Viene de GAME OVER I

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old-deflated-soccer-ball-40382623 Imaginé que debía llevar un presente, pero no sabía muy bien que clase de regalo se le podía hacer a un niño tan pequeño. No me gustan los peluches ni esa serie de trastos inservibles que se regalan comúnmente a los bebés. Sabía que Herman había sido siempre muy aficionado al fútbol. Incluso recordaba haber jugado con él algún partido de domingo por la mañana. Esa precisamente era la idea: le compraría el mejor balón de reglamento y, así, su padre, se encargaría de enseñarle a chutar en cuanto pudiera mantenerse en pie. . Me decepcionó un poco lo que me mostraron en la tienda. Esperaba algo esférico y flamante pero allí no había más que el pellejo fofo y arrugado de una vaina hueca. Les pregunté si podían inflarlo, pero me dijeron que no era conveniente si no lo iba a utilizar enseguida. Además, si pensaba viajar con él, así resultaría mucho más cómodo. Y aunque lo envolvieron en un bonito papel, salí del comercio un tanto decepcionado. . Hay un bus de la Continental Pulman´s Line a las tres menos cuarto de la tarde. Cuando la empleada me preguntó ¿Dónde? yo simplemente señalé el cartel que había sobre su cabeza en el que se leía en letras grandes: Tennessee. Ella pareció molestarse un poco y añadió en otro tono

  • Esta línea efectúa diez y seis paradas en otras tantas ciudades y pueblos ¿A que lugar del trayecto piensa ir? ¡Tiene la ruta pegada en el cristal, ahí mismo, a su derecha!

. Autobus a TenesseEché un rápido vistazo al papel y, mientras sentía crecer tras mí cogote un rumor de impaciencia, alcancé a leer el nombre de la ciudad de mi hermana en último lugar. Lo leí en voz alta. Sorprendida de que hubiera sido capaz de reaccionar tan pronto, dijo una cantidad. Puse el dinero sobre el mostrador y me entregó el billete. Al dorso, se podía leer de nuevo la ruta y su horario aproximado. Sólo me aseguré de que mi destino coincidía con el último nombre de la línea. No me interesaba nada más. .

El autobús se medio llenó con rapidez. Al parecer, la gente prefiere la parte trasera, por lo que no me extrañó encontrar asientos vacíos adelante. Me senté junto a la ventanilla, ocupando el otro con la mochila, donde llevaba el regalo, la bolsa de aseo y un par de libros. También varias cervezas, algunas chocolatinas y dos sándwiches adquiridos a última hora en la máquina de la cafetería. Esperaba que nadie ocupara la otra plaza.

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Nada más llegar, el conductor subió la calefacción. Demasiado para mi gusto. Me quité la americana, pues el aire calefactado me hace sudar y me da sueño.  Desde el micrófono saludó, se identificó e informó de los pormenores del viaje. Al disponer de WC a bordo, las paradas técnicas se reducirían a lo imprescindible.

. Cuando me despertaron, ya había comenzado a atardecer. Era una mujer mayor con un niño pequeño; cinco o seis años ¿Está vacío? El periódico se había convertido en un gurruño arrugado sobre mi estómago y sentía la garganta muy seca. Seguro que había estado roncando; el calor seco me hace roncar. Me pidió que retirara la mochila y sentó al niño. Ella ocupó el asiento paralelo, al otro lado del pasillo, junto a una gruesa joven que comía patatas fritas de bolsa con avidez. El niño se me quedó mirando con su mirada curiosa y limpia de infancia. Debía parecerle un bobo torpe y somnoliento. No sé bien por qué, pero me sentía culpable ante aquellos ojos francos y fijos que parecían pedir explicaciones ¿Explicaciones sobre qué? ¡Quién sabe! Posiblemente sobre todo. Todo aquello que nos rodeaba. Como si se sintieran incapaces de entender nada sobre el mundo grave y feo de los adultos. Igual que yo. .

En el autobusOrdené y recogí el periódico, me incorporé en el respaldo y puse la mochila sobre mis rodillas. Abrí una lata de cerveza y me aclaré la garganta. Miré el reloj. Era hora de la cena y sentía algo de hambre. Rompí el envoltorio plástico de uno de aquellos sándwiches y comencé a masticar. El niño jugaba con un minicar amarillo, imitando el ruido de un motor. Aunque seguía mirándome, a partir de determinado momento, creo que miraba sobre todo mi sándwich. Pensé que él no había cenado aún y la simple idea me quitó el apetito. Observé lo que quedaba de mi bocadillo. No podía ofrecerle algo medio mordido. Me acordé de las chocolatinas y busqué al fondo de la mochila. Cuando le iba a entregar una, la mujer giró el cuello bruscamente y dijo en tono autoritario que no aceptara obsequios de desconocidos. El niño dio un respingo, asustado por el tono de voz, y después negó mientras agachaba la cabeza. Me encogí de hombros. Él volvió a su juego de motores y la chocolatina al fondo de la mochila. Desistí de seguir leyendo; no había suficiente luz. En vez de eso, me centré en el televisor del techo. Una pantalla demasiado pequeña, pensé. Pasaban una película italiana, sin doblar, que transcurría en un gran trasatlántico. Dos personajes se desgañitaban compitiendo para cantar fragmentos de ópera conocidos. Me esforcé, pero no conseguí entender nada del asunto. Creo que por culpa de los subtítulos. La monotonía del viaje y el vaivén del autobús hicieron que me quedara dormido de nuevo. Cuando desperté, en plena noche, la mujer y el niño habían desaparecido. Una de tantas paradas del trayecto de las que no llevaba cuenta.

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No pude volver a conciliar el sueño. Me pareció que la atmósfera del  autobús se había enfriado bastante, así que me abrigué con la chaqueta y me dediqué a observar como amanecía sobre la uniforme llanura de cereal. Cuando terminó de salir el sol, llegamos a una ciudad algo mayor. La estación de autobuses parecía recién construida. El conductor anunció que haríamos una parada técnica de media hora antes de seguir viaje. Casi todos bajaron a estirar las piernas. Yo aproveché para afeitarme y asearme en los lavabos, no quería que mi hermana me viera hecho un adán. Luego tuve tiempo de tomar un desayuno completo y dos tazas de café. Cuando regresé al autobús, con un periódico local bajo el brazo, me sentía tan bien como si hubiera tomado una ducha caliente. . ¡En cuanto me senté! Nada más acomodarme eché en falta a mi compañera de asiento: había olvidado la mochila en alguna parte. Cómo era posible y… dónde ¿En el puesto de prensa o en los baños? No, probablemente en la cafetería ¡El regalo! Dentro estaba el regalo, por lo que sentí una repentina pesadumbre, me puse en pié y salí disparado del autobús. Tenía que recuperarla; no podía presentarme ante mi hermana con las manos vacías. Me costó descender, porque los últimos viajeros estaban apresurándose para a subir. Ya era la hora. En mi precipitación me crucé con el conductor que regresaba. Estuve a punto de abordarle para suplicarle unos minutos extra, pero pensé que entendería lo que pasaba y aguardaría. . Casi sin aliento llegué al gran vestíbulo. Se había quedado vacío. Pregunté al dependiente de la prensa; nada. Me dirigí a la cafetería, igualmente desierta. Pero bastó un rápido vistazo para comprobar que la mochila seguía donde la había dejado: apoyada al pie de la barra, junto al taburete que había ocupado poco antes ¡Que alivio! No, no faltaba nada. La cargué sobre un hombro y, mucho más tranquilo, emprendí el regreso. Llegué a la puerta exterior justo tiempo de ver como el vehículo giraba media rotonda y se alejaba. No me habían esperado. Hombre solo

Continua …..

Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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