mujer tras la puerta

          Es la primera vez. Todas han tenido una primera vez. Desde el otro lado también hay una primera vez. Bloquear el pasado, sin una mirada de recelo, ni de nostalgia. El día de la entrevista Olga se sintió cohibida, un sudor frío le recorrió las manos y hasta la voz le temblaba un poco. Sin embargo, ahora el absoluto convencimiento de que esta es la salida más rápida y eficaz le hace tomar aplomo.

Mientras espera analiza los objetos de su alrededor, todo dispuesto bajo un orden milimétrico de decoración en serie, cara pero sin personalidad, propia de los hoteles lujosos. Se mira de pie frente al espejo y su figura reflejada le devuelve la imagen de una mujer atractiva, vestida de lencería de encaje negro. Una completa extraña. Algo nerviosa, sin saber muy bien qué hacer, se asoma a la ventana y ve una amplia avenida repleta de coches con árboles a ambos lados. En ese momento, llaman a la puerta. Se gira un poco indecisa y abre. Su primer cliente acaba de llegar.

Olga lo mira de frente, como cuando era pequeña y su padre mirándole fijamente a los ojos le decía:

  • Olguita, siempre de frente, hagas lo que hagas de cara. Con el orgullo de nuestra estirpe y nuestra raza.

Todo fue bien, los veranos al sol y los inviernos de frío de ese que corta el aliento y el pensamiento. Y Olga soñando con una vida diferente cuando los años le trajeran otros sueños sin frío y con ventanas por donde salieran las lágrimas de su madre y la angustia adherida a las paredes de la casa, mientras su padre prorrogaba su fracaso a otra oportunidad que nunca llegó.

Olga intenta sonreír pero solo se materializa en una mueca de dolor que emborrona la belleza de su cara, y el extraño atraviesa la puerta. Olga ve el traje, de ejecutivo caro, como el hotel en el que están, los zapatos de piel fina, una corbata de seda y unos ojos penetrantes de color azul cielo, del mismo azul del vestido que la acompañó toda la adolescencia y que nunca se puso, prefería la comodidad de unos viejos vaqueros a aquel vestido arreglado después de que su madre lo llevara más de media vida y que siempre le recordaba el esplendor de su familia en una época que ella no conoció . Olga se cierra a los recuerdos que la bambolean por dentro.

  • Olguita siempre de frente… se recuerda a ella misma.

El extraño se acerca con decisión, y acaricia su pelo con un ritual de cortejo aprendido, sin torpeza y aún con poco deseo. La cara del hombre roza apenas la suya y Olga instintivamente se aleja en un acto reflejo. Las miles de señales que marcan el rostro del hombre que orgulloso se pasea delante de ella le producen repugnancia y dolor. Las caras marcadas por la viruela intensa y corrosiva que arrasó para siempre con las escasas sonrisas de la madre y que a los pocos días aniquiló al padre, quizás no fueron sólo los granos, ni la fiebre, ni la intensidad de una enfermedad virulenta en un cuerpo débil, fue la renuncia a la lucha. Y Olga se llenó de granos, el cuerpo y el alma, pero no el rostro que, frente al deterioro del resto, se perfiló cada vez más bello.

Olga mira la cama gigantesca y al hombre desvestirse lento sentado a los pies, y ve su sonrisa enmarcada en dientes blancos en una cara de señales, estigmas repugnantes de un tiempo pasado. Y, Olga tiembla. Se acerca, pero tiembla, impasible, como cuando no hubo oportunidades para ella, no hubo colegios, ni fiestas de cumpleaños. Sólo la herencia del fracaso y el contagio del desencanto. Olga se encara, se ha preparado para esto, cuidó su cuerpo hasta adaptarlo a las medidas del mercado, invirtió en cultura para salir del paso y soñó con que una vez pasado el primer trago triunfaría un final de película.

Pero, en la habitación de serie, no hay tiempo para el desenlace de cuento, tan sólo la cara de viruela del extraño, contagiando de miseria sus sueños.

Y el extraño que la solicita, y el extraño que la abraza y la besuquea y la arrastra… y Olga bloqueando los recuerdos que la asaltan y la vuelven vulnerable y pequeña. Y el cliente que la mira, de fijo y de frente, y condescendiente la acaricia de nuevo con la misma frialdad del inicio…

    Ay, Olga… Olguita, lo que a ti pasa es que yo te recuerdo a tu padre.

H. Toulouse Lautrec

Fin..

Relato breve escrito por Mary Carmen

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