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de espera

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Llevaba hora y cuarto esperando mi turno, más apoyado que verdaderamente sentado en una de aquellas incómodas butacas de diseño, cuando por fin llamaron al que tenía delante. Calculando la media hasta entonces, me dispuse a cambiar de revista, volver a acomodarme como buenamente pudiera y a esperar durante al menos otro cuarto de hora. Creo que fue entonces, precisamente entonces, a unos quince minutos de mi turno, cuando la mujer que iba llamándonos por orden alfabético se dio cuenta. Desde la potestad que le otorgaba su buró, la madura secretaría reparó en mí por primera vez, me observó de arriba abajo por encima de sus lentes caídos, sin mala o buena intención, simplemente con la profesionalidad de quien sopesa un melón con pericia, y se quedó un instante, sólo un segundo más de lo necesario mirándome a los pies.

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Seguro como me sentía, en mi flamante traje nuevo, no quise prestarle más atención. Generalmente las secretarias mayores suelen ser así, eficientes y serviciales, pero sumamente cotillas e indiscretas. Decidí por tanto fingir que no me había percatado y hacer caso omiso de su advertencia. Sin embargo ella, con un reproche leve, casi maternal, pocos minutos después insistió con sutileza. Aquella segunda señal me intrigó. Dejaba claro que la primera no había sido una casualidad o una simple paranoia de los nervios. Un tanto extrañado la verdad, pero todavía con suficiente aplomo, le eché un rápido vistazo a mi flamante par de zapatos. Allí seguían: perfectos, impolutos, relucientes y caros; sobre todo, caros. Sin embargo el problema, el verdadero problema, el desastre propiamente dicho comenzaba sólo un poco más arriba. El mismo lugar pero sólo pocos centímetros antes, a la justa altura de los tobillos. Sí, porque mientras un calcetín lucía, como era su deber, un negro correcto y pulcro, el otro ¡oh fatalidad! se había decolorado hasta el blanco sucio, casi ocre- rojizo, de un partido chapucero en campo de tierra batida… ¡Maldita sea! Maldita la idea de aprovechar la mañana del sábado, malditas las prisas, maldita la hora en que se había fundido la bombilla del vestuario y maldita mi suerte. Y, ahora…  ¿Qué hacer? No sé, no sé, no sé ¡No sé!

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Calcetines diferentesFingí un repentino interés por el artículo sobre babuinos de culo pelado del National Geographic, mientras buscaba una solución al asunto y cruzaba los pies, recogiéndolos allá, bajo el asiento, confiando en que nadie más lo hubiese visto. Diría que no; al menos de momento. Los que quedaban, tan impacientes como preocupados por que no se les arrugara el terno, estaban incómodos, como yo. Cada cual iba a lo suyo, o eso parecía; aunque… nada ya; no se podía hacer nada ya ¡Demasiado tarde! No sé, no sé, no sé; tal vez…  preguntar por el servicio. La excusa perfecta para salir un instante y bajar hasta la primera tienda. Escaparse. Unos pocos minutos. Sería la solución. Pero no, no ¡Imposible! Si se pasaba mi turno podía despedirme de la entrevista, del trabajo y de todo lo demás; absolutamente de todo.

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Lo cierto es que llevaba meses esperándolo; preparando aquel encuentro. Era la mejor firma del país, con franquicias por todo el continente; lo que se dice el sueño laboral de un recién graduado. Sin duda la compañía donde se podría llegar más alto. Las demás copiaban sin pudor sus tendencias y las pasarelas se disputaban las colecciones. Todo, todo estaba tan cuidado allí que hasta las formas irregulares de los felpudos para limpiarse el barro parecían de alta costura. Mientras que yo… mírame, ahí sentado, sin saber qué hacer, con un flojo calcetín de deporte, más sucio que blanco, y sus dos chillonas rayitas azul y roja ¡Que desastre!

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Todavía miró un par de veces más. De refilón, claro. Pobre mujer, se le notaba que yo no le disgustaba del todo, que no quería ponerme nervioso. Que ella era toda una profesional. Que, en realidad no quería mirar… pero se le iban los ojos. Y yo ahí, con los pies cada vez más cruzados y más perdidos debajo del asiento. La posturita, de puro forzada, molestaba, dolía. Estaba incómodo con el borde del asiento clavándoseme tras las piernas y el torso hacia delante, y me sentía ridículo en esa postura de quien parece necesitar un excusado con urgencia. Hasta las fotos del artículo que fingía leer me hacían sentir un primate sonrojado. Y claro, lo de siempre, en algún momento, uno de los otros reparó en el gesto de la mujer y se dio cuenta ¡Lo que faltaba! Percibí entonces, sin pestañear ni darme por aludido, sólo con el rabillo del ojo, un codazo y algún que otro cuchicheo que imaginé de mofa. Pero continué impasible, centrado en los primates de culo rojo y en echar más hacia atrás aún los pies bajo la butaca. Sólo un poco, un poquito más… hasta que noté mis talones tocando los muelles inferiores del asiento. Aún así, no iba a perder mi seguridad. No iban a conseguir que me pusiera nervioso.

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Comenzaban a dolerme las corvas de puro replegadas y a entumecerse el pie del calceto con una molestia aguda, como si se clavaran agujas… Enseguida me llaman, enseguida te llaman, enseguida te llaman ¡Aguanta, hombre! Tú puedes. Ay madre, sea lo que sea, que pase pronto. Que pase ya. Que pase de una dichosa vez. Vaya, tenía que ser el bobo de enfrente, precisamente el hortera del traje barato y los mocasines blancos el primero en soltar una risita y comenzar a cuchichear con el de al lado. Pero, de qué, si no puede ver nada. Es imposible que nadie pueda ver nada. Con el pie izquierdo y su calcetín negro –negro, renegro, de un negro perfecto e irreprochable- cruzado por delante, y ambos allá, en el bajo fondo oscuro de la butaca, es increíble que vean nada. Pura mala leche. Ganas de fastidiar al contrincante.

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Cuando, finalmente, la mujer pronunció mi nombre, lo hizo con tono neutro, como si nada  hubiera pasado. Quedaba claro que había percibido mi apuro y quería ayudarme. Nuca se lo agradeceré bastante. Ese mínimo atisbo de complicidad me permitió recuperar la suficiente confianza como para que comenzara a levantarme con la simulada dignidad  de quien se cree ofendido. Pero por desgracia una de las piernas, la del calceto, como no, con tanto encogimiento y tanto retraimiento se había entumido hasta la insensibilidad y, al hacerlo oscilé ostensiblemente hacia un lado. Como un torpe beodo. Supongo que todos lo advirtieron pero al menos, nadie dijo nada. Tardé aún unos segundos en recuperarla y, aunque los aguijonazos lastimaban la pierna y el orgullo, la forcé aguantándome el rictus de dolor. Menuda suficiencia. Al final, ni dignidad, ni disimulo, ni nada. Qué mal trago. Entonces hice lo único que podía; lo único que me quedaba: asegurarme de que las boquillas de los pantalones cubrían hasta el empeine de mis zapatos y dirigirme hacia la puerta de salida con unos pasitos cortos de muñeca de Famosa. Nadie más, nunca, en adelante, iba a volver a ver mis calcetines. No.

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En cuanto advirtió mi intención la mujer me detuvo. En seco, pero su voz sonaba bien. Me llamó por mi nombre y me dijo que me estaba equivocando de puerta; que era la otra. Yo sonreí agradecido y luego miré hacia mis pies. No puedo, sabe…

  • indicadorClaro que puede – dijo, como si leyera mi frente- Todo eso no es más que una tontería.
  • He perdido mi seguridad – le respondí – No sabría que decir.
  • Eso es perfecto. El no, ya lo tiene; ahora, a partir de este momento sólo puede crecer.

Entonces le ofrecí una leve inclinación de cabeza en señal de agradecimiento y me dirigí obediente hacia la puerta que me indicaba.

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El supervisor era un hombre maduro de aspecto elegante y ademanes enérgicos que hablaba con suficiencia de jefe. Su saludo marcó las distancias, pero sin causar mala impresión. La butaca en la que me pidió que me sentara estaba algo alejada del escritorio, por lo que habría podido ver mis calcetines si yo no hubiera tomado medidas. Repetí la pose anterior con toda circunspección, asegurándome ahora de su efectividad. Cuando me apoyé sobre el codo derecho en el brazo de la silla, lo hice para descargar de peso las piernas y evitar otro entumecimiento, pero me di cuenta que el gesto aportaba cierta indolencia, casi despreocupación ¡Eso es, así; ni te muevas! Pensé.

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Después del cuestionario tipo y las preguntas profesionales, vinieron las personales. Por último indagó en mis gustos, criterios e ideología. Había conseguido no meter la pata ni una sola vez y sentía que no estaba causando mala impresión. Comencé a sentirme mejor, menos tenso y hasta creo que en el tramo final me relajé un poco. Sentía que mis tendones se iban aflojando. Finalmente acabó enumerando algunas excelencias de la empresa que yo conocía de sobra. Pensé que la entrevista había terminado, pero al fijar las manos sobre los brazos de la silla- por si acaso- dispuesto a levantarme, aquel decano solemne inesperadamente pareció turbarse un poco y dijo:

  • Un momento, por favor. No he acabado con usted.

Perplejo y un tanto alarmado, volví a mi circunspección encogida con la mayor naturalidad posible y una cara de absoluto interés por lo que fuera a decirme. Creo que resulté convincente, porque el hombre se pasó un par de veces la mano por el bien cortado pelo cano y añadió:

  • ¡Necesito sus zapatos!
  • ¿Cómo dice? – Respondí en un puro sobresalto
  • Necesito sus zapatos… y sus calcetines también. He estado observando y creo que cumple todos los requisitos. A pesar de lo difícil que me lo ha puesto, le he observado y juraría que usted y yo tenemos el mismo número de pie. O casi. Lo que en esta circunstancia viene a ser lo mismo.

Al sentirme descubierto balbuceé una excusa: las prisas, el gimnasio, la bombilla, perdone usted, perdone usted, le juro que…

  • No me ha comprendido – Añadió aquel hombre- Usted no me debe ninguna disculpa; más bien al contrario. De todos los candidatos es el único que reúne las condiciones adecuadas, y eso es lo que importa. Tiene un pie lo suficientemente grande y, por si fuera poco, un vistoso calcetín de deporte. Nunca hubiera soñado con tal golpe de suerte.

Confuso de pura perplejidad y sintiendo arder la cara, no pude sino aceptar con dignidad mi derrota mientras balbuceaba un sincero

  • No acabo de entenderle, pero si a sus ojos parezco un impresentable es porque…
  • ¿Impresentable, quién ha dicho impresentable? – Cortó el hombre con ímpetu. Más bien al contrario – Mire, míreme usted… ¿Qué es lo que ve?

Eché un vistazo a su traje a medida, a su bien planchada camisa, a su corbata de seda florentina; la mismísima imagen del poder.

  • Pues… alguien impecable, como por otra parte corresponde a una empresa…
  • ¡Querrá decir un viejo impecablemente vestido! – añadió con ironía mientras se ponía de pie y salía de detrás de su escritorio – ¿Y ahora? ¿Qué es lo que ve ahora?

Era evidente. Al final de aquel carísimo terno de raya diplomática, asomaban unos tobillos descoloridos y unas enormes pantuflas a cuadros marrones de las que acostumbran a usar por casa los ancianos. Sí, mi número seguramente, pero debí poner tal cara de asombro, que no esperó la respuesta

  • ¿También ahora le parezco impecable?
  • Y además despistado, como yo – Me aventuré a contestar
  • ¡Qué despistado, ni despistado! Eso se lo puede permitir usted, que aún es joven. Yo ya no puedo ser despistado ¡Chocho, un viejo chocho! O eso es lo que dicen. Un abuelo que comienza a perder la cabeza. Alguien a quien no se puede confiar a dirección departamental de una gran empresa… un anciano. Al menos, eso es lo que estarán encantados de repetir, en cuanto me vean, todos mis rivales del consejo de administración…

Hizo una pausa para tomar fuerzas, se sirvió medio vaso de agua y se lo tomó con un par de pastillas. Luego continuó

  • Dicen que mi tiempo pasó. Que estoy desfasado en una sociedad en permanente cambio…

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Para entonces había perdido todo su empaque y parecía un hombre desesperado. Explicó que en cuestión de minutos, en cuanto acabase las entrevistas, había de acudir a la reunión de dirección. Una vez más, intentarían salirse con la suya, liquidar una carrera de treinta y tantos años. Lo que yo consideraba un simple despiste iba a provocar su caída, pues alguien de su nivel, con la cabeza en su sitio, no podía presentarse así. Que en adelante sólo escucharía “Está acabado; nadie en plenas facultades comete tales errores” o cosas parecidas.

  • Pero, de pronto, aparece usted como por milagro. De repente, un verdadero golpe de fortuna. De improviso usted y su despiste, sus zapatones nuevos y su calcetín de deporte… Nunca hubiera imaginado tanta suerte!

Tengo que reconocer que comenzaba a sentir algo parecido a compasión por aquel broker que estaba examinándome, y lo que es aún peor, empezaba a tener algún atisbo de a dónde quería llegar a parar con su perorata lastimosa y zalamera

  • Sin embargo –siguió- la prisa o cualquier otra circunstancia pueden hacer olvidar  un calcetín de deporte a cualquiera… a cualquiera claro, que haga deporte y que sea tan activo para después, venir al trabajo como si nada. Alguien joven y que no se canse; que no se canse nunca. Todavía En definitiva, alguien vital, con tanta fuerza que pueda callar de una vez a esas malditas pirañas.
  • Ya veo, ya veo. Y en todo este asunto, a cambio, qué es lo que yo gano…?

Cuando crucé la salita de espera en dirección a la salida me sentía mucho más seguro en lo que se refería a mi futuro laboral. Me permití dedicar una amable sonrisa de despedida a la eficaz secretaria e ignorar olímpicamente a mis antiguos contrincantes. La verdad es que estaba muy contento, más aún, eufórico, así que procuré dar largas zancadas que dejaran a la vista los tobillos desnudos en aquellas raídas pantuflas de andar por casa. Y aún tuve tiempo de observar que tras la montura de concha de las lentes y el flequillo canoso me sonreían las pupilas de una adolescente traviesa.Tie Game

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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