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albina

No se acercó. Yo no quise. Ni entonces, ni nunca.

Me dijeron que no era contagioso y quizás no lo fuera al principio, ahora nadie sabe qué pensar. Yo era una niña cuando me di cuenta de que era diferente. Me sentí única y especial pero aquella sensación duró poco. No podía jugar al sol como los demás niños, la luz me quemaba la piel y penetraba a través de mis pupilas fundiendo las imágenes en negativos de la vida real. A medida que la luz se ocultaba yo distinguía mejor. Los colores me llegaban con más nitidez y pureza porque no estaban saturados de brillos, ni de exceso de luz.

Tú pelo es bonito. Es como el chocolate blanco. Me lo dijo Lea mientras saltábamos a la comba. Y supe que era diferente. Las gafas negras que llevo desde entonces hicieron el resto. Poco a poco dejé de percibir el día y me adentré en la noche. Al resto de los niños les daba miedo la oscuridad, a mí no. Después todo fue más fácil. Al menos al principio, luego no hubo vuelta atrás.

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La noche confunde, distorsiona las ideas y deja resquicios abiertos a la locura. Por eso justifiqué todo. La primera vez fue con mi amiga Lea. Ella fue la elegida. Lo fue porque era mi amiga y le gustaba mi cabello de chocolate blanco. Todo fue sencillo. La animé a caminar junto a mí, por la vereda que rodea el acantilado. Las estrellas dejaban estelas de escarcha sobre las piedras, no había luna. Lea era una sonámbula detrás de mí. En la noche no se necesitan gafas negras, la oscuridad permite ver. Sin embargo, a veces la belleza es tan grande que emborracha. No hay que sentir miedo. Lea fue valiente. Pero, solo al principio. Después no comprendió nada. Se lo quise explicar pero no me escuchó. Sin dolor no hay transformación posible. Cuando resbaló y se precipitó al mar apenas gritó. La encontraron a los pocos días. Un cuerpo flotando a la deriva. Sorprendió que su pelo se hubiese vuelto completamente blanco. El shock, comentaron.joven albina

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Después lo intenté con muchos otros. Mis amigos íntimos de la universidad y del trabajo. No recuerdo cuántos han sido. Ahora somos muchos. No todos tuvieron tanta prisa como Lea. El mundo de las sombras exige pruebas contundentes. Pero él no se acercó.

Empezamos a ser visibles. Abrimos noticiarios y somos causa de simposios de importantes científicos. Nadie comprende porqué el número de albinos se ha incrementado de manera tan alarmante en los últimos años. Tampoco porqué hay tal cantidad de suicidios. Todos mueren en la noche, todos con el pelo blanco.

No es contagioso, eso dicen. Pero, cada vez somos más. Por eso hemos conseguido el cambio. Desde que en todas las familias hay más de un miembro con el pelo de luna, han aceptado todas las alteraciones. Se vive en la noche, sin luces, sin gafas negras. No hay otra opción. Aunque para él es distinto.

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Lo encontré vagando por alguna calle de las que no teníamos fácil acceso los albinos. Seguimos expandiendo nuestros dominios. Debemos movernos entre iguales, ahora ya no soy diferente, me identifico con tantos. Pero él no se acercó. Continuó caminando solo. Todos le huían, los reflejos de fuego de su pelo impedían cualquier contacto. Y yo lo deseé con todas mis fuerzas. Lo desnudé en mis sueños y lo enmarqué en una piel de alba. Imaginé su mirada de pupilas trasparentes y quise enmarañarme en su pelo cobrizo. Pero él no me vio, siguió su rumbo y se perdió en las luces de la mañana.

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Para mí es un reto. Cuando salgo en su búsqueda vuelvo con más. Algunos no aguantan. La precipitación y la impaciencia les adentra en las tinieblas definitivas, como a Lea. Sólo los que saben esperar se transforman en uno de los nuestros. Los científicos insisten en que no es contagioso, pero muchos nos huyen. Yo no quise que él se acercara demasiado a los otros albinos. Me dio miedo y lo protegí. Pensé que se sentiría atraído por alguien más joven que yo, quizás más blanco. Por eso lo desterré de la noche. También de las tinieblas.

Ya hace mucho tiempo que no sé de él. He buscado otros sustitutos. Algunos viven aún, otros cuantos no, se perdieron. Somos tantos que ahora cuesta diferenciarnos. También entre nosotros. Vivimos en la mujer albinanoche, quizás quede alguien rezagado pero, a estas alturas, deben ser muy pocos. Todos con la mirada transparente. Todos con el pelo de luna.

Él debe continuar, vagabundo y solitario, emitiendo destellos de fuego en la plenitud del día.

Relato breve escrito por Mary Carmen

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