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El piso de Lola es estupendo, todo exterior, con calefacción central, en un edificio de primera línea en una de las calles más prestigiosas de la ciudad. Toda la casa está orientada al sur, así que el sol la calienta y la ilumina desde primera hora de la mañana hasta que se oculta. Esto es así durante todo el año.

A Lola le gusta la decoración y el diseño. Ha decorado con muy buen gusto el piso, sobre todo el salón, todo en maderas nobles, con sofás de piel y muebles señoriales con espejos que proyectan nuevas dimensiones a un tamaño ya de por sí muy amplio. Su marido siempre ha sido un buen anfitrión y le gusta invitar a los amigos a cenar en casa, todos opinan que es un lugar muy acogedor y confortable. Suelen terminar estos encuentros con un buen vaso de whisky, todos sentados en los cómodos sillones, que los acogen en abrazos cálidos impidiéndoles levantarse, las veladas se prolongan hasta altas horas. Más de una noche, algunos de los amigos más cercanos se duermen plácidamente en un sueño reparador, Lola los deja descansar. Por eso, la encimera de la gran cocina siempre está llena de fuentes y cacerolas con exquisitos majares. A Lola le encanta tener la casa llena de gente y cocinar, no sólo para los invitados, sobre todo, para su familia, sus hijos le dicen que es la mejor cocinera del mundo. Quizás exageren un poco, pero, lo cierto, es que siempre repiten de algún plato. A ella no le extraña de Pablo, que come como una lima, pero no deja de admirarse con Roque que es un melindres de todas todas y nada le gusta, en casa, sin embargo, se pone las botas. Y, hasta Tina, en los últimos tiempos se acerca a la cocina cuando Lola prepara la comida porque dice que quiere aprender a cocinar antes de marcharse al extranjero, para cuando se vaya a vivir sola con el intercambio que le han concedido en la universidad.

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Ahora Lola, casi siempre, tiene visitas, todas las tardes a las seis llega alguien, parejas de todo tipo, con hijos, sin hijos, hasta algún soltero bohemio y rico que quiere más espacio para su taller de pintura o su estudio de música. Lola les explica las cualidades del piso, que está insonorizado y no se oyen los coches de la calle, que los vecinos son amables e independientes, que nadie se mete en la vida de los demás y que, apenas, hay ruidos. Las mañanas que espera visita, Lola se esmera más que otros días en una limpieza a fondo, deja relucientes los baños, limpia el polvo y pone las colchas más bonitas en las camas. Eso sí, apenas mueve las carpetas que Tina deja abiertas en su escritorio, ni toca las zapatillas de Pablo, las viejas, las que se pone en los partidos decisivos de baloncesto porque, aunque están hechas una porquería, él dice que le dan suerte. La habitación de Roque siempre está ordenada porque no soporta el desorden, es una delicia entrar en ella.

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Lola aprendió a manejar el ordenador el tiempo que trabajó en la gestoría, apenas unos meses, porque ya veía que los chicos eran mayores y hasta que Pedro, su marido, se jubilase a ver en qué iba a emplear ella el tiempo libre que le quedara. Nunca había pensado que sus escasos conocimientos de informática le iban a servir para poner un anuncio en la red para la venta de su casa. La mejor época para las ventas es, sin duda, la primavera, cuando la gente se anima a visitar inmuebles llevados de un afán de renovación que les altera por completo los hábitos y la mente. Esta es una verdad incuestionable que Lola cree con firmeza; por eso, cada 21 de marzo, pone el anuncio de su casa en Internet y ahí lo mantiene hasta bien entrado julio que con los calores, ella se sofoca y ya no quiere visitas y, menos aún después, en septiembre cuando la luz del día y del año se apaga y ya sólo se nota la certidumbre del invierno y de la muerte.

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La visita de aquella tarde, llega puntual como todas, una pareja simpática de mediana edad. Como siempre Lola indaga un poco acerca de las razones que les han llevado a afrontar, en los tiempos que corren, una mudanza. Mientras les enseña la casa, les habla de Pedro y de su trabajo en el bufete, y de los hijos, de Roque y su afición por la astronomía, quizá estudie eso en la universidad, y de Pablo y su pasión por el baloncesto, es el pivot más destacado del equipo y, también, de Tina y su intercambio con una prestigiosa universidad extranjera, sin olvidar mencionar sus ganas de aprender a cocinar. La pareja la escucha entretenida, mientras formulan las preguntas que Lola sabe de memoria:

-¿La comunidad? ¿cuánto se paga de comunidad?- pregunta ella.

-Y, ¿la calefacción es central?, ¿qué tipo de tuberías tiene el edificio? ¿han pasado la ITE?- el marido de la mujer no da tregua.

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Lola repite las cifras y cantidades con el tono cansino y aburrido del estribillo de una vieja canción y vuelve de nuevo, con entusiasmo renovado, a contarles historias de Tina, como cuando decidió tirarse en paracaídas o irse un verano con una ONG a alfabetizar niños en una aldea perdida del Perú. Las tuberías están bien, el edificio ha pasado la inspección obligatoria y, por supuesto, no tiene hipoteca ni el piso, ni la finca. Claro, claro que el precio es negociable, siempre lo es ¿no? Y la joven pareja sonríe. Pero todo fue antes de entrar en el salón que Lola siempre deja en la visita guiada para el ampuloso final, con amplios ventanales, da a dos calles soleadas, con sus sofás de piel y sus muebles señoriales, todo en perfecto orden, con todos los recuerdos, con todas las fotos. Lola no entiende muy bien porque la mujer, de pronto, entristece y parece sentirse incómoda y con prisas. El marido, en cambio, demora la charla y regatea la oferta, quiere incluso firmar el contrato de arras.

-Bueno, eso hay que pensarlo más despacio, con mi marido… -dice Lola.

-Claro, claro –corrobora el futuro comprador, mientras su mujer lo arrastra con insistencia hacia la puerta.

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En el ascensor la mujer, que quería comprar el piso soleado de Lola, con buena orientación, rompe a llorar ante la perplejidad del marido.

-La chica de la foto – le dice a su marido entre sollozos– fue alumna mía hace algunos años… falleció en un accidente de tráfico cuando su padre los llevaba, a ella y a sus hermanos, a un partido de baloncesto. Alguien se saltó un stop. Murieron los cuatro.

En su casa, de cuatro dormitorios y un despacho, Lola piensa en la visita del día siguiente, ya sólo le quedan dos más, que tiene concertadas desde hace semanas, antes de que se le acabe la temporada. Después quitará el anuncio de Internet y se encerrará en su casa… con sus hijos y con su marido.

familiaAunque pueden estar bien tranquilos, ella, desde luego, no va a vender nunca su hogar a ningún extraño.

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Fin…

Relato breve escrito por Mary Carmen

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