.Desarraigo Cada vez que visito a mi familia en el pueblo, donde todos viven, tengo la impresión de que parecen querer que sea otro quien llegue cuando llego yo. Ese es el efecto que provoca en mí cada uno de los encuentros familiares. Tan pronto como llego, todos se esconden, ninguno quiere verme, pero cuando estoy listo para irme, vienen. Estoy seguro que quieren asegurarse de que me voy.

. Siempre son corteses, mi familia es atea pero educada. Me invitan con la condición de no le cuente cómo me encuentro de ánimo, de dinero, de pareja, o de cualquier otra cosa. Incluso, cuando lo preguntan, yo nunca respondo. Soy irónico por parte de padre y mentiroso, herencia de mí madre. Hasta, en ocasiones especiales, respondo mal. En estas, mi familia me obsequia con extraños desprecios.

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Cuando consigo encerrarme en alguna habitación, me siento bien, experimento una buena sensación. Me acomodo en el suelo, cruzo las piernas y paso el tiempo mirando por la ventana. Entonces, y solo entonces, dejo salir mis miedos. A veces incluso las lágrimas también, pero abandonan pronto. Con la cara escondida entre las manos, repito una y otra vez el mismo mantra, ¿por qué me tocó nacer en esta familia? Duele mucho, pero nunca respondo.

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Ayer me pareció escuchar la respuesta. Ayer, creo que entendí por qué mi familia parece esperar a otro cuando en realidad el que llega soy yo. Percibí señales. Fueron muchas y contundentes, hasta el perro ladró. Ayer, nadie habló. El silencio se zanjó con brusquedad. Corrí para esconderme. En un resquicio en el sillón, me acomodé y comencé a lamer mis manos, mientras, oía a mi cuñado gritar a mi padre.

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Una mano fuerte me pilló por el cuello, desprevenido, indefenso. Era la garra más grande con la mirada más vacía que jamás se haya visto. Me alzó del sillón. Con una contundente sacudida, arrastró mi cuerpo dolorido hasta la puerta de la casa. Escuché los murmullos de mi familia. Hablaban a mis espaldas. No pudieron esperar a que yo me hubiera ido. “La situación es insoportable” afirmaba mi cuñado “Es imposible….hay que poner fin a todo esto… no podemos dejarlo así” confirmaba mi hermana. El brazo sin ojos me alejaba de ellos. Después de un rato, me acomodó en el asiento trasero de su coche. Fue entonces y solo entonces, cuando descubrí otras señales. No las había visto antes. A pesar de que los médicos mantuvieran lo contrario. Ahora las señales estaban por todas partes. Las había de todos los matices y tonos. Con colores cambiantes. Algunas rojas. Los médicos insistieron en que todas eran viejas. Me extrañó que fueran viejas porque yo las vi ayer.

Miedo

Relato breve escrito por Merche Postigo

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