hormiga

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La culpa fue de las hormigas. Invadieron primero el invernadero, después la cocina y, por último, los dormitorios y hasta la buhardilla. Su entrada fue sigilosa, alguna pequeña hormiguilla acarreando con toda dificultad una miga de pan olvidado que triplicaba su peso. Sin apenas darme tiempo a reaccionar se sucedieron los pequeños boquetes al lado de la pared, entre el rodapié y las baldosas. Luego se las vio aparecer saliendo en bandadas desiguales de la tierra de las macetas. Invadieron los armarios, hicieron de los bolsillos de la ropa su mejor guarida y provocaron un devastador efecto llamada, a tenor de las ingentes proporciones de comida que encontraron en la despensa.

La culpa fue de ellas, inofensivos insectos, al menos así me lo parecían a mí cuando de niño jugaba con ellas y las encerraba en diminutas cajitas de plástico transparente para observar su comportamiento. Lo hacía sin maldad, por puro afán científico. Siempre llamaron mi atención, me compré una lupa para analizarlas mejor. Tres círculos deformados formando un cuerpo que se sujeta en seis diminutas patas y que almacenan toda la información en dos minúsculas antenas, insólitos radares que salen de sus cabezas. Antes eran para mí un enigma. Ahora no. Las culpabilizo de todo lo que ocurrió.

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Los primeros días su presencia inofensiva, tampoco yo me alarmé. Ahora que ya no hay un solo resquicio sin ellas, tampoco siento miedo, de nada sirve ya. He de decir, por si en algo exime mi responsabilidad o quizás me incrimina aún más, que cuando me di cuenta de las proporciones que iban tomando, miles de hormigas, cientos de miles de hormigas, ocupando cada espacio de mi hogar, tomé una drástica solución. Entonces no lo percibí así.

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insecticidas-hormigas-manosCompré insecticidas letales para acabar de forma definitiva con ellas. Incluso llamé al servicio de desinfección de plagas del ayuntamiento pero, tras unos días de retirada figurada, reaparecieron más, más unidas y de muchas más especies, de todos los tamaños y procedencias. No fue su culpa. Lina me vino a visitar tras regresar de un largo viaje a Londres, pero apenas pude saludarla, nada más abrir la puerta cientos de ellas la poseyeron. Esa fue la primera vez. Oí sus gritos y comprobé como los pequeños bichitos se metían a través de su ropa en un primer momento y a través de cualquier orificio de su cuerpo después. Luego todo se precipitó. Lina cayó al suelo y, en apenas unos minutos, desapareció sepultada sobre una capa marrón negruzca, muy similar a la arena de las playas volcánicas, pero con la salvedad de que aquí los granos estaban formados por miles de pequeñas hormigas que se movían en todas direcciones sobre el cuerpo inerte de Lina. Cuando, momentos antes, yo dejé de escuchar los aullidos de mi amiga, comprendí que la devastación había comenzado. Así ocurrió con todos aquellos que se atrevieron a cruzar la puerta.

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Yo no me opuse, ni al ataque a Lina, ni al resto de sus escaramuzas.

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Al principio no quise admitirlo, pero era una verdad sin réplica. A mí me respetaban. A medida que me desplazaba por la casa, las hormigas se retiraban formando siempre a mí alrededor una zona circular y segura que avanzaba a la par que mis movimientos. Cada objeto que yo tocaba quedaba exento de hormigas. En el único lugar que no ocurría esto era en la puerta de la calle, cada vez que me acercaba, hordas de hormigas se colocaban delante a modo de muro de protección, bloqueándome el paso. La salida era imposible.

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La culpa fue de ellas. Comprendí, a fuerza de convivir con ellas, su estrategia. Me permitían comer si ellas saciaban también su hambre, yo solo devoraba los restos que ellas me dejaban. Pero, había días en los que no conseguía nada y el hambre corroía mis entrañas. Llamaba a un servicio de telecomida, cuando el mensajero llegaba con mi comida, se repetía insistente y cansina la misma escena, todas ellas abalanzándose sobre él y devorándolo todas en masa, al unísono. Al principio creí notar algún remordimiento; pero eso fue hace mucho tiempo, cuando no soportaba aceptar aún que mi vida pendía por completo de su voluntad. Ahora, la perspectiva ha cambiado.

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Simplemente, no la vi. Por eso, no me culpo en absoluto. No la vi. Había quedado sepultada en medio de una de las rebanadas de pan del bocadillo que me estaba comiendo. Mis ojos no la vieron aunque percibí con nitidez su sabor. Al oír el crujido que se produjo cuando mis dientes la partieron en dos, lo supe. El sabor corroboró lo que yo intuía. Un sabor salino, con un regusto de tierra mojada que me recordaba, sin embargo, al sushi que tomé en el restaurante japonés la noche anterior a la debacle. No pude continuar más. Me vi rodeado de pronto. Sentí el cosquilleo de miles de patas que recorrían todo mi cuerpo. Lo había visto centenares de veces antes en los otros: las hormigas invaden el cuerpo y aniquilan el alma. Tampoco sentí miedo esa vez. La muerte es la única salida para la vida. Cientos de hormigas invadiendo mi cuerpo, doblegándome y haciéndome caer; en la boca el sabor de una de ellas y en la consciencia la certeza del castigo más atroz por el crimen cometido.

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Sin embamano con hormigasrgo, nunca nada es como pensamos. Sentí dolor, un dolor extraño y agudo. Verifiqué, más con asombro que terror, la metamorfosis que estaba sufriendo. Ese era mi destino. La hormiga que me comí operó en mí la transformación. Ella era, entre las cientos de miles, la portadora del ADN. Mis antenas me lo revelaron. Con la fuerza de la que fui capaz, me erguí sobre mis seis patas y cimbreé mi cuerpo articulado. El resto de mi historia no tiene secretos. Flanqueé la entrada y vi a millones de hormigas exterminar a los escasos seres humanos que aún quedaban con vida. No lo juzgué, era nuestro alimento.

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La culpa no fue nuestra. La culpa, ahora lo sé con certeza plena, la tuvieron todos aquellos que desdeñaron, pisotearon y exterminaron a millones de seres indefensos y milimétricos que nadie tuvo en cuenta, yo tampoco, porque sólo eran hormigas. Ahora todo es diferente. Hemos ocupado casi todo. El planeta es nuestro hormiguero: sin hombres, sin máquinas, sin cajas de plástico para meternos y sin lupas para analizarnos con interés científico.

Sólo quedamos nosotras, las hormigas, tan pequeñas, tan inofensivas.

hormiga metamorfosis

FIN.

Realto breve escrito por Mary Carmen

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