya no es muy valorada por los jefes.

 

Hoy yo sólo me he preocupado de hacer mi maleta. No le he preparado la cena, ni siquiera me he parado a ver qué faltaba en el frigorífico. He esperado toda la tarde su vuelta y cuando ha llegado se lo he dicho con la puerta del piso abierta y el ascensor esperándome en el descansillo.

Al salir no me he vuelto, no lo he mirado, he cerrado y ahí mismo me he descalzado.

pies fianl

Al entrar en el ascensor he visto de refilón las zapatillas rojas y verdes abandonadas sobre el felpudo y una sombra oscura sobre la pared reflejando cuadros descoloridos e inconexos.

Fin…