Dudas

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 Hace varios meses, de forma inesperada, recibí un E-mail de Herman, el esposo de mi hermana pequeña. Ella acababa de dar a luz y tenía un nuevo sobrino, un hermoso niño que había pesado algo más de 5 Kg. al nacer. Le iban a poner de nombre Alex, en honor a mí y también a nuestro padre, su abuelo. Estaban seguros de que eso era algo que a él le agradaría, donde fuera que estuviese ahora. Pensaban que también me gustaría a mí y me invitaban a su casa, por si quería conocerlo. Mi hermana continuaba ingresada, pues el parto había sido complicado y muy largo, pero afortunadamente ambos estaban fuera de peligro  Me enviaba muchos besos de su parte. Incluso Herman, mi cuñado, se despedía con un amistoso “Abrazos, tío Alex”.

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Me agradó aún más de lo que me sorprendió, porque nunca hubiera imaginado que conocieran mi dirección de correo electrónico. Quise responder enseguida, aceptando la invitación, claro, en aquel mismo momento. Pero, no sé por qué, probablemente existió algún motivo. Debió haber algún motivo importante que me lo impidiera aquellos días porque, aunque me agradaba la idea de volver a verlos, lo fui posponiendo. Dejando. El caso es que nunca llegué a decidirme.

Lo cierto es que no había vuelto a pensar en ellos desde que pusieran tierra de por medio y se largaran de aquí, a vivir a Tennessee, creo que a Springfield. Fue así de simple. Desaparecieron de nuestras vidas de la noche a la mañana. Completamente. Y que conste que no les culpo. Dado el giro que habían tomado los acontecimientos, creo que hicieron lo adecuado. En realidad, a esas alturas era lo único que ya podían hacer. Es más, si yo hubiera tenido diez años menos y un matrimonio que defender, un matrimonio en el que aún creyera, pienso que hubiera hecho lo mismo ¿Qué otra cosa, si no?  Pero Ann, mi esposa, para entonces ya había amenazado dos veces con largarse. Mal asunto.

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Air MailPor entonces, cuando la partida, recibí aún tres o cuatro cartas suyas. No muy separadas entre sí. Imagino que yo era el único vínculo con la familia que les quedaba. Cada una venía con un remite distinto y el código postal de una ciudad diferente. En todas ellas, después de los saludos y cariños, tras las noticias o recuerdos comunes, después de todo, al final, mi hermana siempre pedía prestada alguna suma – “Ya sabes, es algo temporal… Sólo mientras se acaba de asentar la situación… Por descontado que te lo devolveré enseguida” – que sin más, yo remitía al día siguiente, mediante giro bancario, al número de cuenta que indicaba cada vez. Después de eso, nada. Absolutamente nada en cinco años.

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Una mañana, después del desayuno, Ann se acabó largando también. Dijo que no pensaba vivir de la limosna ajena. Que no soportaba a un calzonazos que se quedaba mirando cómo le robaban lo que le pertenecía sin mover un solo dedo. Que estaba harta de mí y mi maldita desidia. Que me abandonaba. Que se iba. Que no se me ocurriera interponerme o buscarla. Así que tras aclarar las tazas y los platos que acabábamos de utilizar y ordenarlos en el escurridor, cada vez más irritada, iracunda por momentos, empacó todas sus cosas con ademanes bruscos y se largó. Y allí me quedé. En una casa demasiado grande y de pronto extraña, con el lastre de hábitos contraídos en quince años de matrimonio. Estupefacto y solitario. Varias semanas después, cuando reaccioné y fui capaz de recapacitar, llegué a la conclusión de que lo que había pasado no era tan malo. En realidad se veía venir. Desde tiempo atrás. Entonces fue cuando decidí despedirme del trabajo. Había hecho algunas cuentas y, con la parte de la herencia asignada, el subsidio y la maldita póliza que llevaba pagando los últimos quince años, tenía suficiente para vivir. Incluso me sobraba. De hecho, no necesitaba gastar tanto. Por eso nunca supusieron ningún esfuerzo los préstamos que pedía mi hermana. Al contrario, fueron un auténtico placer. Y no lo digo en sentido de cortesía, sino porque me agradó mucho serle útil a alguien. Al menos, por una vez.

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Por lo que a mí se refería, no necesitaba nada más. Nada. Incluso me deshice de las corbatas caras y los trajes de tweed que había usado en la oficina. También malvendí a un vecino el cuatro por cuatro. Total, para acercarme al centro cada semana, a la Statal Library, me bastaba y me sobraba con el transporte público.

Cuando lo del derrame cerebral repentino, padre no había hecho testamento. Cómo iba a suponer él lo que sucedió más tarde. Cómo podía siquiera imaginarse lo que iba a pasar. Éramos sus preferidos; la pequeña y yo. Decía que nos parecíamos mucho, los tres. Siempre lo decía. No sé, que éramos sus verdaderos hijos. Pero mamá se alió rápidamente con la mayor, la niña de sus ojos… la niñita de sus claros y fríos ojos. La única de todos sus hijos capaz de atravesarte con sus pupilas incoloras y heladas, igual que las suyas. Bien pronto se aplicaron a tomar sus medidas.

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Se encargaron de contratar rápidamente un notario y un par de abogados prestigiosos para que iniciaran las gestiones. No me quejé. No es que me pareciera del todo justo, pero tampoco necesitaba nada más. La verdad es que Ann no había querido tener niños y nuestra vida parecía resuelta. Pero la pequeña era muy distinto. Su pareja deseaba formar una familia, tener hijos. Eran  jóvenes aún, con fuerza suficiente para pelearse por la vida. Ese fue el único motivo de que tuviéramos que pasar por un sinfín de trámites burocráticos y demandas. Al final, ellas vencieron. Nada más que mentiras y artimañas de jurista, cierto, pero vencieron. La familia entonces se rompió. Peor aún, después de los picapleitos y los litigios, discutieron, discutimos todos. Para siempre.

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Luego se largaron. Se largó todo el mundo, incluso Ann. No los he vuelto a ver. A ninguno. Ahora, ni siquiera estoy seguro de que me deba pesar o no. La verdad es que ya no lo sé con certeza. Pienso que la vida es así. Lo queramos o no. Que debe ser así o algo muy parecido. Una cosa que escapa. También pienso que hay que dejar que discurra, que fluya por sí misma, sin caer en la necedad o la soberbia de ir contra corriente. Pero de todo ello, lo cierto es que únicamente lo sentí por la pequeña. Sí, porque siempre, desde la infancia, estuvimos muy unidos. Cuando desapareció, se llevó una parte. Algo mío. O eso me pareció sentir.

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Ese fue el motivo me alegrara tanto de tener noticias suyas; y tan buenas, además. No entiendo por qué no contesté inmediatamente. No lo entiendo; ya lo he dicho. Lo mismo que no puedo comprender la extraña inercia que me mantiene inmóvil semanas enteras en este casa vacía. Pero ya no; se acabó. Ahora, al fin, está decidido. Varios días dándole vueltas y más vueltas al asunto. Lo he pensado a fondo, una y otra vez y ha quedado resuelto. Quiero volver a verla. Abrazar a mi pequeña y conocer a su bebé. No, no se puede decir que sea un periplo sencillo o cómodo. Pero eso no importa ya. Unas diez y seis horas de autobús en total, sin contar los descansos o paradas. Me he informado a conciencia. Una auténtica odisea para alguien como yo, de costumbres sedentarias. Alguien que detesta viajar y cruzarse con otros transeúntes.

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caminando

.. Contunua

Relato Breve escrito por :Alejandro Nanclares

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