Relato Breve escrito por Mary Carmen

 …

el autobús

Se debió de sentar a mi lado un par de paradas antes de que yo fuera consciente de su presencia en mi autobús, casi vacío a esas horas de la tarde pero, cada pasajero deja su impronta.


Llevo años haciendo el mismo recorrido, siempre en el 115. El itinerario del 115 me devuelve a casa. En alguna ocasión remota, sin darme cuenta, casi me subo en el 115 bis, pero no es lo mismo. A este, al bis, le han prorrogado tres paradas más el final. A mí me da igual yo me bajo mucho antes de la última.

Me gusta el asiento doble cercano a la puerta de en medio del autobús. Siempre hay sitio y sólo después de un rato, cuando circulamos por las calles céntricas de la ciudad, ocupan el asiento de al lado. Alguna vez mi compañero de viaje se repite, pero yo casi nunca me fijo en nadie. Aunque si el autobús se estrellara o hubiera un secuestro o un parto, entonces sí conocería al acompañante de mi lado al que nunca veo.

En el autobús apenas habla nadie y casi siempre hay silencio. Me molesta la voz metálica que me informa de la hora y de las líneas coincidentes con la 115, también con la 115 bis. Yo no la he visto subir, ni he sabido cuándo se ha sentado a mi lado. No sé en qué momento he tenido que prestar atención y observarla con detenimiento. En cualquier caso ha sido ya tarde.

Siempre miro desde la ventanilla, es como una tele grande de plasma, fotograma a fotograma la vida de los de afuera se ve como en televisión. En ocasiones la velocidad me impide distinguir con claridad y las situaciones se agolpan: la madre con el cochecito del niño se sube en el contenedor que la grúa levanta, los obreros miran con cara rara al motorista que hace una pirueta sobre el semáforo y, la ambulancia se adentra en el supermercado, después sale por la rampa del ayuntamiento dejando a su paso un reguero de coles de Bruselas. Cuando ves la vida en una tele de plasma se agiganta. El bus después de unos minutos frena. El rojo del semáforo pinta de carmín el cigarrillo de un viejito que dejó el andador olvidado en el árbol para saltar las rayas del paso de cebra, hay veces que el otro color del semáforo llena de verde el interior del autobús y los pasajeros se transforman en plantas. Yo no. Yo soy ámbar, resina fosilizada y piedra. Por eso no la noté. Tampoco escuché el ruidito al principio. Compruebo con desagrado que me he subido en el 115 bis. Mis sentidos despiertan y entonces lo he oído. Es el mecánico y persistente machaconeo de un pulsador de una cámara fotográfica cercana. Busco el origen del sonido pero cesa de pronto. Entonces la veo.

autobús rojoLa desconocida del asiento de al lado con un móvil en la mano a medio esconder en su regazo hace fotos indiscriminadas de mí. El 115 bis se detiene de repente. La mujer se baja. Intento en vano retener la fisonomía de la extraña de al lado. El autobús arranca rápido.

Me he despistado por completo y me saltado mi destino. Llegamos hasta la última parada del autobús bis, vacío de pasajeros verdes. No hay conductor, tampoco colores en el semáforo. No hay carretera. Desde el cristal se transparenta un descampado lleno de ancianos con cochecitos de bebés. Debajo de una señal de reciclaje se acumulan en una ladera infinita miles de móviles olvidados, todos encendidos. Salgo del autobús. Ella me espera bajo la marquesina del 115 bis. Tira su móvil al suelo, se lo alcanzo. Ella tiene ya otro en la mano, por los bolsillos de su abrigo le rebosan teléfonos que caen al suelo formando pequeños montículos abarrotados y desiguales. La imagen del salvapantallas en los móviles me sobrecoge. En todos aparece un mismo rostro, quizás mío. Pudiera ser… Yo tampoco lo recuerdo.

 

móviles
FIN…

Anuncios