Entre sabanas-Sin titulo
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Los acontecimientos se sucedían demasiado veloces para su gusto. En esos días de verano todo pasaba por delante de sus ojos con precipitación. Estaba en plena canícula de Julio sola en Madrid, todos los amigos habían cambiado el calor sofocante de la ciudad por la brisa de las abarrotadas playas de Alicante. Ella prefirió la cálida soledad de la ciudad.

Era domingo y no había prisa para nada. Se despertó agitada y cubierta de sudor. La noche había sido frenética pero, de nuevo, no se atrevió a detener el sueño. Miró el techo de la habitación y suspiró aliviada, alargó sus adheridos huesos, como si de su vieja gata se tratara, intentando alcanzar los barrotes de hierro que había a los pies de la cama, hasta que el gemelo de la pierna izquierda se montó con la tibia y le dieron un inesperado giro a su despertar. El dolor rompió sus ensoñaciones y la devolvieron a la realidad. La borrachera y los tacones de aguja de la noche anterior le vinieron a la memoria y se prometió no volver a beber. El paso del tiempo estaba siendo inexorable con ella y ya no se recuperaba con la facilidad y rapidez de antes cumplir los cuarenta.

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Telefono-Sin tituloEl teléfono le dio la excusa definitiva para desistir de una mañana tranquila. Primero sus músculos no habían encontrado los chacras y ahora era el teléfono que molestaba con su estridente sonido. Recordó que tenía que cambiar el tono del móvil. Empezaba a odiar el día y aún no se había levantado de la cama. Muy a su pesar abandonó el catre, y encaminó su dolorido cuerpo hasta el chifonier, donde descansaba todas las noches su teléfono, que ahora se retorcía como una culebra de río descubierta por un niño. Deslizó el dedo índice por la pantalla y contestó con apatía. Al otro lado del aparato alguien le habló. La expresión del rostro mutó y su apatía inicial dio paso a un visible enfado que ella acompañó con gritos y algún contundente insulto. Magda había conseguido en la vida todo lo que se había propuesto, y tenía lo que deseaba, incluido un alto nivel de autocontrol. Pero estaba cansada. “¡Esta maldita resaca!” Pensó “precisamente ahora”. Su gesto se contrajo al tiempo que lanzó con fuerza el teléfono al centro de la cama y dejó escapar su furia en un grito liberador:“Maldita sea. ¡Mierda!”.

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Un sábado por la tarde de hacía diez años, mientras dormitaba, abrazada a él en el sofá, también sonó el teléfono. Manu se acercó el auricular a la oreja libre y asintió con la cabeza. Ella lo observaba recostada en su pecho. Compartían respiración. No se escuchaba nada. Solo después de unos segundos, que le parecieron minutos, oyó como Manu decía “Si, de acuerdo” y daba por finalizada la llamada. “¿De acuerdo?” – Preguntó – .”¿ De acuerdo con qué?” – volvió a preguntar. Magda levantó la cabeza , se incorporó Y permanecieÓ sentada en el sofá. A su lado Manu no daba signos de querer saciar la curiosidad de su compañera de siesta. Le llevó un tiempo responder. Después, balbuceó algunas palabras explicando el motivo de su afirmación telefónica. Magda las vio cruzar la sala. Las vio cortar con saña todo lo que rozaban en su camino. No supo apartarse y en algún momento de esa siesta resultó herida.

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Bailando-Sin tituloSe habían conocido aquel verano en el que Guisseppe decidió hacer la fiesta de bienvenida a la nueva estación en la terraza de su casa. Manu llegó solo y algo cabizbajo. Magda, como era de esperar, apareció radiante y sola. Aquel baile iba a despertar los sentimientos anestesiados de una mujer dormida. Con alguna copa de más en el cuerpo y ante el asombro de los invitados y amigos, Manu rodeó la cintura de Magda y con un movimiento torpe la acompañó al centro de la terraza, una pista improvisada de baile. Sonaba una salsa Dominicana y a ella, ese gesto torpe, pero atrevido de él, la despertó y se dejó llevar. A la semana siguiente Manu se trasladó a vivir a casa de Magda. El sexo fue el principal aliciente aunque la convivencia consiguió enamorarlos. Si bien la sombra de la otra no les abandonó en su corta relación. “Me pide que vuelva” – le dijo Manu. La mujer sentada en el sofá del salón no quería creer lo que  acababa de escuchar. “Pero ¿qué coño estás diciendo?” – le gritó enfadada. “¿Quién te ha llamado? ¿tu puñetera ex mujer? ¡Ahora quiere volver! ¿De qué me estás hablando?”- Las preguntas fluían sin respuestas. La decisión estaba tomada, hacía tiempo, y había sido muy meditada, le respondió Manu. Él parecía decidido y a ella le molestó comprobar que en el rostro de su pareja se instalaba la misma expresión amable y torpe de su primer baile. La miró y con su mirada lo dijo todo. Estaba decidido, se iba, la dejaría sola, volvería con la otra. Magda había pensado tanto en aquella mujer, sabía de su existencia, era la que lo había abandonado, pero nunca había querido hablar de ello. Era feliz y él había sanado sus heridas a su lado, heridas que ella supo curar con amor y deseo. Había sido una presa fácil. Como una leona herida y aun sabiendo que tenía la guerra perdida inició la batalla: “Vas a volver con ella” – le dijo Magda serena y con la cabeza agachada mirando sus manos – “y yo, no tengo nada que aportar en esta, tú decisión” – Reflexiones en voz alta a las que él no replicó.  “Te podría exponer muchos argumentos por los que no deberías irte. Pero no quiero. Simplemente no lo entiendo. Te pido que no te marches, te lo pido por favor”. Pero sus súplicas no arrancaron reacción alguna en él, y dieron paso a los reproches de ella. “Me has estado mintiendo. Durante todo este tiempo me has utilizado” Argumentaba Magda, pero la decisión de Manu no parecía tener fracturas, y eso la enfurecía mucho más. ”No tienes ningún derecho a jugar con mi felicidad, con mis sueños, con mi vida…” – gritaba – La ira de Magda fue “in crescendo” hasta que no pudo contenerla más. Se levantó con rabia del sofá, enojada. Manu retrocedió. “¡Vete! Lárgate de mi vista” – Gritó – “no quiero tenerte más tiempo en mi casa”. Y, a continuación, él vio con una mezcla de miedo y estupor como, su hasta ahora dócil compañera, traspasaba el cristal de la puerta del salón con el puño derecho. Cuando el último trozo de vidrio espumilló el suelo, el silencio se apoderó de la sala. La mano de Magda comenzó a sangrar. Él viró el pomo de la puerta. La amaba, no había discusión sobre eso, pero….. Siempre había un pero. “Eres fuerte, eres una mujer muy fuerte y valiente y superarás esto…. “Aún se escuchaban sus palabras en el recibidor cuando Magda sintió el ruido de la puerta al cerrarse. Se acurrucó en el sofá, cubrió la herida con la mano sana y se derrumbó. Lloraba sin consuelo porque sabía que él estaba en lo cierto, tenía razón, ella se sentiría bien muy pronto. 

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Sin finalHan transcurrido diez años y de aquella herida solo quedaba una cicatriz rosácea. Los recuerdos empezaban a fluir con naturalidad, tranquilos sin emotividades. Magda había aprendido a vivir con su racionalidad, a controlar sus emociones, pero el teléfono no dejaba de sonar en sus sueños. Y sonó de nuevo. No quiso responder. Dejó el móvil de nuevo encima del chifonier, salió al pasillo con calma y se dirigió al baño, levantó la tapa del inodoro, se recogió el cabello con la mano izquierda y apoyada en la cisterna vomitó toda su vida, incluida la  pasada noche. Decidió terminar el día y volvió a la cama. Tumbada encima de las mantas miró de nuevo al techo, y deseó retroceder el tiempo, cambiar las cosas, incluso desviar los deseos, pero era tarde, o quizás no. Se debatía entre las dudas, tan angustiada por la cantidad de preguntas que se le agolpaban en la mente, que no podía recordar cuando se quedó dormida. ¿Y si todo ha sido un sueño?. Se preguntó a la mañana siguiente, cuando se levantó. Buscó con la mirada el teléfono y lloró. No tenía ninguna llamada perdida.

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Fin…

Relato Breve escrito por Merche Postigo