Relay Race

De entre la multitud sale un hombre que corre. No hay nada que le obligue a correr. No alcanza a nadie. Nadie va en su alcance. Parece que corre porque sí. No sabe donde va. Duda, tropieza, pero corre. Sigue corriendo. Se ha lanzado a la carrera y no puede parar. De entre la muchedumbre ha salido un hombre que corre. Se distingue del resto sólo por eso; porque corre. Ya no camina más.

Ahora desciende por la avenida con resolución, extraño al gentío; nada le importa. Esquiva hombros, espaldas, rostros. A veces rodea para no chocar. A veces aparta o empuja. Bruscamente. No vuelve la cara a los insultos. Ignora a la gente. Está sólo en medio del aglomeración. Del tumulto civilizado. No percibe más que silencio. No oye las palabras, sólo corre.

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No parece un atleta. Tampoco un deportista aficionado que se ejercita tras la jornada de trabajo. Viste ropa de calle. Son las once de la mañana. No, no parece un alguien que haga footing. Es más, se podría decir que ni siquiera sabe correr. Parece más un apresurado que llega tarde; una de esas personas que pierde el autobús. Vacila, tropieza. A veces toma nuevo impulso. A veces sólo pasitos cortos, algo cómicos. Pero no mira; a ninguna parte. Sólo sigue corriendo, descendiendo la suave pendiente de la gran avenida.

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No busca el paso de peatones. No para en los semáforos en rojo. Sigue ajeno a todo. No existe el mundo que le rodea. Atraviesa los bulevares libremente, por donde le parece. Las plazas del centro sin mirar. Provoca frenazos, chirridos, pequeños topetazos urbanos entre automóviles. Hay algo que se escapa de la turba. Algo que no es multitud. Por supuesto que hay gritos, ladridos, imprecaciones. Peatones asustados que retroceden. Bienintencionados que intentan sujetarle por la manga de la americana. Pero no pueden detenerle. Ya nada puede.

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zapatoDesoyendo las voces y avisos de peligro, sorteando el tráfico, ha cruzado la rotonda recién sembrada por la mitad. Sus zapatos se han hundido en la tierra fresca; uno de ellos ha quedado atrapado en el légamo. El hombre sigue. Parece no haberse dado cuenta. O no importarle. Sigue corriendo por el asfalto ahora.

Cruza la acera. Va a contracorriente. Los que le ven llegar de frente se apartan; dejan un estrecho paso libre ¿Por qué? ¿Le temen o no desean que les roce? No mira. No le importan. En un momento dado, comienza a sentir agotamiento. Empieza entonces a tirar de su cuerpo, de sus hombros; cabecea. Babea. Cada vez cuesta más. A veces falta aliento. Su carrera se hace más lenta y más errática.

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El espino ornamental de los alcorques le rasga la pernera del pantalón. También su pantorrilla. Las siguientes zancadas asperjan el aire con pequeñas gotas de sangre. El pie desnudo está igualmente sucio y lastimado. El hombre se siente desfallecer. La carrera se vuelve penosa. Comienza a doler adentro. En los pulmones, en el costado nacen la mueca y la queja.

Sin embargo, continúa; no puede parar. Le exige al cuerpo todas sus reservas; toda la fuerza restante; hasta la última. Y sigue. Obligándose, empujando su ser hacia delante. El suave declive de la gran avenida ayuda. El tiempo se ralentiza. El aire cobra densidad. Es más difícil de respirar y mucho más difícil de atravesar. Las extremidades se niegan a seguir; cada zancada es una nueva orden.

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Ahora, de pronto, frente a su pecho ha crecido un muro, un muro infranqueable. Un muro que él perfora una y otra vez. Cada vez que lo hace vuelve a elevarse de nuevo. Más y más alto. Pero, cada vez que lo atraviesa, su cuerpo se deshace en coyunturas minúsculas. Articulaciones y cartílagos. Filamentos de arteria cada vez más pequeños.

Corre aún. Cree que ve el final, pero no sabe lo que ve. No es capaz ya de descifrar las imágenes. Ni de nombrarlas. No reconoce lo que pasa por su visión. El mundo es indistinto; no hay diversidad. Sobran los apelativos. Ha regresado al magma esencial e indiferenciado. Tropieza. Un último tirón aún, Uno más. Siente su cuerpo caer. Ya no le pertenece. El vómito. La pérdida de la verticalidad. El manotazo despiadado del pavimento. El organismo ha cedido y al fin se quiebra.

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Nada, silencio. Sólo el abrazo duro del suelo que lo recibe; que lo golpea y no le permite moverse. Zarpa brutal de la que no puede zafarse. Dolor impronunciable en algún lugar, quizás aún de él, quizás ya del suelo. Cansancio infinito. Extenuación. Nadie al principio. Nadie, como al principio. Pero luego caras, caras borrosas como sombras que tapan el sol. Manos que palpan, tocando sus extremidades, deshechas.

La lucidez final vuelve el mundo luminoso. Lo regresa al inicio. Como debió ser al inicio. Una de las caras que tapan el sol habla con voz amistosa. Pide tranquilidad, dice que es médico. Lejos, las agudas sirenas de las ambulancias. Lejos también, el fragor de la turba. Pero el mundo luminoso se ha dado la vuelta y ahora el pavimento pesa entero sobre él. Ni un soplo de fuerza más. No puede ya y la cabeza cae de lado. Deposita la mejilla sobre el firme, rindiéndose a la gravedad, dejándose ir. En ese preciso momento, minutos antes de que sus ojos se inmovilicen para siempre, es cuando alcanza a ver como de entre la inmensa multitud ha salido alguien que corre. No, no parece un atleta. Es una mujer vestida de calle que sólo se diferencia del resto porque corre.

mirada

Fin…

Relato Breve escrito por Alejandro Nancalres

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