Relato breve escrito por Raymond Carver

Texto base en “Principiantes” – traducción de Jesús Zulaika

Una cosa más Raymond Carver

La noche en que, al volver del trabajo, encontró  a su marido otra vez borracho e insultando a Bea, la hija de quince años de ambos, Maxine le dijo a L.D. que se fuera de casa. L.D. y su hija estaban en la cocina, discutiendo. Maxine no tuvo tiempo  ni de dejar el bolso ni de quitarse el abrigo.

Bea dijo:

– Díselo, mamá. Dile lo que hemos hablado. Está en su cabeza, ¿no es eso? Si quiere dejar de beber, lo único que tiene que hacer es decírselo a sí mismo. Todo está en su cabeza. Todo está en la cabeza.

– ¿Crees que todo es tan sencillo? -dijo L.D. Hizo girar el vaso en la mano, pero no bebió. Maxine le dirigió una mirada fiera e inquietante -. Eso es pura mierda -dijo él-. No metas la nariz en cosas de las que no tienes ni idea. No sabes lo que estás diciendo. Es difícil tomarse en serio a alguien que se pasa el día leyendo revistas de astrología.

– Esto no tiene nada que ver con la astrología, papá –dijo Bea-. No tienes por qué insultarme.

Bea llevaba seis semanas sin ir al instituto. Decía que nadie conseguiría hacerla volver. Y Maxine  decía que ésa era otra tragedia más en una larga cadena de tragedias.

– ¿Por qué no lo dejáis ya? -dijo Maxine-. Dios mío, ya me ha empezado a doler la cabeza. Esto ya es demasiado, L.D.

– Díselo, mamá -dijo Bea-. Mamá piensa lo mismo. Si te dices a ti mismo que lo dejes, puedes dejarlo. El cerebro puede hacer cualquier cosa. Si tienes la preocupación de que vas a quedarte calvo (y no estoy hablando de ti, papá), se te caerá el pelo. Todo está en la cabeza. Cualquiera que sepa un poco de estas cosas podrá decírtelo.

– ¿Y qué me dices de la diabetes? -dijo él-. ¿Y de la epilepsia? ¿Puede el cerebro controlar eso? -Levantó el vaso hasta un poco más abajo de los ojos de Maxine, y bebió lo que quedaba en él.

-La diabetes también -dijo Bea-. La epilepsia, ¡lo que sea! El cerebro es el órgano más poderoso del cuerpo. Puede hacer todo lo que le pidas que haga.

TabacoCogió el paquete de cigarrillos de su padre de la mesa, y se encendió uno.

– ¿Y el cáncer? ¿Qué me dices del cáncer? -dijo L.D-.¿Puede impedir que tengas un cáncer? ¿Bea? -Creyó que la tenía acorralada. Miró a Maxine-. No sé cómo ha empezado todo esto -dijo.

-El cáncer -dijo Bea, y sacudió la cabeza ante la simpleza de su interlocutor-. El cáncer también. Si una persona no tuviera miedo de enfermar de cáncer, nunca enfermaría de cáncer. El cáncer empieza en el cerebro, papá.

-¡Qué locura es ésa! -dijo él, y golpeó la mesa con la palma de la mano. El cenicero brincó. Su vaso se volcó hacia Vaso whisky-Una cosa másun lado y rodó hacia Bea-. Estas loca, Bea, ¿lo sabes? ¿De dónde te has sacado toda esa mierda? Porque eso es lo que es. Mierda, Bea.

-Ya basta, L.D. -dijo Maxine. Se desabrochó el abrigo y dejó el bolso en la encimera. Miró a su marido y dijo:

-Ya estoy harta, L.D. Y Bea también. Y todos los que te conocen. He estado dándole vueltas. Quiero que te vayas de esta casa. Esta noche. Ahora mismo. Y te estoy haciendo un favor, L.D. Quiero que te vayas de esta casa antes de que vengan a sacarte en una caja de pino. Quiero que te vayas, L.D. Ahora mismo -dijo-. Algún día te acordarás de esto. Algún día te acordarás de esto y me darás las gracias.

L.D. dijo: -¿Sí, eso haré? Algún día me acordaré de esto. -dijo-. Eso crees, ¿de veras?

L.D. no tenía la menor intención de irse a ninguna parte, ni en una caja de pino ni de ninguna otra forma. Su mirada se desplazó de Maxine a un tarro de encurtidos que estaba en la mesa desde el almuerzo. Lo cogió y lo arrojó -rozando casi el frigorífico- contra la ventana de la cocina. Los cristales cayeron al suelo o quedaron sobre el alféizar de la ventana, y los encurtidos salieron por el aire surcando la noche fría. Luego agarró con fuerza el borde de la mesa.

Bea había saltado de la silla.

-¡Dios, papá! eres el loco -dijo.

Se quedó junto a su madre, respirando por la boca entrecortadamente.

-Llama a la policía -dijo Maxine-. Está violento. Sal de la cocina antes de que te haga daño. Llama a la policía -dijo.

Empezaron a retroceder hacia la puerta de la cocina. Durante un momento, L.D. recordó de un modo demente a dos ancianos que retrocedían también: la una en camisón y bata, el otro con un chaquetón  negro que le llegaba a las rodillas.

– Me voy, Maxine -dijo-. Me voy ahora mismo. Me viene de perlas. Estáis locas las dos. Ésta es una casa de locos. Hay otra vida ahí fuera. Creedme: ésta no es la única vida que existe.

Sintió en la cara la corriente de aire que entraba por la ventana rota. Cerró los ojos y los abrió. Seguía con las manos aferradas al borde de la mesa, y mientras hablaba la hacía oscilar hacia delante y hacia atrás sobre las patas.

-Confío en que no – dijo Maxine. Se había detenido en la puerta de la cocina. Bea la rodeó y pasó a la pieza contigua-. Bien sabe Dios que todos los días rezo para que sí haya otra vida.

-Me voy -dijo  él. Dio una patada a su silla y se apartó de la mesa, enderezándose-. Y no volveréis a verme más.

-Me has dejado montones de cosas por las que voy a recordarte, L. D. -dijo  Maxine.

Ahora estaban en la sala. Bea estaba a su lado, y parecía incrédula y asustada. Agarraba la manga de su madre con los dedos de una  mano, y sostenía el cigarrillo entre los dedos de la otra.

-Dios, papá, sólo estábamos hablando -dijo.

-Venga, vete, L. D. -dijo  Maxine-. Soy yo la que paga el alquiler, y te digo que te vayas. Ahora mismo.

-Me voy -dijo L. D.-. Me voy de este manicomio.

Una cosa más-Raymond CarverFue al dormitorio y sacó del armario una de las maletas de Maxine. Era una vieja maleta marrón de piel sintética, con uno de los cierres rotos, que Maxine, en sus tiempos de estudiante, llenaba de jerséis Jantzen cuando hacía el equipaje para ir a la facultad. Él también había ido a la universidad. Había sido años atrás, y en otro lugar. Tiró la maleta sobre la cama y se puso a meter la ropa interior, los pantalones y las camisas de manga larga, los suéters, un viejo cinturón de cuero con una hebilla de latón, todos los calcetines y pañuelos. De la mesilla de noche cogió unas revistas, a modo de material de lectura. Cogió el cenicero. Metió todo lo que pudo en la maleta, todo lo que le cupo en ella. Acopló el cierre que no estaba roto de la maleta, y apretó la correa para asegurarla. Y entonces se acordó de sus cosas de aseo. Encontró el neceser de plástico en una balda del armario, detrás de los sombreros de Maxine. Era el regalo de cumpleaños  de Bea de hacía uno o dos años, y metió en él la maquinilla y la crema de afeitar, los polvos de talco y la barra de desodorante, el cepillo de dientes. Metió también la pasta de dientes. Oía a Maxine y Bea en la sala, hablando en voz baja. Después de lavarse la cara y de secarse con la toalla, metió la pastilla de jabón en el neceser. Y acto seguido añadió la jabonera y el vaso para enjuagarse la boca. Se le ocurrió  que si se llevaba unos cubiertos y un plato de metal, podría ir tirando durante bastante tiempo. No pudo cerrar el neceser, pero estaba listo para irse. Se puso el abrigo y cogió la maleta. Fue a la sala. Maxine y Bea dejaron de hablar. Maxine rodeó los hombros de Bea con el brazo.

– Esto es un adiós, supongo – dijo L. D., y se quedó esperando-. No sé qué puedo añadir, a no ser que imagino que no volveré a verte nunca más – le dijo a Maxine. No tengo intención de hacerlo, en cualquier caso. Y a ti tampoco -le dijo a Bea -. Tú y tus ideas de chiflada…

-Papá… -empezó a decir Bea.

-¿Por qué haces lo imposible por seguir metiéndote con ella? -dijo  Maxine. Cogió la mano de Bea-. ¿No has hecho ya bastante daño en esta casa? Vete, L. D.  Vete y déjanos en paz.

-Está todo en tu cabeza, papá. Recuérdalo -dijo Bea – ¿Adónde vas? ¿Puedo escribirte? -le preguntó.

-Me voy, es todo lo que puedo decir -dijo L. D.-. A cualquier sitio. Lejos de esta casa de locos -dijo-. Eso es lo principal. – Echó una ojeada final a la sala; luego se pasó la maleta de una mano  a otra y se puso el neceser bajo el brazo-. Estaremos en contacto, Bea. Cariño, siento haber perdido  los estribos. Perdóname,  ¿quieres? ¿Me perdonarás?

– Eres tú el que ha hecho de esta casa un manicomio – dijo  Maxine-. Si ésta es una casa de locos, L. D., tú has conseguido que lo sea. Tú  tienes la culpa. No lo olvides, L. D., mientras vas allí donde vayas.

L.D. puso la maleta en el suelo, y dejó el neceser encima de la maleta. Volvió a erguirse y se encaró con su mujer y su hija. Maxine y Bea recularon.

– No  digas nada más, mamá -dijo Bea. Entonces vio el tubo de pasta de dientes asomando por la abertura del neceser, y dijo-: Mira,  papá se lleva la pasta de dientes. Papá, por favor, no te lleves la pasta de dientes.

-Puede llevársela -dijo Maxine-.  Deja que se la lleve; y que se lleve todo lo que quiera, con tal de que se vaya de aquí ahora mismo.

L.D. volvió a ponerse el neceser bajo el brazo, y cogió de nuevo la maleta.

-Sólo quiero decir una cosa más, Maxine. Escúchame. Y no lo olvides -dijo-. Te quiero. Te quiero pase lo que pase. Y también te quiero a ti, Bea. Os quiero a las dos.

Se quedó allí ante la puerta, y empezó a sentir un hormigueo en los labios al mirarlas en la que acaso iba ser la última vez.

-Adiós -dijo.

-¿A esto le llamas tú amor, L.D.? -dijo Maxine.

Soltó la mano de Bea. Y apretó el puño. Luego sacudió la cabeza y se metió las manos en los bolsillos del abrigo. Se quedó mirándole fijamente, y después bajó los ojos y miró algo que había en el suelo, cerca de los zapatos de L.D.

A L.D. le vino de pronto a la cabeza, como un mazazo, que habría de ser así como recordaría aquella noche y a Maxine. Le aterrorizó pensar que en los años venideros ella tal vez se convertiría en una mujer que él ya no sería capaz de identificar, una figura muda con un abrigo largo, de pie en medio de una sala iluminada, con los ojos bajos.

-¡Maxine! -gritó-. ¡Maxine!

-¿Es esto el amor, L.D.? -dijo, fijando la mirada en él. Sus ojos eran terribles y profundos,  y él mantuvo su mirada todo el tiempo que le fue posible.  

.Abandonando la casa

Fin..

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