chat

El ordenador sigue encendido. Ahora siempre está encendido. Me he excedido.

No he querido entrar hoy en el chat. Me cuesta no mandar ningún mensaje. No lo inicié yo. Me acerqué por curiosidad. No lo consideré peligroso. Se inició como una terapia. Dudé. Todos dudamos. Algunos logran permanecer al margen. Las redes no dan tregua. Tantos mensajes entre ellos que al final caí en sus redes. Sé de las advertencias, también de los peligros, o quizás no. Desde luego no ha sido un acto volitivo, más bien algo así como una atracción irresistible. He leído todos sus mensajes al principio por curiosidad, sin más; después con intriga y, al final, por pura venganza. Están todos, han escrito todos. También para ellos es un escape.

Había tantos resquemores en mí, me tenía que saltar tantos obstáculos y vencer tantos miedos que tardé mucho hasta que me entrometí en sus conversaciones. Tanteé las posibilidades de éxito pero no tuve el valor requerido, ni por ellos, ni por mí, también porque para nosotros supone un altísimo riesgo.

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La empresa prohíbe las consultas en horas de oficina a emails personales, también entrar en Facebook, twitter o cualquier otro foro que no sea estrictamente profesional. El chat es distinto, es interno, solo para comentar asuntos de trabajo. Todos compañeros, por eso aparecí en sus conversaciones. Se referían a mí al principio de una forma vaga, casi de soslayo. Tan solo un apellido, Martínez, no eligieron el primero prefirieron el segundo. Es curioso para casi todos soy Don Jaime, o Sr. Beltrán. Me identifico así más, Martínez apenas ha aparecido en mi vida: documentos oficiales, el pasaporte, el carné de conducir y en algún lugar olvidado más. En el chat aparece Martínez.

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Los primeros mensajes eran cortos y las respuestas rápidas. Ahora las intervenciones se solapan como en las charlas reales, pero aquí con más intenciones ocultas y dobles sentidos. En realidad son solo burdos intentos de ocultar lo que todos sabemos a estas alturas. Ante la evidencia de los hechos, las palabras ni tan siquiera pueden distorsionar en algo la verdad.

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Martínez firma. Siempre firma, lee los documentos, revisa los números, las transacciones, las oscilaciones en Bolsa. Sin embargo, es el idóneo. Eso concluyó Ruiz, el jefe de la tercera planta, el de comercio exterior. Lo escribió un día cualquiera en el chat. Nadie dudó de la operación, yo tampoco. Miles de millones en una cuenta de Suiza a modo de colchón para la empresa. Seguridad para los trabajadores, para las nuevas ventas y absorciones. Seguridad para la expansión. En la junta extraordinaria de junio se acordó por unanimidad y sin vacilación. Martínez firmó. En el chat todos estaban de acuerdo con esto. Firmé. Pero exigí pruebas irrefutables de la correcta gestión. Ruiz, en el chat, se pierde en explicaciones farragosas de porqué desembocó todo así. Martínez insistió cada vez más. Lo de su mujer no ayudó. Ella pasaba por la tercera planta, la del comercio exterior, siempre que iba a recogerlo. Causa efecto. Ruiz en el chat afirma contundente que ella lo inició todo. Él vio las posibilidades y las aprovechó. Martínez en el eje temático del chat. Todos me citan. Todos justifican lo que ha ocurrido. Su intolerancia a aceptar lo evidente, el dinero perdido en laberintos virtuales por su incompetencia, la empresa al garete. Martínez no aguantaría. Entre todos lo acordaron. Cada uno explicitó su participación. Nada que legalmente pueda incriminarlos, ni en la fuga del dinero, ni en lo mío. Llueven las felicitaciones a Ruiz, por su excelente gestión.

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Conversación

Este ha sido el detonante. He olvidado las reglas, traicionando a los de aquí y contactando con ellos a través del chat.

No lo creyeron, por unos días el chat enmudeció. Ruiz no. Él es el instigador. Se envalentonó. Preguntas profesionales, de gestión, esas cuyas respuestas sólo conocía yo. Me negué a responder. Pronto todos lo siguieron. El chat echaba chispas: sobre mi enfermedad coronaria, la evasión de capitales, mi mujer. No he intervenido en las últimas charlas abiertas. Pero ahora es distinto. Cada vez que se acerca alguno de ellos al ordenador le lanzo un mensaje, también a mi mujer que está de los nervios. El desconcierto es absoluto. Ruiz tiene en pie a todo el departamento de informática, en casa ha recurrido a medios más de su estilo con un hacker profesional. Se ha convertido en una obsesión, la búsqueda de quién se hace pasar por mí y ha pirateado el chat.

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Ahora entiendo la efectividad de lo virtual, también la tentación de estar conectados. Los de aquí me comentan los riesgos elevados si todos hicieran lo mismo y con mejores propósitos que los míos, más por amor que por venganza. No se deben trastocar las leyes de la física, ni las de la informática. Tampoco, alterar los ejes espacio tiempo. En mi defensa alego otras formas de encuentro producidas en ocasiones pasadas, menos tecnológicas pero igual de efectivas.

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El chat sigue abierto. Ellos no lo pueden cerrar. Intervengo cuando lo considero pertinente. No me puedo desenganchar. Las redes te atrapan. El ordenador de Ruiz sigue abierto y mis mensajes indelebles en la pantalla.

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Un desfalco, un engaño, una enfermedad coronaria… las causas certificadas de mi muerte. Ahora, tan solo razones para justificar, aquí entre los míos, mi venganza.

La muerte no aniquila los sentimientos.

Fin..

Relato breve escrito por Mary Carmen

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