Relato Breve escrito por Raymond Carver

Texto base en “Principiantes” – traducción de Jesús Zulaika

Coche Cadillac

….

Estaba su coche, y ninguno más, y Burt dio gracias por ello. Entró por el camino de acceso y se detuvo junto a la tarta que se le había caído la noche anterior. Seguía allí: el recipiente de aluminio volcado, el relleno de calabaza desparramado por el pavimento. Era viernes, casi mediodía, el día siguiente a Navidad.

El día de Navidad había ido a visitar a su mujer y a sus hijos. Pero Vera le había dicho de antemano que tenía que marcharse antes de las seis de la tarde, porque su amigo iría con sus hijos a cenar con ella y los suyos. Se habían sentado en la sala y habían abierto con solemnidad los regalos que él les había llevado. Las luces del árbol de Navidad parpadeaban en sus ramas. Había otros paquetes envueltos en papel brillante y atados con cintas y lazos al pie del árbol, a la espera de que fueran las seis. Burt miró cómo sus hijos Terri y Jack, abrían sus regalos. Y esperó mientras los dedos de Vera deshacían cuidadosamente el lazo y despegaban el papel celo del suyo. Una vez abierto el envoltorio, Vera abrió la caja y sacó el suéter de cachemir beige.

-Es bonito -dijo-.  Gracias, Burt.

-Pruébatelo -le dijo Terri a su madre.

-Póntelo,  mamá -dijo Jack-. Muy bien, papá.

Burt miró a su hijo, agradecido por su apoyo. Podría pedirle a Jack que fuera a verlo en bicicleta alguna mañana, durante aquellas vacaciones, y saldrían a desayunar juntos.

Vera se probó el suéter. Entró en el dormitorio, y salió pasándose las manos por la parte delantera.

-Es bonito -dijo.

-Te sienta de maravilla – dijo Burt, y sintió que se le henchía el pecho.

Abrió sus regalos: el de Vera, un vale de veinte dólares para la boutique masculina Sondheim’s; el de Terri, un peine y un cepillo a juego; el de Jack, pañuelos, tres pares de calcetines y un bolígrafo. Él y Vera tomaron ron con Coca­ Cola. Oscurecía fuera; eran las cinco y media. Terri miró a su madre, y se levantó y empezó a poner la mesa en el comedor. Jack se fue a su cuarto. Burt estaba muy a gusto donde estaba, enfrente de la chimenea, con un vaso en la mano, percibiendo en el aire el olor del pavo. Vera entró en la cocina. Burt se echó atrás en el sofá. De la radio del dormitorio de Vera llegaban unos villancicos. De vez en cuando Terri iba al comedor con algo para la mesa. Burt  vio cómo ponía servilletas de hilo en las copas de vino. Luego puso también un estilizado jarrón con una única rosa roja. Entonces Vera y Terri se pusieron a hablar en voz baja en la cocina. Burt acabó su copa. Un pequeño tronco de cera y serrín ardía sobre la rejilla de la chimenea con llamas rojas, azules y verdes. Se levantó del sofá y metió ocho troncos – todos los que había en la caja – en la chimenea. Se quedó mirándolos hasta que ardieron. Luego, camino de la puerta del patio, vio las tartas alineadas en el aparador, y se las puso sobre los brazos; eran cinco, de calabaza, carne picada…, Vera debía de pensar que iba a alimentar a un equipo de fútbol. Salió de la casa con ellas, pero en el camino de entrada, en la oscuridad, se le cayó una al suelo mientras buscaba la llave del coche.

Ahora orilló la tarta desparramada por el suelo y se encaminó hacia la puerta del patio. La puerta principal estaba siempre cerrada, desde la noche en que él había roto su llave dentro de la cerradura. Era un día nublado, de aire húmedo y constante. Vera estaba diciendo que él había tratado de quemar la casa la noche anterior. Es lo que les había contado a Ios chicos, y lo que Terri le había repetido a su padre cuando a la mañana siguiente él llamó para disculparse.

-Mamá nos ha dicho que anoche intentaste quemar la casa – le había dicho Terri, riendo.

Y él quería dejar las cosas bien claras. Y también quería hablar de todo en general.

Guirnalda de PiñasHabía una guirnalda de piñas colgada en la puerta del patio. Dio unos golpecitos en el cristal. Vera miró hacia él desde el interior, y frunció el ceño. Estaba en albornoz. Entreabrió la puerta.

-Vera, quiero disculparme por lo de anoche -dijo Burt-. Siento haber hecho lo que hice. Fue estúpido. Quiero disculparme ante los chicos, también.

-No están en casa -dijo ella-. Terri ha salido con su novio, ese hijo de perra de la moto, y Jack está jugando a l fútbol.

Siguió allí en el umbral, y él siguió en el patio, junto al filodendro. Él se quitó una pelusa que tenía en la manga de la chaqueta.

-No puedo soportar más escenas como la de anoche -dijo Vera-. Estoy harta, Burt. Trataste literalmente de quemarnos la casa.

-No es cierto.

-Sí lo es. Todos fuimos testigos de ello. Tendrías que haber visto la chimenea. Por poco le prendes fuego a la pared.

-¿Puedo  entrar un momento y lo hablamos? –dijo Burt-. ¿Vera?

Vera lo miró. Se ciñó el cuello del albornoz y se retiró unos pasos hacia el interior.

-Pasa -dijo-. Pero tengo que irme dentro de una hora. Y, por favor, trata de contenerte. No hagas nada esta vez, Burt. No vuelvas a tratar de quemarme la casa, por el amor de Dios.

-Vera, por Dios…

-Es verdad.

Burt no respondió. Miró a su alrededor. Las luces del árbol de Navidad parpadeaban intermitentemente. Había un montón de papeles de seda y cajas vacías en un extremo del sofá. La carcasa de un pavo ocupaba toda una bandeja en el centro de la mesa del comedor. Los huesos estaban limpios, y los restos de aire correoso descansaban erguidos sobre un lecho de perejil como sobre un horrible nido. Las servilletas, sucias, se hallaban diseminadas por toda la mesa. Algunos platos aparecían apilados, y las tazas y las copas de vino se habían dejado en uno de los extremos de la mesa, como si alguien hubiera empezado a recogerla y se hubiera echado atrás. Era cierto que la chimenea tenía manchas negras de humo en los ladrillos que ascendían hacia la repisa. Un gran montón  de ceniza llenaba la chimenea, en cuyo interior había también una lata de cola Shasta.

-Ven a la cocina -dijo Vera-. Haré un poco de café. Pero tengo que irme enseguida.

-¿A qué hora se fue tu amigo anoche?

-Si vas a empezar con eso será mejor que te vayas.

-Está bien, está bien.

Bicicleta Rota

Acercó una silla y se sentó en la mesa de la cocina, enfrente del cenicero grande. Cerró los ojos y los abrió. Movió la cortina hacia un lado y miró el jardín trasero. Una bicicleta sin la rueda delantera descansaba sobre el manillar y el sillín. Las malas hierbas crecían a lo largo de la valla de madera de secuoya.

-¿El Día de Acción de Gracias? -dijo ella. Echó agua del grifo en un cazo-.  ¿Te acuerdas del Día de Acción d Gracias? Dije entonces que sería la última fiesta que nos echarías a perder en la vida. Tener que comer huevos con beicon en lugar de pavo a las diez de la noche…  La gente no puede vivir así, Burt.

-Lo sé. Ya te he dicho que lo siento, Vera. Y lo he dicho en serio.

-Decir  lo siento ya no es suficiente, Burt. No lo es en absoluto.

El piloto luminoso se había apagado. Vera intentaba encender el gas sobre el que había  puesto el cazo con agua.

-No te quemes -dijo Burt-. No vayas a prenderte fuego.

Vera no contestó. Encendió el fuego.

Burt imaginó que a Vera se le prendía el albornoz, y que él saltaba de la mesa y se lanzaba hacia ella y la hacía caer al suelo y rodar varias veces hasta que salía de la cocina y llegaba a la sala, donde él se echaba sobre ella y la cubría con su cuerpo. ¿O quizá debía correr hasta el dormitorio para coger una manta y echársela encima?

-¿Vera?

Vera le miró.

-¿Tienes  algo de beber en la casa? ¿Te queda algo del ron de ayer? Me vendría bien una copa esta mañana. Para quitarme el frío.

-Hay algo de vodka en el congelador, y hay ron por alguna parte, si no se lo bebieron todo los chicos.

-¿Cuándo  has empezado a meter el vodka en el congelador?

-No preguntes.

-De acuerdo, no preguntaré.

Sacó el vodka del congelador, buscó un vaso y acabó sirviéndoselo en una taza que encontró en la encimera.

-¿Vas a bebértelo así, en una taza? Por Dios, Burt. Bueno, ¿y de qué querías hablar? Ya te he dicho que tengo que ir a un sitio. Tengo clase de flauta a la una. ¿Qué es lo que quieres, Burt?

-¿Sigues con las clases de flauta?

-Acabo de decírtelo. ¿Qué es, Burt? Dime lo que tienes en la cabeza, y me prepararé para irme.

-Sólo quería decirte que sentía mucho lo de anoche, para empezar. Estaba disgustado. Lo siento.

-Siempre  estás disgustado por algo. Estabas borracho y querías tomarla con nosotros.

-Eso no es cierto.

-¿Por qué viniste, entonces, sabiendo que teníamos planes? Podías haber venido la noche anterior. Te había dicho lo de la cena de anoche.

-Era Navidad. Quería traer los regalos. Todavía sois mi familia.

Vera no respondió.

-Creo que tienes razón en lo del vodka -dijo él-. Si tienes un poco de zumo me haré un combinado.

Vera abrió el frigorífico y movió cosas en su interior.

-No  hay más que zumo de manzana y arándanos.

-Está  bien -dijo  él.

Se levantó y se sirvió en la taza zumo de manzana y arándanos, y luego más vodka, y lo revolvió todo con el dedo meñique.

Tengo que ir al cuarto de baño -dijo  ella-. Discúlpame un momento.

ceniceroBurt apuró la taza de vodka con zumo de manzana y arándanos, y se sintió mejor. Encendió un cigarrillo y tiró la cerilla en el cenicero grande. El fondo del cenicero estaba lleno de colillas y de una gruesa capa de ceniza. Reconoció la marca que fumaba Vera, pero vio también colillas de cigarrillos sin filtro, y otros de otra marca, colillas color de lavanda con mucha pintura de labios. Se levantó y vació el cenicero en la basura de debajo de la pila. El cenicero era una pesada pieza de gres azul, con bordes levantados, que le habían comprado a un alfarero barbudo en el mercado de Santa Cruz. Era tan grande como un plato, y quizá era eso lo que pretendía ser: un plato o una especie de fuente, pero ellos lo habían  utilizado como cenicero desde el primer momento. Lo volvió a poner encima de la mesa, y aplastó en él la colilla.

El agua del cazo empezó a hervir justo en el momento en que se puso a sonar el teléfono. Vera abrió la puerta  del cuarto de baño y le gritó a Burt a través de la sala:

-¿Quieres contestar, por favor? Estoy a punto de meterme en la ducha.

El teléfono de la cocina estaba en una encimera del rincón, detrás de la bandeja del horno.  El teléfono seguía sonando. Burt levantó el auricular con cautela.

-¿Está Charlie? -preguntó una voz plana, sin inflexiones.

-No -dijo Burt-. Se equivoca. Éste es el 323-4464. Se ha equivocado.

-Está bien -dijo la voz.

Pero mientras se ocupaba  del café, el teléfono volvió a sonar. Y él volvió a cogerlo.

-¿Charlie?

-Se equivoca. Oiga, será mejor que compruebe el número otra vez. Mire el prefijo.

Esta vez dejó el auricular fuera de la horquilla.

Vera volvió a la cocina en pantalones vaqueros y jersey, y se cepillaba el pelo. Burt echó café instantáneo en las tazas de agua caliente, y añadió un poco de vodka a la suya. Luego llevó las tazas a la mesa.

Vera cogió el auricular, se lo llevó al oído,  escuchó y dijo:

-¿Qué ha pasado? ¿Quién era?

-Nadie -dijo él-. Se han equivocado de número. ¿Quién fuma cigarrillos de color de lavanda?

-Terri. ¿Quién más podría fumar esas cosas?

-No sabía que fumara -dijo Burt-. No la he visto nunca fumando.

-Bien, pues fuma. Supongo que aún no quiere hacerlo delante de ti -dijo ella-. Es de risa, si lo piensas. -Dejó el cepillo-. Pero lo de ese hijo de perra con el que sale…, ése es otro cantar. Es un tipo que causa problemas. Ha estado metiéndose en líos desde que dejó el instituto.

-Cuéntamelo.

-Te lo estoy contando. Es un mierda. Estoy muy preocupada, pero no sé qué hacer. Dios, Burt, todo me desborda. A veces una se pregunta…

Se sentó en la mesa, enfrente de Burt, y empezó a tomarse el café. Fumaron y utilizaron el cenicero. Había cosas que él quería decir, palabras de devoción y pesar, palabras de consuelo.

-Terri me roba la hierba, también, y se la fuma –dijo Vera-. Si es que quieres saber realmente lo que está pasando en esta casa.

-Dios  santo…  ¿También fuma eso?

Vera asintió con la cabeza.

-No  he venido aquí a oír eso.

-¿A qué has venido, entonces? ¿No te llevaste todas las tartas anoche?

Burt recordó haber colocado las tartas en el suelo del coche la noche anterior, antes de irse. Luego había olvidado todo lo referente a esas tartas. Seguían en el coche. Durante un instante pensó que debería decírselo a Vera.

-Vera -dijo-.  Es Navidad. Por eso he venido.

-La  Navidad ha pasado, gracias a Dios. La Navidad ha venido y ha pasado -dijo-. No tengo ganas de más fiestas. Jamás tendré ganas de más fiestas mientras  viva.

-¿Y qué pasa conmigo? -dijo él-. Yo tampoco  tengo ganas de  más fiestas, puedes creerme. Bueno, ahora sólo nos queda la de Año Nuevo.

-Puedes emborracharte -dijo Vera.

-En ello estoy -dijo  él, y sintió que se le removía la ira.

El teléfono volvió a sonar.

-Es alguien que pregunta por Charlie -dijo él.

-¿Qué?

-Charlie -dijo él.

Vera cogió el teléfono. Le dio la espalda a Burt mientras contestaba. Luego se volvió hacia él y dijo:

-Voy a hablar en el dormitorio.  ¿Serás tan amable de colgar cuando yo lo coja allí? Me daré cuenta si no lo haces, así que cuelga en cuanto me oigas.

Burt no respondió, pero cogió el teléfono. Vera salió de la cocina. Él se llevó el auricular a la oreja y escuchó, pero al principio no pudo oír nada. Luego alguien, un hombre, se aclaró la garganta al otro lado de la línea. Oyó cómo Vera levantaba  el auricular  en el dormitorio, y le gritaba:

-Está bien, puedes colgar, Burt. Ya lo he cogido. ¿Burt?

TelefonoBurt puso el auricular en la horquilla, y se quedó  mirándolo. Luego abrió el cajón de la vajilla de plata y revolvió las cosas en su interior.  Luego buscó en otro cajón. Luego buscó en la pila. Y al final pasó al comedor y encontró el cuchillo de trinchar en la fuente. Volvió a la cocina y lo puso debajo del agua caliente hasta que la grasa empezó a disolverse. Secó la hoja en la manga. Fue hasta el teléfono, dobló el cable con la mano y lo cortó -primero el revestimiento plástico, luego los hilos de cobre– sin la menor dificultad. Examinó  los extremos. Y finalmente  empujó el teléfono hasta su rincón, junto a las latas.

Vera entró en la cocina y dijo:

-Se ha cortado la comunicación mientras estaba hablando. ¿Le has hecho algo al teléfono, Burt?

Miró el teléfono, y luego lo cogió del rincón de la encimera. De él colgaba un cordón verde de aproximadamente un metro.

-Hijo de puta -dijo-. Bien, se acabó. Fuera, fuera, fuera… Vuélvete a donde tienes que estar. -Agitaba el teléfono hacia él-. Se acabó, Burt. Voy a pedir una orden de alejamiento, eso es lo que voy a hacer. Vete de aquí ahora mismo, antes de que llame a la policía. -El teléfono hizo ding al dejarlo caer con fuerza sobre la encimera-. Iré a la casa de al lado y llamaré a la policía si no te vas ahora mismo. Eres destructivo, eso es lo que eres.

Él había cogido el cenicero y estaba retrocediendo unos pasos de la mesa. Mantenía el cenicero asido por el borde, con los hombros encorvados. Su postura era la de alguien que se dispone a lanzar el objeto circular que tiene en la mano, la de un discóbolo.

-Por favor -dijo ella-. Vete. Burt, ése es nuestro cenicero. Por favor. Vete.

Salió por la puerta del patio después de decirle adiós. No estaba seguro, pero creía que había demostrado algo. Confiaba en haber dejado claro que aún la amaba, y que sentía celos. Pero no habían hablado. Pronto tendrían que tener una conversación seria. Había  cosas que tenían que solucionar, cosas importantes que aún tenían que discutir. Volverían a hablar. Quizás después de que acabaran aquellas fiestas y las cosas volvieran a la normalidad.

Orilló la tarta desparramada por el suelo del camino de entrada y montó en el coche. Arrancó y metió la marcha atrás. Bajó hasta la calle. Metió la primera e inició la marcha hacia delante.

Fin…

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