….

Librería Molina

La chica de los pantalones vaqueros medio rotos, que dejaba asomar una braga blanca y alta por encima de la cintura, era Jenny.

Asistíamos a  la presentación del libro de poesías de una conocida autora novel. Quizás Jenny había sido invitada o quizás solo paseaba por la calle y se enamoró de las luces del local. El caso es que Jenny entró en la librería esa tarde y se arrastró en silencio de espaldas por las paredes repletas de libros hasta que alcanzó una silla vacía. Todas las sillas estaban vacías a esa hora.

En la librería hacía frio a esa hora temprana del inicio de la noche. Los grupos de amigos comenzaban a formarse  y eso aportaba algo de calor y mucho de ruido al local. Los primeros momentos en las presentaciones de libros son siempre fríos. Algunos, los más atrevidos, pedían cervezas en la barra instalada al fondo de las estanterías mientras los más cultos acomodaban sus tazas de té caliente entre las manos. Jenny estaba sentada en su aislado trono y miraba distraída a los corrillos de amigos. Las sillas contiguas a la suya permanecían vacías, ausentes al evento. A veces lanzaba tímidas miradas hacia los estantes repletos de libros, parecía nerviosa, hacia muecas con la boca, y los sofocos y toses los apagaba con el amargo sabor de la cerveza que un camarero le había acercado hasta su vacía silla contigua.

La autora, joven y muy bronceada, con ojos chispeantes ocupó el atril instalado de frente a las sillas vacías. Con un suave carraspeo de garganta avisó a la audiencia del inicio de la presentación. Los amigos se desagruparon, ocupando sus asientos y ella, la autora, comenzó a  desnudar los sentimientos que habían dado forma a los poemas de su libro. Jenny mantenía su  bobalicona sonrisa y pedía silencio para escuchar con mayor claridad la exposición argumental de la autora. Sobre el regazo, torpemente formado por unas piernas cortas cruzadas, descansaba el bolso.  Un bolso de cuero decorado con animadas mariposas de colores que ascendían por la correa enroscada al cuello. En la nuca de Jenny  se dejaba ver un frondoso jardín de mariposas verdes,  amarillas y azules. La cerveza apenas si tenía espuma, se mantenía aislada en el suelo, de frente al atril, esperando a su dueña que  ahora, rodeada de extraños, tenía ojos solo para la escritora.  

Los ojos de la sala se estremecieron cuando de manera inesperada y por la retaguardia del respaldo de una silla, emergió la gran braga blanca de Jenny. Una braga blanca que se mezcló entre la oratoria poética y las alabanzas de los concurrentes. Jenny solo ambicionaba llegar a su cerveza en silencio, pero no calculó con exactitud la distancia que la separaba del dorado líquido, y a la genuflexión de su cuerpo le acompañó el alzamiento del gran culo, que se elevó al cielo formado un ángulo recto con la horizontal de las miradas de los asistentes al evento. Entre risas burlonas y alguna laméntela, la poetisa paralizó su arenga poética, hasta que un caballero, muy sonriente y sentado a la derecha de Jenny dio paso a la sesión de preguntas, rompiendo así el encanto del momento..

  • ¿Cómo te inspiras para crear tus poemas? – Preguntó el caballero.

La escritora dio un suspiro profundo, apartó los cabellos con fingida suavidad y volvió a acomodar sus manos en el atril. Jenny también se acomodó de nuevo en la silla.

Unos tímidos aplausos dieron paso a la firma ejemplares. A Jenny le faltó paciencia para esperar a que la escritora finalizara de dar las gracias a los asistentes y se propulsó hacia el atril. Quiso ser la primera y una vez más sus cálculos no fueron exactos. Lo cierto es que Jenny nunca calculaba bien sus acciones y en este caso la fuerza de empuje para abandonar la silla se vio bloqueada por una traviesa correa. La correa de su travieso bolso de mariposas. Jenny quedó anclada. La correa se enganchó entre su cintura y el brazo, doblando a su antojo las piernas, que se doblegaron ante la resistencia de la coloreada correa. El resto de lo ocurrido en la sala fue obra de la ley de la gravedad, que ayudada por las mariposas, hicieron que la chica de la braga blanca emprendiera una vertiginosa caída con final inevitable a los pies del atril, que sobrepasado por el peso de su enorme culo cedió quedando decúbito prono.

La poesía finalizó y las miradas de los asistentes se fueron para contemplar los equilibrios que Jenny ejecutaba con algo de torpeza, para liberarse de las correas mientras las mariposas cubrían con alegría su enorme culo.

Todos respiramos aliviados cuando vimos caer al suelo el bolso. Jenny, aturdida por los efectos del baile, nos miró con vergüenza esbozó una tímida sonrisa y abrazó el libro de poesía que había rescatado del desastre. La autora lo firmo con asombro y un bolígrafo rojo. 

Después de la firma Jenny se arrastró de nuevo por las paredes de libros y aliviada alcanzó la salida de la librería. Abandonó el local igual que llegó, sola. Algunos creímos verla cuando pasaba por delante del escaparate. Caminaba ligera y feliz con un libro de poemas firmado entre sus manos.

Culos de Jeanne Lorioz trio

.

Relato breve escrito por Merche Postigo

 

Anuncios